'Ya no vivimos en una sociedad patriarcal'

'Ya no vivimos en una sociedad patriarcal'

Catherine Millet ha causado polémica por sus libros y por sus opiniones sobre el movimiento #MeToo

Catherine Millet

Millet es escritora, curadora, crítica de arte y fundadora de 'Art Press', una de las revistas de artes más influyentes de Francia. Es una de las invitadas a la Feria del Libro de Bogotá.

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AFP

15 de abril 2018 , 03:49 p.m.



En mayo 1968, cuando los estudiantes marchaban y los trabajadores hacían una gran huelga en las calles de París, Catherine Millet trabajaba y publicaba su primera reseña de una exposición de arte en Les Lettres Françaises, el más respetado semanario cultural francés de la época, dirigido por el periodista y poeta surrealista Louis Aragon. Millet se había ido de la casa de sus padres dos años antes, justo después de cumplir dieciocho años. No se inscribió a ninguna facultad de La Sorbona, porque lo urgente era trabajar, ganarse la vida y pagar el arriendo del pequeño estudio de la Rue Bonaparte –en pleno Saint-Germain des Prés–, en el que vivía con el galerista Daniel Templon.

A pesar de que ninguno de los dos era estudiante, estuvieron en la calle durante las tardes y las noches en que se extendió el movimiento. A ella le llegaron los gases lacrimógenos, la alcanzaron los golpes de las matracas de los policías, no estuvo arrestada, pero sí ‘guardada’ por varias horas. “Nada de eso importaba, porque fue un momento de mucha alegría y excitación, de una liberación extraordinaria –recuerda–. En el Teatro Odeon se hablaba de la liberación de la palabra de las mujeres, pero en realidad era la liberación de la palabra de todo el mundo. De los homosexuales y de los jóvenes también, que demostraron que tenían voz y mucho qué decir. Todos nos escuchábamos”. La liberación sexual fue uno de los temas centrales de esos debates. De hecho, el movimiento del 22 de marzo, que fue precisamente el que precedió al de mayo, fue una revuelta de los estudiantes de las facultades de Nanterre (noroeste de París) que reclamaban el derecho de transitar libremente en los apartamentos del campus, porque estaban separados los de hombres y mujeres.

Cuatro años después de esa revuelta estudiantil, Millet y Templon conocieron al heredero de una gran fortuna con el que fundaron la revista Art Press, que desde entonces se posicionó como la más influyente publicación de crítica de arte en Francia y de la que ella ha llevado la batuta desde entonces. Así mismo, Art Press consolidó a Millet en el medio artístico no solo como crítica, sino como curadora.

Pero no es tanto por sus ensayos sobre arte contemporáneo que Millet está invitada a la Feria del Libro de Bogotá, sino por su obra literaria, en la que se destaca La vida sexual de Catherine M., un relato autobiográfico en el que cuenta explícita y detalladamente su intensa vida sexual. Tras su publicación, hubo quienes elogiaron su coraje por contar sin reserva lo que fue una vida sexual plenamente libre, mientras otros la tacharon de haber hecho un texto pornográfico. El escritor Philippe Sollers dijo en una reseña que no se atrevía a recomendar ese libro porque sobrepasaba “de lejos todo lo que una mujer haya osado decir sobre el tema”; mientras que Anna Caballé, crítica literaria del diario ABC, dijo que era “valiente, lúcido, subversivo. Una confesión de nuestro tiempo que explora nuevas formas de expresión forzando al máximo los límites de lo decible: ¿y qué es la literatura si no esto?”.

Pasaron unos treinta años entre los episodios de La vida sexual de Catherine M. y la escritura del libro. ¿Por qué decidió publicarlo?

Un amigo editor preguntó si conocíamos a una mujer que pudiera y quisiera escribir un libro sobre sexualidad femenina. Jacques, mi pareja actual y con quien comparto mi vida desde hace varios años, dijo: “Ella” y me señaló. Y sí, quería escribirlo porque era consciente de que habíamos vivido nuestra sexualidad en una gran libertad, pero al mismo tiempo esa libertad estuvo acompañada de un discurso utopista y muy hedonista. Y era necesario un relato realista, no como en ciertas obras en las que todo es maravilloso y cada vez que se hace el amor se está en el séptimo cielo, y todos los hombres son deseables y lo desean a uno. Quise hablar de experiencias muy concretas.

Era necesario un relato realista, no como en ciertas obras en las que todo es maravilloso y cada vez que se hace el amor se está en el séptimo cielo.

La escritura es seca, directa, sin figuras literarias, ¿cómo encontró ese estilo?

Fue deliberado porque quería ser factual, fría, distante, precisa. Contar las circunstancias, los ambientes, cómo sucedía, cómo se desarrollaban los hechos. Quería hacer casi un reportaje. Emprendí ese libro con mi experiencia de crítica de arte; es decir, voy a la Bienal de Venecia y, luego, tengo el deber de contar todo lo que vi con una cierta objetividad. Así que procedí de esa manera. No utilicé figuras literarias porque quería hablar de una manera frontal sobre sexualidad.

Paralelamente a ese relato de hechos hay otra parte más íntima y nutrida literariamente que corresponde a sus fantasías…

Hay algunas que se pueden realizar y otras que son extravagantes y que uno sabe que no se realizarán jamás, aunque son un motor de la libido. Pero si me decidí a incluirlas en el libro es porque creo que en la literatura erótica las sensaciones están muy idealizadas. Así que me parecía importante describir y precisar con algún grado de exactitud lo que experimenta el cuerpo durante la masturbación o durante el sexo. Eso da como resultado pasajes mucho más personales.

Más personales son algunos gestos de sus encuentros que no son sexuales. Tengo algunos ejemplos: “el roce de mi muñeca con el reverso de su dedo índice”, “más que la penetración me gustaban las caricias” y “son siempre las miradas lo que retengo más”…

Eso es muy femenino. La libido femenina se nutre más de detalles de ese orden, que la libido masculina. Habría que esperar que un hombre nos hablara de su propia libido de una manera precisa. Eso me hace pensar en un libro sobre sexualidad femenina del que se habla mucho por estos días, escrito por dos ginecólogas noruegas que plantean que la idea de que la mujer encuentra el placer en la penetración es una invención de los hombres y demuestran científicamente que las mujeres llegamos al orgasmo de otras maneras. Estamos en 2018 y hasta ahora aparece un libro que habla de eso, lo que quiere decir que comprender algo tan esencial le ha tomado mucho tiempo a la humanidad. A las mujeres de mi generación se les culpaba por no poder tener placer vaginal.

¿Qué la impulsó a escribir su siguiente libro, Celos?

En ese libro narro un momento extremadamente doloroso para mí y que, creo, llegó muy tarde a mi vida, porque nunca antes había sentido celos, lo que me puso en contradicción conmigo misma. Esa ideología de la liberación sexual pedía que uno no fuera celoso, porque ese era un sentimiento burgués que se podía y se debía superar. Pero cuando yo misma me encontré años después en una crisis de celos, no sabía cómo reconciliarme con la Catherine libre que había sido.

A las mujeres de mi generación se les culpaba por no poder tener placer vaginal.

¿Y con el libro las logró reconciliar?

Sí. Cuando pude salir de esa crisis de celos, escribí La vida sexual de Catherine M. porque era una manera de reconciliarme con esa parte mía con la que me sentía en contradicción por sentir celos. Tenía la impresión de haberme convertido en otra persona que, de una u otra manera, rechazaba o negaba esa que había sido, pero que, a la vez, no quería perder del todo. Luego escribí Celos y fue así como hice existir estas dos Catherine.

¿Con el tiempo qué ha pasado? ¿Hay una nueva Catherine?

Sí, permanentemente. Después de que pasó un tiempo y estuve frente a una situación que pudo haber detonado los celos de nuevo, me dije: “De repente no eres más esa mujer obsesionada por los celos”. Cuando hay una toma de conciencia así, el espíritu humano es capaz de renovarse. Me refiero a que uno se desplaza. Gracias a la experiencia que uno va acumulando es posible renovarse.

¿Qué es para usted el amor?

Es algo que se construye, algo excepcional que se revela en el tiempo. Nunca sentí amor a primera vista, no me interesó el romance, nunca deseé a alguien que no tuviera algo atractivo en su personalidad. Pienso que he amado a un solo hombre en mi vida, que es con el que vivo. Y no lo supe desde el comienzo. Tuvimos encuentros sexuales antes de que sintiera amor por él, hasta que un día lo supe. Incluso cuando tuvimos esta crisis terrible de celos, no pusimos en cuestión el amor mutuo.

Después de Celos escribió un libro no autobiográfico sobre D. H. Lawrence, ¿por qué el interés en este escritor?

Los héroes de sus novelas no son héroes, sino heroínas. Son mujeres muy libres: sexualmente libres y económicamente libres. Lawrence era un hombre que hablaba de las mujeres como pocas mujeres hablaban de ellas mismas. Hice ese trabajo porque analizar a estas heroínas desde esa perspectiva de los años veinte fue muy interesante para comprender a las mujeres de hoy.

Celos

Catherine Millet habla sobre qué la impulsó a escribir su libro 'Celos'.

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En uno de sus libros asegura que hay una división entre “su cuerpo y su ser”, incluso habla de un “cuerpo flotante” y de otro “relacional”, ¿a qué se refiere?

Es algo de lo que fui consciente después de haber escrito La vida sexual de Catherine M., porque fueron tantos los comentarios que el cuerpo de Catherine M. dejó de pertenecerme. Simplemente no me identificaba con él. Por cierto, después de que publicamos un manifiesto en Le Monde, con Catherine Deneuve, Gloria Friedmann, Brigitte Sy y otras cien mujeres francesas, en el que nos referimos al caso Harvey Weinstein y planteamos que “la violación es un crimen, pero la seducción insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista”, publiqué en el diario El País una columna sobre el tema, que al día siguiente retomó Le Point y que me valió insultos en las redes sociales. Allí hablaba precisamente de la separación entre el ser y el cuerpo.

Pero esta no ha sido la única ni la más polémica de sus afirmaciones. En otra ocasión dijo que se podía “superar una violación”, que lamentaba “no haber sido violada” y que se puede “sentir placer durante una violación”…

Comprendo que sea una tragedia terrible una violación en la que el violador ha ejercido una violencia o una amenaza física muy grandes, pero estaba impactada por el hecho de que muchos testimonios de mujeres que habían sido violadas decían: “No me atreví a denunciarlo porque sentía vergüenza”. Y me preguntaba: ¿por qué vergüenza? Por qué no son capaces de decir: mi cuerpo fue violado, pero no mi espíritu, porque no consintieron el hecho. Cuando hablo así es para alentar a las mujeres a no sentirse heridas en su espíritu, solamente en su cuerpo y, ante eso, pueden ser capaces de denunciar.

Después de todas las críticas y los argumentos en contra de esa columna en Le Monde, ¿cambió su idea respecto al movimiento #MeToo?

No, sigo pensando que el #MeToo mezcló muchas cosas que no tienen nada que ver y que hay una escala de gravedad diferente entre una mujer que en efecto es violada, otra que es acosada y perseguida por un hombre que la espera todos los días frente a su casa, o que la llama cincuenta veces, frente al tipo que le dice groserías en la calle. Creo que ahí el movimiento mezcló muchas cosas y puso en el mismo plano todo tipo de comportamientos.

¿Por qué decidió intervenir en este debate?

Por la exageración, la ausencia de matices y la delación; es decir, esas mujeres que denunciaban en las redes sociales o en la policía a hombres que habían tenido comportamientos sobrepasados sin que hubiera un juicio. No se sabía si eran culpables o no, y el tipo era condenado no solo en las redes sociales, sino también en las instituciones que los empleaban. Un señalamiento no merece, desde mi punto de vista, que alguien pierda su trabajo. Eso fue lo que me hizo reaccionar. Incluso el tipo que le pone a uno la mano en las nalgas, nadie muere por eso.

Sigo pensando que el #MeToo mezcló muchas cosas que no tienen nada que ver y que hay una escala de gravedad diferente entre una mujer que en efecto es violada, otra que es acosada y perseguida.

¿Adhiere a alguna de las luchas feministas?

Nunca adherí a un movimiento feminista, pero sí debo decir que después del #MeToo, mientras más hablo con mujeres a mi alrededor, más me convenzo de que habría que pensar en un nuevo feminismo o un ‘después del feminismo’. Ya no estamos en la sociedad de antes del 68. Hay muchos progresos. El matrimonio para todos fue una revolución enorme, por ejemplo. Que en Francia la gente vote por un candidato sabiendo que va a abrir la posibilidad de que los homosexuales se casen ha sido una evolución enorme. Además, pienso que en muchos medios profesionales hablar de sociedad patriarcal ya no quiere decir nada.

¿Ni siquiera cuando se habla de aborto o de diferencias salariales?

Cuando hay diferencias de salario o dificultades para la mujer por ser a la vez madre y trabajadora, es decir, en la cuestión social estricta, claro que soy feminista. Pero hay otra categoría social en la que hablar de patriarcado hoy me parece falso. En Francia cada vez hay más magistradas, cada vez son más las mujeres a cargo de hacer respetar la ley en nuestra sociedad, por ejemplo. Me arriesgo a decir que ya no vivimos en una sociedad patriarcal.



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