Jorge Isaacs: el paraíso en contienda

Jorge Isaacs: el paraíso en contienda

A propósito de los 150 años de 'María', un texto de Juan Cárdenas sobre la obra y su autor.

Jorge Isaacs

Se conmemoran 150 años de una de las novelas más importantes de literatura colombiana, 'María'. La Biblioteca Nacional realizará una exposición en homenaje a Jorge Isaacs a partir del 21 de junio.

Foto:

Cortesía Biblioteca Luis Ángel Arango.

12 de junio 2017 , 05:45 p.m.


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El Museo de la Caña es un parque temático situado a pocos kilómetros de Cali, en los predios de la antigua hacienda Piedechinche. Durante el recorrido por sus senderos, al pie de árboles centenarios, se despliega una edulcorada narrativa acerca de la evolución histórica de los instrumentos y las técnicas de extracción del dulce jugo de la caña, desde los más rudimentarios mecanismos de molienda con palancas hasta las máquinas modernas de ruedas dentadas que se introdujeron en la segunda mitad del siglo XIX, pasando por los trapiches de tracción animal hechos con cilindros de madera articulados. Se trata de un relato que mezcla hábilmente el optimismo y la nostalgia, un cuento forjado para que la industria de la caña se muestre a sí misma como una entidad autónoma, separada de cualquier sistema de explotación, casi como un heraldo neutral del progreso. Podría decirse que la eficacia narrativa en este caso depende de la astucia con la que se soslaya el espinoso tema de la mano de obra, de modo que el angélico guion museográfico prefiere no darnos muchos detalles sobre las maneras en que el proceso involucra la participación de los cuerpos. Más allá de la involuntaria belleza escultórica de los viejos trapiches, con su madera burdamente tallada en dramáticas torsiones musculares, rajaduras y lenguas abiertas para canalizar fluidos, allí predominan las descripciones abstractas e ideales de procedimientos mecánicos, enmarcados por una naturaleza domesticada. En busca de alguna pista, el visitante llega a una sala con paneles didácticos y se topa con una confusa explicación: “El sistema de producción de las haciendas se apoyó en el trabajo de los esclavos liberados voluntariamente, quienes pasaron a ser agregados libres”, dice un poco más arriba del logo de un conocido y poderoso ingenio.

No muy lejos del museo, como un perfecto complemento de la orgullosa fábula sobre el paso natural del sistema feudal al industrial, de la hacienda al ingenio, del azúcar al biodiésel, se encuentra El Paraíso, la estancia que perteneciera a la familia de Jorge Isaacs y cuyos parajes el novelista eligió para ambientar María. Resulta divertido y hasta enternecedor recorrer esta casa-museo ideada para reemplazar a la propia novela y presentarse como el sitio donde tuvo lugar la historia real; no la fuente de inspiración, ni el modelo, sino el espacio mismo donde transcurrieron los castos amoríos entre Efraín y María. Como sucede con Aracataca con las novelas de García Márquez, aquí los guías también se encargan de enfatizar esa correspondencia exacta entre ficción y realidad. 

Jorge Isaacs

Casa museo Hacienda El Paraíso.

Foto:

Ariana Rodríguez Vega.

Visto lo visto, no es exagerado decir que la recepción popular de María, así como el lugar que ocupa la novela en la cultura colombiana, han quedado aprisionados en
el interior de la pinza ideológica que forman el Museo de la Caña y la hacienda El Paraíso. Así, no sorprende que María se identifique de manera casi automática con un
melodrama almibarado: la historia de un idilio imposible, un amor tan sublime como el azúcar alta pureza que, quizás por eso mismo, no llega a consumarse nunca; el desenlace trágico a duras penas viene a empañar con unas gotitas amargas lo que parece un escenario de absoluta armonía social y racial, donde hasta los esclavos están dichosos con el lugar que les ha tocado en suerte. María ha sido hasta ahora un instrumento al servicio de esa narrativa conservadora que se afana por mostrar, primero a la hacienda y luego al ingenio, como espacios íntimos de un consenso humanista y natural entre castas.

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Por supuesto, basta entrar a la novela de Isaacs con cierto ánimo detectivesco para que todo ese relato se disipe en el aire. Porque hoy, a ciento cincuenta años de su publicación, María continúa segregando un innegable misterio y en cada nueva lectura el libro revela pistas desconcertantes, zonas de poderosa ambigüedad, además de capas y capas de sentido bajo cuyo peso sucumbe cualquier uso superficial o interesado del libro.

Isaacs publicó la novela en 1867, es decir, muchos años después de la abolición formal de la esclavitud en Colombia, que se proclamó por ley en 1851. Este no es un dato menor, pues la medida había tenido un impacto catastrófico sobre toda la economía de las haciendas vallecaucanas, que durante siglos habían prosperado
gracias a la mano de obra gratuita y forzada de sus esclavos. El efecto más inmediato fue que muchos de los nuevos ciudadanos libres se negaron a ofrecer su fuerza de
trabajo, tanto en las minas como en las plantaciones.
Y una de las familias más afectadas por el estancamiento económico regional fue precisamente la del joven
Isaacs, que en vano se esforzó por evitar el embargo de las haciendas familiares –entre ellas, El Paraíso–.

A ciento cincuenta años de su publicación, María continúa segregando un innegable misterio y en cada nueva lectura el libro revela pistas desconcertantes

En fecha tan temprana como 1843, según cálculos del gobierno de la provincia, las pérdidas ocasionadas por la fuga de esclavos ascendían a cientos de miles de pesos. Y mucho antes de que se hiciera efectiva la abolición, los afrocolombianos ya habían protagonizado revueltas y, animados por su militancia en el Partido Liberal, se convirtieron en un actor político que a la postre resultaría decisivo tanto en época de
elecciones como en el campo de batalla.

A esas alturas nadie discutía la relevancia política y militar de los afrocolombianos, a quienes los antiguos amos empezaron a temer, en especial a raíz de un episodio que se conoció como “El zurriago”, una revuelta organizada de negros que, armados de látigos, empezaron a romper las cercas que los latifundistas habían construido alrededor de los ejidos de Cali (tierras comunales de propiedad pública que solían ser utilizadas por campesinos negros sin títulos de propiedad formal). Durante “El zurriago”, muchos señores feudales fueron asesinados o sufrieron toda clase de humillaciones a manos de sus esclavos.

Ahora bien, es en medio de este contexto de agitación política inminente donde hay
que entender las acciones de la novela de Isaacs. Bajo esa luz, María ya no es ese elogio apolíneo e hipócrita de la arcadia caucana, sino un interesantísimo espacio de conflicto que nos permite apreciar el intrincado juego de tensiones y negociaciones
simbólicas que tienen lugar entre la clase de los señoritos y los subalternos (negros, pero también terrajeros antioqueños y otros blancos pobres).
Muchas escenas que, a ojos desprevenidos, parecen meras exhibiciones de paternalismo, leídas con atención se cargan de indicios y sutilezas. Uno de mis ejemplos favoritos es el diálogo que el padre de Efraín sostiene con un esclavo y la posterior celebración del
matrimonio de los negros:

–Conque, Bruno, ¿todo lo de tu matrimonio está arreglado para pasado mañana?

–Sí, mi amo –le respondió, quitándose el sombrero de junco, y apoyándose en el mango de su pala.

–¿Quiénes son los padrinos?

–Ña Dolores y ñor Anselmo, si su merced quiere.

–Bueno; Remigia y tú estaréis bien confesados. ¿Compraste todo lo que necesitas para ella y para ti con el dinero que mandé darte?

–Todo está ya, mi amo.

–¿Y nada más deseas?

–Su merced verá.

–El cuarto que te ha señalado Higinio, ¿es bueno?

–Sí, mi amo.

–¡Ah! Ya sé. Lo que quieres es baile.

¿Por qué tanto interés por el bienestar de Bruno? ¿De veras los amos son aquí soberanos que ejercen un poder absoluto y sin fisuras sobre sus subordinados? ¿No será más bien que no están en una posición tan privilegiada como parece y, por tanto, se ven obligados a agasajar, incluso con cierta zalamería, a los esclavos? Uno tiene la impresión de que asiste a una especie de transacción, enésima instancia de negociación dentro de un pacto frágil que requiere agudeza y hasta ingenio de las partes para seguir funcionando.

Siempre
lo no dicho planea sobre las
ampulosas declaraciones y los
circunloquios como el ave negra
de los malos presagios

Tanto así que los amos acuden a la fiesta del matrimonio. Isaacs se demora en la descripción de los trajes de los novios, en la admirable destreza de los bailarines y la escena culmina, sorprendentemente, con el amo sacando a bailar a la esclava. “Remigia, animada por su marido y por el capitán, se resolvió al fin a bailar unos momentos con mi padre; pero entonces no se atrevía a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontáneos”.

Esa danza final entre amo y esclavo, en la que Remigia se ve algo cohibida, más recelosa que tímida, sintetiza lo tensas que eran estas relaciones dentro de una economía política que ya se estaba desmoronando.

Y otro tanto puede decirse de los significativos y pesados silencios que se cuelan entre las conversaciones de los miembros de la familia, dentro de los acogedores rincones de la casa señorial. Siempre lo no dicho planea sobre las ampulosas declaraciones y los circunloquios como el ave negra de los malos presagios. Detrás
de cada situación, especialmente en aquellas donde Efraín, el narrador, se afana por relatar una situación ejemplar o virtuosa, late un secreto o lo que uno alcanza a atisbar como una tupida red de verdades a medias.
Y esa red está tejida en torno a un vacío central, a saber, la enfermedad de María, la sombra del incesto, el origen oscuro, quizás inverosímil, quizás medio inventado de la niña judía traída desde Jamaica y cuyo nombre verdadero es Ester, hija de Sara y Salomón, hermano del padre de Efraín.

Portadas María

Algunas portadas de 'María' de Jorge Isaacs.

Foto:

  

Asimismo, como han señalado algunos comentaristas, Ester/ María tiene en la esclava Nay a su doble. Isaacs refiere por extenso la historia de Feliciana, cuyo nombre verdadero es Nay, una esclava de edad avanzada muy querida por toda la familia, en especial por María. La historia de Nay/Feliciana es una especie de cuento exótico y orientalista insertado en medio de la novela a través de Efraín, quien a su vez lo ha escuchado de labios de la propia Feliciana. Curiosamente, se trata de una historia de amor imposible –otra duplicación– entre la esclava y Sinar, un guerrero perteneciente a una tribu que ha sido sometida por las huestes del padre de Nay, rey Ashanti que desaprueba la relación de su hija, noble princesa, con un lacayo. Los amantes huyen tratando de encontrar un lugar donde vivir libremente su amor, pero después de una serie de aventuras y calamidades acaban vendidos como esclavos y son embarcados en naves distintas. Así es como Nay termina en el Cauca, donde
el hijo que espera de Sinar podrá ser libre a la edad de dieciocho años, de acuerdo a las leyes del país.

Este cuento, con su tono que bordea lo fantástico, irrumpe inicialmente en la superficie de la novela, a punto de desbaratar su unidad de tono y estilo, pero al final logra encadenarse con el relato neogranadino de Ester/María (entreverando, por cierto, lo africano y lo judío) y de paso propone una suerte de parábola donde Isaacs insinúa que no percibe la esclavitud como una condición inherente o esencial de
una raza determinada, sino como una mera contingencia histórica y como un juego de posiciones relativas.

De dónde saca Isaacs una idea tan sofisticada de la esclavitud es algo que está por dilucidarse. Lo cierto es que en el interior de María se desata un complejísimo campo de fuerzas donde los elementos más reaccionarios de la cultura patriarcal y las nociones republicanas de avanzada colisionan unos con otros y, en algunos pasajes, hasta se confunden.

Jorge Isaacs

Estatua de Efraín y María, en el parque principal de Santa Helena, municipio de El Cerrito, Valle del Cauca.

Foto:

Ariana Rodríguez Vega.


La novela de Isaacs es, en efecto, el canto elegíaco que se despide de un mundo ya desaparecido –el de la hacienda como paradigma social–, pero también es el experimento estético donde se está preparando la transformación política y vital del propio autor, quien hacia 1867 está a punto de abrazar para siempre la causa del liberalismo radical, después de haber militado en el bando conservador desde su juventud.

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Esa conversión política le valió a Isaacs la enemistad inmediata del ubicuo Miguel Antonio Caro, quien incluso le había ayudado a corregir el manuscrito de María y, según queda registrado en algunos documentos, habría sido el responsable de suministrarle a Isaacs los libros del historiador italiano Cesare Cantú, sin los cuales aquel no habría podido construir la fábula exótica de Nay y Sinar en África.

La nueva militancia en el radicalismo llevó a Isaacs a ocupar el cargo de cónsul en Chile. Allí comprobó la importancia de la educación popular y pública que los liberales chilenos estaban impulsando en ese país y, a su regreso a Colombia, en 1875 Isaacs asumió el cargo de Superintendente de Educación en el Estado Soberano del Cauca. En esa etapa fundó un boletín, El Escolar, dedicado a informar sobre el resultado de las reformas educativas y a dar cuenta de las polémicas que sostenía con miembros del clero, quienes lo acusaban de corromper la “doctrina de Jesucristo” y no dudaban en recurrir a la calumnia y a la desinformación para sabotear el proyecto educativo liberal. Desde ese cargo, entre otras tantas cosas, Isaacs creó la normativa para implantar la educación laica, impulsó el método Pestalozzi, fundó escuelas nocturnas para facilitar la instrucción de los trabajadores y fomentó la formación de maestras, pues consideraba que educar exclusivamente a los hombres era un rezago de ignorancia, como dejó constancia en varias notas publicadas en El Escolar.

El 30 de enero, a las 12 de la noche, Isaacs fue declarado jefe civil y militar del Estado de Antioquia, una aventura destinada al fracaso

Pocos años después, a finales de esa década, la experiencia del radicalismo empezaba a decaer en medio de la profunda división en el Partido Liberal, donde los así llamados Independientes, con Rafael Núñez a la cabeza, empezaban a hacerse con el control de la República gracias a un pacto entre las élites de todos los partidos y el clero.

Por esos años, en enero de 1880, Isaacs protagonizaría uno de los últimos estertores del radicalismo cuando comandó una revolución contra el independiente Pedro Restrepo Uribe, recién elegido presidente del Estado de Antioquia tras una complicada carambola interna de sucesiones en el ejecutivo. Al frente de un ejército que contaba entre sus filas con otro poeta notable, el afrocolombiano Candelario Obeso, Isaacs llegó hasta Medellín y tomó preso a Restrepo Uribe, quien a los pocos días conseguiría fugarse. El 30 de enero, a las 12 de la noche, Isaacs fue declarado jefe civil y militar del Estado de Antioquia, una aventura destinada al fracaso pues los radicales ya no contaban con el apoyo necesario para mantenerse en el poder.


Tan solo dos meses después, Isaacs se veía obligado a firmar un tratado de paz con Pedro Restrepo en el que, curiosamente, ambos bandos se amnistiaron mutuamente. El maltrecho ejército de Isaacs emprendió entonces una penosa marcha con destino al Estado del Tolima, único bastión radical aún en pie. Perseguidos por Restrepo, quien faltando a los pactos de paz ordenó la captura de los revolucionarios, Isaacs y sus hombres debieron escabullirse primero por las selváticas trochas de Pensilvania y, luego, al enterarse durante el viaje de que los emboscarían en el tránsito hacia el Magdalena, tomaron el riesgoso camino del valle del Cedral, pasando muy cerca de Salamina, dominada desde siempre por los conservadores.

Isaacs deja constancia de toda esta experiencia revolucionaria en un grueso volumen titulado precisamente La Revolución Radical en Antioquia, que es casi como un acta de defunción del radicalismo como proyecto progresista. Para entonces la Regeneración de Núñez ya asomaba sus largas pezuñas, con el ultramontano Caro en el papel de Rasputín.

Apenas un año después, en 1881, los amigos políticos de Isaacs, seguramente masones, mueven influencias y el defenestrado líder revolucionario es nombrado secretario de una Comisión Científica destinada a explorar la región del bajo Magdalena.

Isaacs se toma la labor muy en serio y, aparte de documentarse profusamente, se embarca en una tarea juiciosa que lo lleva a descubrir yacimientos de hulla y petróleo, además de estudiar la lengua y la cultura de los pueblos indígenas de la zona. 

Jorge Isaacs

Retratos de Jorge Isaacs en diferentes épocas de su vida.

Foto:

Cortesía Biblioteca Luis Ángel Arango.

Entre los manuscritos que se conservan en la Biblioteca Nacional, algunos llaman la atención por la sencilla belleza de los bocetos y dibujos que el autor de María hizo de los petroglifos indígenas. Otros cuadernos consignan glosarios de las lenguas locales y notas sobre la vida material de estos pueblos.

Por esa misma época, desde las alta riberas de Cataca, escribe un poema dedicado al desaparecido imperio chimila, donde el poeta compara su propia caducidad con la de los indígenas que gobernaron en toda esa región: “Ni una humareda en su horizonte oscila/ Ni leve sombra del orgullo humano”.

Tanto en esta fase tardía de su escritura como en María, Isaacs da sobradas muestras de una sensibilidad que entiende la poesía no como un ornamento, sino como una forma de conocimiento del mundo. Por su complejidad, y a pesar de las limitaciones intelectuales impuestas por el medio, el romanticismo de Isaacs se emparenta mejor con las aspiraciones del círculo de Jena en su intento de aunar ciencia y poesía, ilustración y educación estética, republicanismo y libertad. Su tan celebrado paisajismo dista mucho del ánimo decorativo y sensiblero de muchos de sus contemporáneos europeos o americanos.

Por el contrario, sus descripciones de la naturaleza cumplen con el ideal humboldtiano de mostrar sistemas de relaciones a través de un lenguaje poético, es decir, con la intervención de la sensibilidad y el cuerpo:

“Guabos churimos sobre cuyas flores revoloteaban millares de esmeraldas, nos ofrecían densa sombra y acolchonada hojarasca (…). En el fondo del profundo remanso que estaba a nuestros pies, se veían hasta los más pequeños guijarros y jugueteaban sardinas plateadas. Abajo, sobre las piedras que no cubrían las corrientes, garzones azules y garcitas blancas pescaban espiando o se peinaban el plumaje. En la playa de enfrente rumiaban acostadas hermosas vacas; guacamayas escondidas en los follajes de los cachimbos charlaban a media voz; y tendida en las ramas altas dormía una partida de monos en perezoso abandono. Las chicharras hacían resonar por dondequiera sus cantos monótonos. Una que otra ardilla curiosa asomaba por entre el cañaveral y desaparecía velozmente. Hacia el interior de la selva oíos de rato en rato el trino melancólico de las chilacoas”.

María sigue hoy tan viva y rozagante como hace 150 años. Y seguramente así seguirá por mucho tiempo más, haciendo honor a su condición de clásico, es decir, como un delicioso misterio que perdura más allá de la instrumentalización ideológica que sobre la novela ha ejercido el país conservador.



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