Un misterio llamado Clarice

Un misterio llamado Clarice

El escritor Benjamin Moser es el autor de 'Por qué este mundo', biografía de Clarice Lispector.

Clarice Lispector

Benjamin Moser persiguió durante años la historia de la escritora brasileña Clarice Lispector.

Foto:

Cortesía Paulo Gurgel Valente.

12 de febrero 2018 , 02:53 p.m.

El poeta brasileño Carlos Drummond de Andrade escribió cuando ella murió:

“Clarice procedía de un misterio, y regresó a otro”.

Eso era Clarice Lispector.

Misterio.

Ella.

Y su obra.

A finales del año pasado se cumplieron cuarenta años de la muerte de esta escritora brasileña nacida en Ucrania en 1920 (si es que esta es la fecha real), autora de Lazos de familia, La pasión según G.H., Cerca del corazón salvaje y Un soplo de vida, entre otros libros, y menos leída y conocida de lo que su obra se merece. Una obra que puede ser un abrazo o una bofetada, pero que no pasa sin efecto por las manos del lector.

Como sus libros, su vida fue un enigma. Durante muchos años se creyó que su nombre era un seudónimo –incluso muchos pensaron que quien escribía era un hombre–, y no se tenía claro ni siquiera su lugar de nacimiento. Ella, por su parte, estaba muy poco interesada en aclarar las dudas. Su compromiso era con la literatura. Y en realidad le gustaba ese halo de intriga que la rodeaba. “¿Cómo puede una persona que vivía en una ciudad grande de Occidente, a mediados del siglo XX, que concedía entrevistas, vivía en un bloque de apartamentos y viajaba en avión, seguir siendo tan enigmática?”.

Quien hace esta pregunta es Benjamin Moser, escritor y traductor estadounidense que se apasionó tanto con la vida y la obra de Clarice Lispector que se empeñó en seguir sus huellas por donde las hubiera. El resultado de sus investigaciones es una magnífica biografía de la escritora brasileña que ya está publicada en español: Por qué este mundo.

Una obra que puede ser un abrazo o una bofetada, pero que no pasa sin efecto por las manos del lector.

Una niña que ceceaba, que extendía las erres al hablar; que era la dueña absoluta de los juegos infantiles en el colegio, un poco mandona, incluso; que les ponía nombres a los lápices y a las baldosas, que no se destacaba por ser buena alumna pero sacaba las mejores calificaciones. Una niña que “pensaba que los libros eran como árboles, como los animales: ¡algo que había nacido! ¡No sabía que existieran los autores! Al final me imaginé que habría un autor. Así que dije: Yo también quiero”.
En 1933, con trece años, decidió ser escritora. Al mismo tiempo que estudiaba derecho, Clarice empezó a escribir. El 25 de mayo de 1940 publicó su primer relato, en la revista Pan: se tituló El triunfo. A partir de ese momento su mundo fueron sus historias. Y llegó a convertirse en uno de los grandes nombres de la literatura latinoamericana.

¿Cómo se encontró con la obra de Clarice Lispector?

Cuando yo estaba en la universidad quise aprender chino. Me matriculé en un curso pero el profesor, muy sincero, nos dijo que con diez años de estudio íbamos a tener un conocimiento del idioma que nos permitiría leer el periódico. Entonces pensé: esto es absurdo. Tenía 18 años apenas, pero sentía que no debía dedicar tanto tiempo a eso. Así que decidí elegir otro idioma, y solo quedaba cupo en portugués. Un año después ya estábamos empezando a leer textos cortos de literatura brasileña y portuguesa. Y uno de los libros que leímos fue La hora de la estrella, de Clarice Lispector. Desde la primera página sentí una atracción por ella. Encontré en ese libro una musicalidad, una fuerza tal, que era como si ella me estuviera agarrando, físicamente. Quien sea lector de Clarice entiende lo que estoy diciendo. Yo todavía hablaba mal portugués, tal vez solo entendía la mitad de lo que estaba escrito, pero comprendí que era un encuentro especial. Algo verdadero. Han pasado más de veinte años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración, son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

¿Había oído algo de ella antes, o de su obra?

Nada. Ella murió sin ser una estrella muy importante en la literatura brasileña. Era conocida por los medios intelectuales y artísticos de allá, pero no era una persona que todo el país conociera. Menos afuera. Ese conocimiento se fue dando poco a poco. Porque es una escritora que necesita tiempo. A mí no me gusta que definan su obra como difícil, porque para mí no lo es, pero la verdad es que hay que llegar hasta ella: hay que prepararse para Clarice Lispector.

¿Y cuándo decidió ir tras su historia?

Viajé por primera vez a Brasil en 1996. No conocía a nadie allá. Fue emocionante leerla en portugués, en su país, en su ciudad. Clarice y Brasil son, para mí, la misma cosa. Y empecé a pensar que sería interesante contar su historia fuera de allí. Yo tenía una sensación muy rara: cuando la leí en mi curso, quería que los demás la leyeran, que todos conocieran sus libros. Pero me di cuenta de la mala calidad de las traducciones. Eran horribles. Así que me puse a pensar en una mejor manera de llevarla fuera de su país. Después de unos años, decidí hacer su biografía. Y era extraño: estaba haciendo una biografía de una persona que mis lectores no podían leer, porque casi no había traducciones de su obra. Pero, bueno, pensé, empiezo por eso y cuando termine, quizás, algunos ya se habrán animado a traducirla de nuevo.

Han pasado más de veinte años de eso y mi amor por ella, mi respeto y mi admiración, son cada vez más profundos. Clarice se vuelve una obsesión para quien la lee.

¿Cómo fue la investigación?

Cuando lo recuerdo me da pavor: ¡cómo tuve el coraje para hacerlo! Tenía 26 años cuando empecé y no sabía nada sobre cómo hacer una biografía. Ahora que estoy haciendo la de Susan Sontag, ya es otra cosa, ya tengo idea de cómo es. Con Clarice todo era nuevo. Y yo era casi un niño. Todo empezó cuando fui a Brasil para asistir a un festival internacional que hacen cada año con un artista brasileño como foco especial. Ese año, el énfasis estaba en Clarice Lispector. Ahí empecé a conocer más sobre ella. Poco a poco fui acercándome a su mundo. Me di cuenta de que Brasil en el mapa es enorme, pero socialmente es como si fuera una ciudad de provincia. Desde el norte hasta el sur, todo el mundo artístico, intelectual, académico, incluso diplomático –que era el mundo de su marido, embajador– se conocía. Hice muchas entrevistas con sus amigos, con los familiares que seguían vivos, con escritores de su generación, con algunas personas que vivieron en la zona donde ella creció. Quise recorrer su universo.

¿Siente que terminó por conocerla?

Por un lado, entiendo sus motivos, su obra. Conozco su mundo, su familia, su país. Sin embargo –y no sé si esto se aplique solo a ella o a todo genio artístico– la pregunta de dónde vino esa posibilidad genial que tenía con el lenguaje, de dónde vino ese talento, que no es un talento normal sino esa cosa de poder ir tan fuera de la regla, sigue sin respuesta. Eso continúa siendo para mí un misterio. Esa cosa particular en Clarice fue algo que se le sintió desde muy niña. Yo hablé con la gente mayor del barrio judío de Recife, donde ella se crio, y se acordaban de ella como un ser excepcional. Todos sabían que era especial. Y cuando llegó a Río, a los 15 o 16 años, esa chica –que era una muerta de hambre, refugiada, del otro lado del mundo, de Ucrania– impactaba a todos. Cuando yo hablaba con los viejos señores que la habían conocido, se acordaban de ella y de su belleza. Esos viejos de 90 años se pusieron como chicos de 17 al recordar a Clarice. Les volvió la juventud.

¿Cómo definiría la literatura de Clarice Lispector?

Otro gran escritor brasileño, João Guimarães Rosa, le dijo una vez: “A ti no te leo por la literatura, sino por la vida”. La misma Clarice decía: “Lo que yo hago no es literatura, sino vida viviendo”. A ella la leemos no por razones estéticas ni “culturales”, sino porque por ella nos sentimos vivos, nos damos cuenta de lo que significa vivir. Puede sonar raro, pero el lector de Clarice sabe que es exactamente así, y por eso también siempre ha despertado pasiones.

Uno de los episodios más duros para ella, según cuenta usted en la biografía, fue la muerte de su madre…

Eso la marcó. La mamá de Clarice fue violada en la guerra por unos soldados rusos y vino a Brasil casi agonizando. No podía ni hablar; de portugués no sabía ni una palabra. Los violadores la contagiaron de sífilis y, según una superstición de su región, una mujer con esta enfermedad podía curarse si quedaba embarazada. Así que se preñó. Clarice sabía que había sido engendrada para eso: para intentar curar a su madre. Y la veía enferma. Y no podía hacer nada. Ella le contaba historias a su mamá, historias milagrosas sobre un santo o un angelito que venía a salvarla. Esa cosa mágica se le rompió cuando su mamá murió. Clarice tenía 9 años en ese momento, y quedó llena de rabia. Rabia hacia Dios. Porque Dios, según ella, no la había escuchado. Quedó desesperada, enfadada. Eso condujo al ateísmo que vemos en sus primeros libros, por cuenta de la furia contra Dios. Pero Clarice tenía desde niña una vocación mística, que es otra cosa que no sé explicar. Es otro de sus misterios. La mayoría de las personas venimos sin ese afán de vincularnos a lo divino. Ella no. Ella tenía una vocación espiritual muy fuerte. Y esto le da a su obra una belleza y una profundidad que, para mí, es una de las razones por las que la leamos. A Clarice no se lee por obligación, como se llega a muchos clásicos, sino por esa vida que nos da.

Clarice Lispector

Clarice y su hijo Paulo.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

Clarice Lispector

Clarice Lispector en su casa, en los años sesenta.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

Clarice Lispector

Con su esposo, el diplomático Maury Gurgel Valente.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

Clarice Lispector

Clarice con sus dos hijos y una amiga en la playa de Leme. 1959.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

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Su padre, Pinkhas Lispector.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

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Su madre, Mania Krimgold.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

Clarice Lispector

El balcón de su apartamento cuando vivió en Nápoles.

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Cortesía Paulo Gurgel Valente.

Su padre también fue otra figura importante.

Una figura heroica. Ella decía que no podía pensar en su padre sin que le doliera el estómago. Era un muchacho genial al que no le fue permitido estudiar, por ser judío. Tuvo que quedarse en una tiendecita en una provincia, leyendo a Dostoievski mientras entraban y salían los clientes. Después de que atacaron y violaron a su esposa, él decidió exiliarse con su familia al otro lado del mundo. Fueron a parar a Brasil porque la madre de Clarice tenía unos parientes que vivían allá. Era un hombre que difícilmente podía alimentar a su familia con su trabajo. De Recife pasaron a Río, con sus hijas crecidas, educadas. Poco después de la primera publicación de Clarice, él tuvo que ir al hospital para una operación simple y, por un error médico, murió. Al final Clarice se casó y tuvo una vida de clase media alta que su padre nunca hubiera podido imaginar. Él no pasó un solo día de su vida sin preocuparse por pagar una cuenta. Y creo que fue una pena que no viera en lo que había terminado su sacrificio. Porque Clarice Lispector se fue afirmando, libro tras libro, como la artista más brillante que ha producido Brasil en el siglo XX.

Clarice Lispector

La muerte de su madre marcó profundamente a Clarice Lispector.

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Otro momento difícil fue el accidente que tuvo, en el que se quemó la mano derecha. ¿Cómo lo afrontó?

Clarice fumaba y tomaba pastillas para dormir. En 1966, esa combinación casi le resulta fatal. Era famosa como una de las mujeres más bellas de Río de Janeiro, pero de la noche a la mañana se convirtió en una anciana, que tenía dolores permanentes, que se movía con pena, que necesitaba atención constante. Y acabó muriéndose con solo 56 años. Lo raro, sin embargo, es que después del incendio se iluminó también su espíritu y produjo, en sus últimos años, dos de los libros más bellos que se han escrito en Brasil: Agua viva y La hora de la estrella.

Era famosa como una de las mujeres más bellas de Río de Janeiro, pero de la noche a la mañana se convirtió en una anciana, que tenía dolores permanentes.

¿Ella se sentía brasileña o pesaban más sus raíces ucranianas?

Clarice se sentía totalmente brasileña. Y lo era, porque cuando llegó a ese país solo tenía un año y dos meses. Su vida era brasileña. Se crio en un barrio de inmigrantes judíos, refugiados que se habían escapado sobre todo de Rusia. Creció en medio de esa comunidad, pero en la parte más brasileña de Brasil. En realidad el exilio, para ella, fue cuando tuvo que dejar su país e ir hacia Europa y Estados Unidos con su marido. Vivió casi veinte años afuera. Pero ella necesitaba estar en Brasil y eso, al final, aunque no fue la única razón, acabó con su matrimonio. No aguantaba más estar lejos. Brasil era su lugar.

Hay un tema que siempre la rodeaba: el cuerpo. La belleza. ¿Cómo era la relación de Clarice con esto?

Esa pregunta me fascina, incluso quiero escribir algo sobre ese tema. Ahora que estoy haciendo la biografía de Susan Sontag, que también era una mujer muy bonita, me sigo preguntando sobre el hecho de ser bella y talentosa. Esa cosa especial que veían los vecinos en Clarice cuando ella tenía 3 años tal vez era una belleza física, sí, pero todos conocemos personas guapas. Y tan poco interesantes muchas de ellas. La verdad es que había algo más. La belleza de Clarice llamó la atención de todo el mundo. Tenía una apariencia muy diferente a la normal brasileña. Era rubia y alta. Y la relación con su cuerpo siempre fue muy importante. Ella era columnista de belleza. Durante muchos años, a veces a diario, escribía una columna sobre maquillaje, peluquería, zapatos. Mucha gente ve eso como algo raro. Pero la verdad es que no podía vivir todos sus días con los temas de su literatura en la cabeza. Nadie lo podría hacer sin volverse loco. También había que ir al supermercado. Tú tienes que cuidar tu ropa, tu cabello, y eso no es una cuestión de vanidad, es de supervivencia. Ver esos temas como algo frívolo siempre me ha parecido sexista. Clarice encontró una profundidad en las cosas que hacemos a diario. Son estrategias que necesitamos. Todos tenemos que mostrar una cara. Ella pensaba mucho en eso. Creo que su belleza y su apariencia no eran una frivolidad ni una casualidad. Eran producto de mucha reflexión.

Otro tema que la acompañó: la magia, lo oculto.

Esa es una cosa muy común en Brasil. Ella tenía un afán, una sed, un deseo de saber más y buscaba respuestas, por ejemplo, en la cartomancia. Es un asunto muy humano y ella no era ajena a nada de lo que es humano. Tenía fama de bruja y en esto, por cierto, tuvo que ver Colombia. Ella estuvo dos veces en Colombia, primero en Cali, en el 74, y un año después en Bogotá, como invitada a un congreso mundial de brujería. Un colombiano muy adinerado había organizado ese encuentro con invitados de muchos países, algunos muy conocidos, como el ilusionista Uri Geller. Y Clarice aceptó la invitación. Durante el encuentro leyó uno de sus cuentos, El huevo y la gallina, que es muy raro, muy místico. Ese viaje aumentó en su país su fama de loca. Algo que me da rabia porque a la mujer intelectual, artista, siempre se le tilda de loca. La verdad es que cuando volvió a Río, todos estaban fascinados con eso. A Clarice siempre le vieron dotes especiales. Eso la persiguió hasta el final de su vida. La llamaban “la bruja de la literatura brasileña”. Las personas siempre sienten la necesidad de ponerles un nombre y un apellido a los seres que son excepcionales. Y ella era un ser excepcional.

Tenía fama de bruja y en esto, por cierto, tuvo que ver Colombia. Ella estuvo dos veces en Colombia, primero en Cali [...] y un año después en Bogotá, como invitada a un congreso mundial de brujería.

Después de todo su trabajo de lectura e investigación, ¿cuál es para usted el libro esencial en la obra de Clarice Lispector?

Creo que La pasión según G.H. Es el libro que mejor resume el hechizo de Clarice: esa historia del ama de casa que se come una cucaracha. Así, resumido, el libro parece una locura. Y lo es. No pasa nada, no hay historia, no hay trama, pero es un libro que revela toda la genialidad de esta escritora. Quien lo ha leído no lo olvida jamás.


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