El escritor que baila solo

El escritor que baila solo

En su nueva novela, Andrés Burgos utiliza el baile como una metáfora sobre lo que nos une y separa.

Andrés burgos

La novela ocurre en una oficina y fue llevada, meses antes, al cine bajo el nombre de 'Amalia, la secretaria'.

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12 de agosto 2018 , 08:50 a.m.



Al atardecer, desde el Malecón, veía a los lancheros lanzarse contra las olas y el horizonte. Pequeños e insignificantes, se alejaban en sus embarcaciones improvisadas de Cuba. De Cuba y su hambre. De Cuba y su escasez. De Cuba y su inflación. De Cuba y la desidia en que se sumergía la isla en 1994 por culpa del Periodo Especial que siguió al derrumbe de la Unión Soviética, cuando las ayudas económicas terminaron y los cubanos se tuvieron que enfrentar a la pobreza del aislamiento. Andrés Burgos había ido hasta ese país becado a estudiar cine y lo que encontró fue un país en crisis, sí, pero también a un pueblo invadido de guaguancó y de ritmo, de tumbao y de sabor que seguía el baile a pesar de las tripas medio vacías, de los familiares que se iban a luchar contra el océano para intentar llegar a Estados Unidos y de los rumores que hablaban de gatos cocinados, de traperos como carne de hamburguesa y de condones derretidos que hacían pasar como queso de pizza. La Habana era un baile que descrestó a Andrés que iba a allí desde Medellín y que miraba embelesado esa cadencia obstinada, esos movimientos de cintura que chocaban contra el aire, esos pies endemoniados. Y sintió vergüenza por ser una paisa sin ritmo, un habitante de la región andina colombiana que engarzaba dos pasos miserables y llamaba a eso un baile. “Los dos años que estudié allí terminaron de ser mi crianza, fue conocer otro ritmo de vida y un acercamiento a los placeres que a los antioqueños a veces nos cuesta”, dice.

Pero el baile para este escritor y director de cine no es únicamente una cuestión de ritmo. Esto lo deja claro en su última novela, Clases de baile para oficinistas, en la que presenta al baile como una herramienta de supervivencia social. Y es que si el baile para los cubanos es una forma natural de afrontar el mundo, este para los bogotanos se transforma en una angustia: Amalia, la protagonista de esta historia, una secretaria capitalina, ha cimentado su vida dentro de la racionalidad de quien no se permite un arrebato. “De algún modo el baile es un vacío de la razón y es territorio del sentir y de la espontaneidad. Yo quería explorar ese territorio que se abre cuando se empiezan a bajar las barreras racionales y se entrega uno al sentimiento y al gusto”, explica Andrés. Porque la racionalidad no se combate con grandes sucesos. Las barreras, que en este caso no son físicas sino mentales, se derrumban por pequeñas situaciones: un día un enchufe de electricidad en la empresa de suministros ferroeléctricos en la que trabaja Amalia se funde. Eso: un enchufe tiene la capacidad para desmadejar sus rutinas de papeleos, de sonrisas falsas, de devoción de perro faldero a su jefe, don Bernardo, que le prohibió molestarlo. Ante la ausencia de labores, Amalia tiene demasiado tiempo para pensar. Y pensar es el primer paso para liberarse.

Así el baile y las relaciones laborales se convierten en una metáfora del poder. “Yo creo que muchas veces las empresas pequeñas son como unos remanentes de feudalismo que quedan en nuestra sociedad”, dice Andrés. En su opinión, esta lógica permea todas las capas de influencia y de poder en Colombia. Y agrega: “creo que ahí, en las relaciones de jefe y empleado, hay cosas muy terribles, pero también muchas ganancias y hablan mucho de lo que somos”. La aparición de Lázaro, el encargado de arreglar el imperfecto eléctrico, desequilibra esta balanza. Es un hombre Caribe (aunque nunca se especifica su procedencia), que se pregunta cosas absurdas (si existen los elefantes enanos o los japoneses albinos) y que lejos de los estereotipos es un hombre culto (habla inglés, le interesan las artes orientales, cocina comida internacional y ha viajado alrededor del mundo). Ah, y sí: baila. Y la tensión se crea entre este costeño bailador y dicharachero y la bogotana sumida en la lógica burocrática. “La búsqueda de la historia del libro era también, tal vez exagerando las cosas, llevándolas hasta el delirio, describir lo que nos separa y encontrar de de fondo lo que nos une”, dice Andrés.

Yo creo que muchas veces las empresas pequeñas son como unos remanentes de feudalismo que quedan en nuestra sociedad.

Para poder arrebatar a Amalia de su rigidez, el mismo autor se arrancó la suya. Inventó registros, cambió la nota de su prosa, se dedicó a bailar entre cada una de las líneas al ritmo de los clásicos tropicales colombianos y de las canciones romanticonas de otras décadas. Hizo, página a página, un homenaje a los cantautores del ‘chucu chucu’ y a los baladistas, vistos por la élite cultural como artistas menores: “son unos ritmos que aunque uno haya tomado otros rumbos, desprendiéndose de las raíces, te mueven. Hay algo ahí que se siente en la piel, que te pone a palpitar”. Y con su vocación por provocar, Andrés dice que Rodolfo Aicardi y Pastor López son mejores que muchos rockeros sobrevalorados por el mainstream y que sus letras, convertidas en sinónimo de Navidad en Colombia, son poesía.

Quizá un verbo clave para entender esta novela sea el verbo provocar. Cargada de humor, muchas veces bordea la sútil y filosa línea de lo políticamente correcto. Andrés describe en su libro a los bogotanos como “hordas de gente malacarosa y apurada con ropa más oscura que el cielo gris” y en uno de sus capítulos desarrolla un tratado de cómo conquistar a una ‘rola’, cual cervatillo salvaje (con paneos y narración al más puro estilo de Animal Planet). Pero para él su novela no es una crítica en clave de burla a Bogotá y a sus habitantes, sino un canto amoroso a las maneras sutiles y sarcásticas de los capitalinos. Y agrega: “si alguien se ofende con mis chistes, ese alguien no es mi lector ideal. Porque si voy a ser honesto, mi manera de narrar tiene que tener un poquito de riesgo para descuadrar estructuras, para hacerte pensar y que vayás más allá del primer pensamiento que se te ocurra”.

Si alguien se ofende con mis chistes, ese alguien no es mi lector ideal.

Llevada unos meses antes al cine con el nombre Amalia, la secretaria, esta novela habla del baile como sustancia vital, de la vida como una tragedia bailable y del amor como un compás que no siempre se puede seguir. Es, en resumen, un llamado a seguir el ritmo propio y no el ajeno. Andrés sabe que su ritmo es uno solitario, guiado por su propio cuerpo. Un ritmo estrepitoso, en medio de la pista, bailando como si nadie lo viera “pero sabiendo que todos me miran sin importarme sus críticas y sus risitas, sin importar que me vieran como un loquito”. Veinte años después, ya no sería el paisa intimidado en medio de las parejas cubanas. Agarraría su nota y bailaría como si nadie lo estuviera viendo, a espaldas del Malecón y de sus aguas ya sin balseros, ya sin danza de muerte entre sus olas.


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