Y se hizo el agua, y se hizo la luz

Y se hizo el agua, y se hizo la luz

'Un mundo lleno de futuro' reúne crónicas sobre innovación y gente que cambia la vida de muchos.

Un mundo lleno de futuro

Editado por la argentina Leila Guerriero, el libro narra historias de innovación.
Fragmento del reportaje del colombiano Juan Miguel Álvarez sobre como llegó el agua a una región de La Guajira.

Foto:

Ilustración (izquierda) Ferney Andrés Cortés

14 de junio 2017 , 09:49 a.m.



“Siempre quema el mismo sol incandescente en un cielo inmóvil. Los cactus con formas de candelabro son la única protección. A veces crecen entreverados entre matorrales lánguidos de hojas escasas, pero casi todos se ven solitarios sobre la vasta planicie parda. Es el desierto de La Guajira, en el extremo norte de Colombia. Una esquina peinada todo el año por los alisios y la brisa oceánica. Rodeado por el mar Caribe, es el lugar más seco del país. Solo un río lo atraviesa, el Ranchería, y la temperatura promedia los treinta grados, pero hay horas en que puede ascender a más de cuarenta. Hay dos temporadas de precipitaciones: una de chubascos y tímidos aguaceros en marzo, abril y mayo; y unas semanas de lluvia torrencial y tempestades entre octubre y noviembre. Los demás meses no cae una gota y el agua se convierte en el bien supremo.

Este territorio tiene tres municipios: Maicao y Manaure, cuyos ecosistemas son semiáridos, con acuíferos a cincuenta y doscientos metros de profundidad que permiten que crezcan arbustos, hierba y algunos árboles; y Uribia, cuyo ecosistema es árido sahariano de dunas y ventiscas de arena dorada, y donde no se ve una sola mata. La población de estos tres municipios es una mixtura de razas: predominan los indígenas wayúu, le siguen los mestizos, los afro y una abundante colonia árabe.

Para entrar a este desierto hay que recorrer la carretera que parte de la ciudad de Riohacha y avanza por la media y alta Guajira. Una línea recta que se pierde hasta donde alcanza la vista. A los lados de la ruta las señales de tránsito anuncian el nombre de un sector o de una comunidad. Algunos están en español, pero la mayoría están en wayuunaiki, la lengua madre de los wayúu.

A siete kilómetros del municipio de Maicao se encuentra el acceso a una comunidad llamada Kasichi. Una vez la camioneta abandona la carretera principal, pavimentada, se interna por un tejido de caminos indescifrables. Un arbusto despelucado puede ser la referencia que indique que hay que hacer un giro a la derecha; un montículo de arena, otra que recuerde que allí hay que ir hacia la izquierda. Bill Weaver, director de la oenegé Aguayuda, maneja la camioneta. Con él van otros activistas de Aguayuda y una delegada de Colciencias, el órgano estatal que fomenta la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la innovación en Colombia. Pese a las tantas ocasiones en que Weaver ha visitado esta comunidad, yerra el camino. El arbusto o el montículo ya no están allí; el paisaje ha mutado por el viento, y no quedan referencias conocidas. Tras varios desvíos y después de haber caído en una cuneta, la camioneta llega a un solitario paraje en el que hay una caseta de puntales sin acerrar y techo de zinc junto a un sofisticado sistema tecnológico con paneles solares, tubería, tanque y grifos. A este sitio se lo conoce como el «Pozo de Kasichi» y es aquí donde las comunidades se abastecen de agua potable.

–Es un laberinto. El que no sepa cómo llegar puede coger un desvío que lo interne hasta el desierto más profundo. Y ahí sí se puede perder.

Javier Iguarán, de 43 años, está allí, al pie del pozo. Es graduado en Derecho, y uno de los líderes wayúu más conocidos. Sonriente y cordial, viste sandalias, jeans y una camiseta roja de cuello y botones. Obeso, de baja estatura y paso lento, conserva la fisonomía promedio de su pueblo: manos anchas, brazos cortos, ojos pequeños y nariz carnosa. Tres matronas aguardan en la caseta. Una de ellas teje a dos agujas y mira a los visitantes por encima de la montura de las gafas. Las tres usan el atuendo femenino de los wayúu: un enterizo suelto de colores vistosos que cae hasta los tobillos llamado «wayuusheín» y el pelo protegido por una pañoleta. Cuando Bill Weaver le dice que se ha perdido antes de llegar, Javier dice:

–Es un laberinto. El que no sepa cómo llegar puede coger un desvío que lo interne hasta el desierto más profundo. Y ahí sí se puede perder.

Traducido al español, Kasichi no significa nada. Era el nombre de una laguna o jagüey que se secó hace rato. Poblada por trece familias, esta comunidad es vecina de La Parcela y de Wayuuma’na. Entre las tres, hay unas cincuenta familias, trescientas personas. A diferencia de otros pueblos indígenas de Colombia que han integrado sus residencias y recintos ceremoniales en caseríos, las familias wayúu viven alejadas unas de otras. Una casa puede estar a cien metros de su vecina más próxima. La suma de diez o veinte casas de familias emparentadas constituyen una «ranchería».

El pozo es un lugar accesible desde las tres comunidades. Las casas más cercanas están a una cuadra de distancia, pero hay otras que se encuentran a más de un kilómetro. Sin que la distancia importe mucho, las familias vienen casi a diario para aprovisionarse de agua.

El tanque es flexible y se asemeja a un colchón gigante de plástico verde aguamarina que se hincha a medida que se llena. Puede llegar a tener el tamaño de un microbús. De uno de sus extremos se desprende la tubería principal, con llave de paso. Ahora, Javier se agacha y abre un grifo auxiliar. Un chorro potente comienza a regar el suelo.

–Es el agua que tenemos aquí –dice, entusiasmado–. Casi no tiene sal y así, sin filtrar, es potable. Pero nosotros no la tomamos de aquí. La tomamos de allá.

Señala tres cajones altos, junto al tanque: los filtros, cada uno, con grifo.

–Es el agua que tenemos aquí –dice, entusiasmado–. Casi no tiene sal y así, sin filtrar, es potable

Al otro lado de una reja metálica que protege el tanque, están la planta de energía solar, dos sanitarios secos y dos mecanismos artesanales para lavarse las manos llamados tippytap. La planta se eleva unos dos metros y medio sobre columnas metálicas. Es una plancha inclinada de celdas solares que genera la energía necesaria para extraer el agua del subsuelo. Los sanitarios funcionan con aserrín y el dispositivo permite extraer de manera higiénica la materia fecal y llevarla a un depósito de compostaje. Los tippytap son dos soportes en madera clavados en la tierra que sostienen un tarro de agua perforado en la parte superior; otra vara de madera, puesta en diagonal al suelo, está sujeta al tarro por una cuerda. Al pisar esa vara, el tarro gira cabeza abajo y deja caer el agua justa para lavarse las manos. El jabón cuelga dentro una bolsa. Además, la comunidad cavó un lago de unos tres metros de diámetro que es nutrido las veinticuatro horas por una manguera. Protegido por árboles bajitos, es el abrevadero de los animales domésticos: cerdos, pavos y ganado. Y un oasis artificial para las aves.

–Si alguien quiere venir a ayudar a una comunidad wayúu con el agua –dice Bill Weaver, serio, con su español de gringo recién llegado–, tiene que tener en cuenta a los animales. Son lo más importante para los indígenas. A veces he sentido que la comunidad recibe mejor algo para los animales que para ellos.

En Colombia, los wayúu suman más de 270 mil personas, el 20% de toda la población aborigen. Y como ocurre con los demás pueblos ancestrales, tienen los bolsillos vacíos. Unos cuantos han acumulado algún capital con el contrabando marítimo y fronterizo, pero la mayoría se dedica a la crianza de animales de corral y ganado. Caballos, vacas, burros y mulas son los de mayor valor, y quien más cabezas posea más estatus adquiere. La cabra es el animal más importante: es su principal fuente de alimento, y un objeto de intercambio para refrendar un compromiso de matrimonio, compensar si se le ha hecho un daño a alguien o cerrar acuerdos. Una familia promedio puede llegar a pastorear rebaños de cien cabezas.

–Si alguien quiere venir a ayudar a una comunidad wayúu con el agua [...] tiene que tener en cuenta a los animales. Son lo más importante para los indígenas.

Pero antes de tener el Pozo de Kasichi, las familias de estas tres comunidades padecían enormes dificultades para acceder al agua. Tenían que desplazarse hasta las fuentes de comunidades vecinas, en las que les permitían tomar muy poco de un agua que, además, no estaba en buenas condiciones. En un molino de Sharimana, situado a más de un kilómetro de distancia, podían recoger solo dos pimpinas por familia –cada pimpina contiene 20 litros– de un tanque lamoso. Si necesitaban más, les tocaba caminar otro kilómetro hasta una alberca comunitaria en Maicaíto, de la que podían cargar no más de una pimpina por familia. Si alguien necesitaba aún más agua, debía viajar hasta el municipio de Maicao y con suerte encontrar un carrotanque que la suministrara gratis. De lo contrario, debían comprarla en tiendas.

–Era muy difícil todo –dice Javier–: caminar kilómetros con este sol y luego devolverse cargando el agua. Y si tocaba ir a Maicao, se le iba todo el día a uno.

Sin embargo, las agencias internacionales ven en Colombia a un país en el que abunda el agua. Y es verdad. Salvo en La Guajira. Cuando se establecieron los Retos del Milenio a mediados de la década del noventa, Colombia reportó que al menos el 80% de su población accedía al agua potable. El 20% que faltaba se encontraba, sobre todo, en este desierto. Años después, los países en vía de desarrollo se propusieron como meta que, en 2050, el 99% de su población podría beber agua potable en sus casas. Lo más seguro es que ese 1% que falta por incluir, en Colombia se encuentre sobre todo en La Guajira”.


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