'El pasado es una hoja de ruta para el futuro'

'El pasado es una hoja de ruta para el futuro'

La escritora Nona Fernández es una de las nuevas voces chilenas que narran los años de dictadura.

Nona Fernández

Nona Fernández recibió el Premio Sor Juana Inés de la Cruz por su novela 'La dimensión desconocida'.

Foto:

Gonzalo Donoso.

13 de mayo 2018 , 09:00 a.m.




Es la mañana del 27 de agosto de 1984. Un hombre como cualquiera camina por una calle del centro de Santiago de Chile. Es alto, delgado, de ojos oscuros y bigotes gruesos. En una mano lleva una revista. No se podría diferenciar de los otros hombres que caminan por el centro. Pero meses después su rostro, un rostro común, aparece en la portada de la revista Cauce debajo de un título que resume en dos palabras su identidad: “Yo torturé”. Porque él torturó. Y un día se cansó del olor a muerto y no tuvo más opción que contarle su historia a una periodista. Contarle que él había ayudado a desaparecer, torturar y ejecutar opositores por órdenes de los organismos de represión del régimen de Augusto Pinochet. Pero también es una mañana de octubre de 1991. Otro hombre ingresa al Hotel Crown Plaza del centro de Santiago. Es el teniente de carabineros Félix Sazo Sepúlveda y se acerca hasta la agencia donde trabaja la madre de su hijo y le dispara cinco veces. Ella, Estrella González, muere en el acto y él, Félix, se pega dos tiros. Pero lo importante es ella, la hija de Guillermo González Bentacourt, quien un día del año 1994 fue condenado por el secuestro y el homicidio de tres militantes comunistas durante la dictadura. Y en otra mañana, que en realidad son muchas, la escritora y actriz chilena Nona Fernández recuerda estas historias e imagina sus pliegues íntimos. Recuerda e imagina porque sabe que tiene que escribir. Que si nadie más lo hace, ella lo tiene que hacer. Porque hay un boquete oscuro por el que pasa la memoria de su país y ella quiere saber qué fue lo que sucedió, iluminar las esquinas, confrontar a sus compatriotas con el recuerdo del horror para no olvidar y evitar que algo así se repita: “Ha sido en la escritura donde realmente he tomado completa conciencia de lo pasado”.

Novelas como La dimensión desconocida y Space Invaders han sido la forma de Nona Fernández de indagar en lo sucedido. En ese mundo nebuloso, de ojos cerrados, bocas cerradas, oídos cerrados, que pertenece a quienes vivieron como adultos la dictadura. Pero como Nona dice, crecer tras un golpe moldea la realidad: “Nací el año 71, dos años antes del golpe militar. La dictadura fue mi paisaje de infancia, entonces toda la extrañeza de esa época era la normalidad para nuestra generación. Crecí ahí”. Y cuando se deja de ser niño, ciertas cosas dejan de ser normales. Y los balazos de madrugada, las explosiones lejanas, los desaparecidos, los muertos, los degollados (“no sabe lo que quiere decir la palabra degollado, pero intuye que es algo horrible”, escribe en Space Invaders), todas esas cosas que los adultos hacen que no existen, para Nona y su generación toman consistencia. Y empiezan a preguntar. Son adolescentes en los ochenta que preguntan, que miran al pasado, que leen revistas de oposición y panfletos, que quieren saber y que cuando llega la democracia otra vez a Chile, en 1990, saben que algo no está bien, que ese pacto de silencio que impusieron los militares para terminar la dictadura está plagado de olvidos, que ese llevar la fiesta en paz es otra mordaza que sus padres y abuelos aceptaron sin resistencia. Sin embargo, los jóvenes no querían eso. Querían entender, hablar. Nona aún quiere entender y hablar. Décadas después, es su obsesión: “Me obsesiona la memoria y el pasado de esos años porque creo que es la única manera de entender el presente. El pasado es un mapa, una hoja de ruta para el futuro”. 

Nací el año 71, dos años antes del golpe militar. La dictadura fue mi paisaje de infancia, entonces toda la extrañeza de esa época era la normalidad para nuestra generación. Crecí ahí

Sin embargo, para Nona no era importante únicamente hacer un inventario escrito de la dictadura. Un llenar páginas y páginas con muertos, desaparecidos, crímenes ordenados por los militares. Citando al español Jorge Semprum, Nona Fernández dice que “La memoria escrita hay que inventarla”. Para ella, la memoria está hecha de caprichos y omisiones que la vuelven insuficiente por sí misma. Por eso ve a la imaginación como una forma de sellar esas grietas y de darle sentido a la experiencia general desde la subjetividad del individuo. “Creo que todos mis libros hablan de eso, de la imposibilidad de recordar, y de la necesidad de imaginar un relato que nos contenga”, dice la autora chilena, que se sumergió en la vida del hombre que torturaba y el resultado fue La dimensión desconocida, una novela en clave de diario íntimo y testimonio que habla de los desaparecidos, los ejecutados y los verdugos que también son víctimas. Se sumergió en lo que imaginó vivía y pensaba ese hombre que torturaba, del que leyó en la juventud. ¿Era acaso un monstruo? ¿Pertenecía a otra raza maligna y capaz del peor de los males? Y la posibilidad de rellenar la vida del hombre que torturaba con espacios imaginados abrió la posibilidad de sentir empatía por él. “Cuando comprendes la Historia más cabalmente te das cuenta de que fue trazada por personas comunes y corrientes, tal cual lo somos todos, y que en ese escenario nadie está lejos de transformarse en un monstruo, en un traidor, en un asesino, en un torturador, en un cerdo”, dice Nona. No justifica al torturador, pero sabe que, dadas las condiciones, cualquiera podría serlo. La dimensión desconocida es una mirada a esas zonas oscuras del alma humana y cómo estas pueden tomarse una existencia por asalto.

Nadie está lejos de transformarse en un monstruo, en un traidor, en un asesino, en un torturador, en un cerdo

En cambio Space Invaders es la posibilidad de la luz en medio de la oscuridad. Estrella González antes de ser asesinada de cinco balazos fue una niña que estudiaba con Nona Fernández. Una niña que, en retrospectiva, no era el monstruo que se podía esperar al ser la hija de un asesino. Era simple y llanamente una niña. Y cuando Nona un día pasó por la casa en que Estrella vivió, supo que allí había algo por escribir: “Recordé su historia e inmediatamente supe que tenía que contarla. Me metí en mi propia memoria, en la de mis compañeros del colegio, en los archivos de la época, en las crónicas periodísticas, y el resultado fue ese libro”. Un libro que es mitad sueño, mitad relato; mitad recuerdo, mitad ficción. Un libro que habla del horror visto desde la infancia y adolescencia y que se va haciendo más real a medida que pasa el tiempo, a medida que la inocencia se pierde y el mundo de antes, percibido en clave de silencios y evasiones, va dejando ver sus costuras de maldad, sus reveses oscuros.

Así, lo que une a La dimensión desconocida y Space Invaders son las áreas grises de la vida que niegan la supina simpleza de dividir el mundo en negros y blancos, héroes y villanos. Porque para Nona Fernández escribir es ver lo no aparente: “Los escritores tenemos la maldición o el don de ver más allá de lo que se muestra. Sobre eso escribimos”. Sin embargo, a pesar de lo solemne que esto suena, ella aclara que no le interesa la pompa que se ha tejido alrededor del relato oficial. Por eso en sus historias hay música y series, películas y videojuegos. Un mundo pop que sitúa al horror dentro de la dinámica de la vida cotidiana. Porque la vida sigue siendo vida aun en medio de la muerte, de los disparos, de las explosiones, de los muertos. En las páginas de Nona Fernández suenan Billy Joel y Los Prisioneros, los Cazafantasmas aparecen con sus trajes y armas estrafalarios, los Space Invaders se deslizan en la pantalla de un televisor y explotan en reflejos neones. “Creo de verdad que tenemos que ser capaces de contar nuestra historia y para eso hay que apropiarse de ella. Jugar con esos referentes pop, que también son parte de nuestra cultura, y darles una lectura de sentido, es parte de ese ejercicio de apropiación”, afirma Nona.

Nona Fernández

Nona Fernández mezcla la historia de su país, sus recuerdos y su imaginación para crear un relato único, con el fin de intentar entender los años de dictadura.

Foto:

Gonzalo Donoso.

También resuena y estalla la propia escritora entre sus líneas. No con piruetas exhibicionistas ni con la liviana embriaguez de lo que se ha llamado ‘literatura del yo’. Nona Fernández es un filtro que permite destilar la historia, la memoria y el horror en La dimensión desconocida. Su presencia responde a una simbiosis: su vida deja de ser propia al adentrarse en las de otros. Se mezcla con ellos, se desliza en sus historias. En especial en la del hombre que torturaba, que va haciéndose más corpóreo mientras más lo imagina. Escribe: “Mi rostro se refleja en el vidrio [del computador], mi cara se funde con la suya. Me veo detrás de él, o delante de él, no lo sé [...]. Creo que en parte soy eso: un espía que lo vigila sin que se dé cuenta”. ¿Es la escritora la que usurpa a su personaje? ¿O es en realidad el personaje el que va usurpando a quien lo escribe, tomando sus rasgos, adentrándose en su carne, amoldando su rostro de hombre, su rostro común, su rostro cualquiera, en el de ella? Y el lector se convierte en parte de esa red espía: observa todo, presencia los rituales cotidianos, las obsesiones de una escritora que rubrica sus días con los días ajenos. Quien lee presencia la acción de investigar, de recordar, de imaginar y de escribir. Como lector se refleja en lo escrito: se ve delante de la autora o detrás de ella, su rostro imprimiéndose en aquel otro rostro. Y no le queda más opción que imaginar a Nona imaginando. A Nona que dice sobre esto: “Quería presentar a todos esos personajes como las personas normales que eran, pese a los hechos que vivieron, y ahí la plantilla de mi vida, que es una vida común y corriente, servía de base”. Así, se convirtió en carne de cañón de los recuerdos propios y colectivos de los años de dictadura. Se permitió ser ella misma, pero también la víctima, el vecino que finge no escuchar los disparos, el cómplice, el verdugo, los familiares de los desaparecidos, el hombre que torturaba: “Esa aproximación se volvía bien escalofriante y les daba carne y actualidad a esas escenas que son parte del pasado. Es como si hubiera prestado mi vida para el ejercicio de aproximación al lector”, dice.

Ella, Nona, forma parte de una generación que ha decidido apropiarse del relato de aquellos años dictatoriales. Una generación con escritores como Lina Meruane, Diego Zúñiga, Alejandra Costamagna, Rafael Gumucio, Alejandro Zambra, entre otros. Pero para Nona el nombre que les han dado, ‘los hijos de la dictadura’, no dice nada: “Es peligroso etiquetar a los autores con un mote. Nos condenan a escribir sobre un tema y un autor es mucho más que eso”. Una categoría pomposa que ella mira con recelo y suspicacia. Un relato del que no se siente parte. Una camisa de fuerza que va en contra de la alquimia de su escritura: hacer un relato único y subjetivo para intentar explicar las heridas de un país que todavía no se cura. O, como ella misma lo explica: “La memoria es un monstruo mentiroso e impreciso que se construye con muchas versiones, con muchas miradas. Sólo sabiéndolo es posible llevarse bien con ella”.

Es como si hubiera prestado mi vida para el ejercicio de aproximación al lector




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