La dolorosa historia de los niños explotados sexualmente en Colombia

La dolorosa historia de los niños explotados sexualmente en Colombia

En Colombia, cerca del 95% han caído en semejante abismo empujados por causa de la pobreza.

Abuso sexual a niños

En Bogotá, en las orgías con niños los que más participan son turistas extranjeros.

Foto:

Annie Spratt. Unsplash

13 de junio 2018 , 08:23 p.m.

¿Sabía usted que en Colombia hay, en este momento, 37.000 niños que son víctimas de la explotación sexual?

Son tan pobres que necesitan conseguir dinero para que sus familias tengan comida, o para comprar algo de ropa, o para poder pagar los libros y cuadernos que les piden en las escuelas, o para cancelar en la farmacia del barrio los medicamentos de la madre enferma.

Según las investigaciones que viene dirigiendo en estos días el procurador general, Fernando Carrillo Flórez, cerca del 95 por ciento de esos niños han caído en
semejante abismo empujados por la misma causa dolorosa y terrible: la pobreza.

En su mayoría tienen de doce a catorce años y gran parte de ellos fueron contactados, la primera vez, con propuestas falsas en las redes sociales, haciéndoles creer que les iban a dar trabajo como camareros o meseras. Terminaron atrapados en una telaraña de esclavitud sexual con turistas nacionales y extranjeros.

En el mapa colombiano, la víctima más afectada es Cartagena, por ser la primera ciudad turística del país. Hasta hace algún tiempo, a esos turistas sexuales solo se les podía ver en las noches de viernes y sábado, merodeando por el centro histórico cartagenero. Pero, como no hubo nadie que los metiera en cintura, ahora mariposean todos los días, incluso a la luz del sol, por plazas y callejones, en bares y restaurantes, en parques y playas. Casi siempre tienen una falsa apariencia de seductores y, si ya es de noche, llevan una copa en la mano.

Chancletas y guayabera

La mayoría son extranjeros, pero también los hay que proceden del interior de Colombia. Cuando uno se los encuentra en una esquina, no sabe si llevan puesto su uniforme de turistas o si están disfrazados para que no los reconozcan las autoridades... como si por aquí hubiera autoridades.

Por eso fue que el procurador Carrillo, hace dos meses, en un acto público, describió su apariencia atinadamente, con una definición certera. “Son turistas de gafas negras, chancletas y guayabera”, dijo, en una reunión pública, celebrada en Cartagena, y a la cual concurrieron funcionarios del Estado, líderes comunales, empresarios privados, padres de familia.

Ese mismo día el Procurador encabezó la firma de un pacto de trabajo con funcionarios nacionales, locales y regionales que se comprometieron en una especie de cruzada para prevenir y erradicar la explotación sexual infantil.

‘Rumba dura’ en Medellín y Bogotá

El “turismo sexual”, como se le conoce popularmente, se ha ido convirtiendo en una costumbre terrible en los últimos años. Viajeros que llegan de todas partes explotan sexualmente a esos niños. Muchas veces, para mayor indignación y más rabia, ni siquiera les pagan con dinero, sino que les dan sobras de comida para que lleven a la casa. Si ese no es el precio más vil de la infamia, entonces no sé qué diablos pueda ser.

El año pasado, en un comentario editorial, EL TIEMPO afirmaba que ese turismo sexual ha empobrecido aún más a Cartagena, y daba cuenta, además, de lo que está pasando ahora en Medellín, donde se ha puesto de moda la venta de los llamados “paquetes de rumba dura”, que incluyen hotel, pornografía infantil, entrega de la virginidad. Hay quienes ofrecen al viajero hasta consumo de drogas, en una modalidad que ha sido bautizada como “narcoturismo”.

Una situación similar se está viviendo en Bogotá. Ya se ha detectado, en la propia capital, que en estas orgías con niños los que más participan son turistas que vienen de Estados Unidos, algunos países europeos y asiáticos, e, incluso, del vecindario suramericano.

Barranquilla también ha empezado a verse afectada con casos de abuso sexual infantil. Y lo mismo está ocurriendo en ciudades fronterizas como Cúcuta. No se escapa ni Leticia, en la tupida selva amazónica. Como si fuera poco, el problema se ha agravado en los últimos tiempos, con la creciente migración venezolana.

En pequeñas poblaciones

Luz Myriam Castaño Marulanda, procuradora delegada para los derechos de los niños y la familia, me dice que, desgraciadamente, el fenómeno está creciendo y ya no se limita solamente a las grandes capitales.

–Hemos detectado otros corredores de esa explotación infantil en las vías que comunican a Bogotá con el departamento del Tolima –me informa la procuradora delegada.

Y, por insólito que parezca, Cartagena no figura entre las ciudades que más denuncian esos atropellos. Parece que a nadie le importara lo que está pasando. Debe ser porque la ciudad está muy ocupada posesionando cien alcaldes cada mes.

–El mayor número de denuncias por delitos sexuales contra los menores de edad –agrega la señora Castaño– se ha presentado hasta ahora en Bogotá, Medellín, Bucaramanga, Cali, Pereira. También en la pequeña población de Manaure, en La Guajira, y en su capital, Riohacha. Cerca de Bogotá se han detectado muchas denuncias, especialmente en Soacha y Zipaquirá.

La Fiscalía y los ciudadanos

Ante semejante panorama, y con el lema de que las personas no son una mercancía que pueda venderse, la Procuraduría General le pidió a la Fiscalía que se uniera a la causa, teniendo en cuenta, para empezar, que, según lo establece el Código Penal, la explotación sexual con fines comerciales de una persona menor de 18 años puede ser sancionada hasta con 33 años de cárcel.

Fue entonces cuando el procurador Carrillo convocó, en abril pasado, una reunión urgente en Cartagena. Además de funcionarios y expertos, asistieron delegados de la hotelería, las agencias de turismo, los comerciantes, los barrios de la ciudad.

La clave, sin duda, está en la participación activa de los ciudadanos, lo que ahora se conoce como la sociedad civil. Se acordó, por ello, que sean los adultos quienes promuevan en sus comunidades, y especialmente entre sus propias familias, la formación de redes y grupos para proteger a los niños.

La clave (para frenar la explotación sexual infantil), sin duda, está en la participación activa de los ciudadanos.

Internet, celulares, colegios

La Procuraduría, en su intensa campaña de erradicación y prevención por todo el país, pide que participen en ella las escuelas, que son parte esencial en la vida infantil.

–Los profesores y directivos de colegios deben estar unidos con los padres de familia para desarrollar una pedagogía que permita detectar tempranamente ese tipo de violencia –dice la delegada Luz Myriam Castaño–. También deben difundir entre los jóvenes y sus familias las formas de atención y de denuncia cuando se presenta un caso.

Esa tarea de escuelas y familias se vuelve especialmente útil en épocas como la actual, repleta de nuevas tecnologías. “Celulares, computadores y páginas de internet son los medios a través de los cuales los proxenetas, traficantes sexuales, están capturando a los muchachos”, añade la señora Castaño.

Y la empresa privada

Ante el llamado que está haciendo la Procuraduría General, otro segmento de la sociedad colombiana que empieza a colaborar en la campaña es el de los empresarios privados, especialmente aquellos que tienen relación con las actividades turísticas.

–Anato, el gremio que congrega a las agencias de viajes y turismo –explica la procuradora delegada–, está promoviendo entre sus afiliados la idea de identificar los lugares donde se facilita la explotación infantil.

Así mismo, dichas empresas, al igual que varias cadenas de hoteles, están preparando a sus empleados para que se vuelvan promotores de la protección de la niñez, para que sean sus agentes defensores y reporten a las autoridades los posibles casos de explotación.

De la misma manera, la Cámara de Comercio de Cartagena se está sumando, con sus afiliados, a la lucha cívica que ha iniciado la Procuraduría.

Esta cruzada tiene que ser global y coherente ante los turistas que llegan a nuestras ciudades buscando niños, ante los hoteleros sin escrúpulos que brindan sus negocios para que allí se cometan todas las aberraciones, ante los proxenetas que reclutan menores de edad para ofrecerlos como mercancía y ante las propias autoridades que se hacen de la vista gorda.

Otro tema

Lo que viene a continuación no tiene relación alguna con lo que venimos hablando, sobre los niños y la explotación sexual, pero, ahora que menciono los nuevos sistemas tecnológicos de comunicación, comprendo que ya resulta inevitable ocuparme de ello y hacer las siguientes precisiones.

Confieso que estoy hasta la coronilla con los textos falsos que me atribuyen a mañana y tarde en las redes sociales. Circulan con mi nombre como si yo fuera el autor. Sobre todo en estas épocas electorales.

Amigos y gentes amables, a las que no conozco, me los hacen llegar todo el día, y siempre con la misma pregunta, la frase más repetida que he leído en los últimos tiempos: “¿Esto realmente es tuyo?”. No, no es mío. Tal como tuve oportunidad de explicarlo el año pasado, en estas mismas páginas, yo no escribo ni una sola letra para esas redes sociales, que están plagadas de farsantes y manipuladores. Lo que yo tengo que decir lo digo aquí, en estas crónicas y en este periódico.

Epílogo

Los portales de tecnología no solo están llenos de embaucadores sino, incluso, de ladrones: en la última estupidez que me atribuyen –repleta de unos monumentales desatinos no solo de criterio sino de redacción, de gramática y hasta de ortografía– se robaron una “s” de mi apellido. Aparezco firmando ese esperpento como si yo me llamara Gosain.

Por todas esas razones, a cada ciudadano gentil que me pregunta si eso lo escribí yo, le respondo siempre lo mismo:

–No, señor. Yo sé que escribo mal, pero no tanto…

JUAN GOSSAIN

Especial para EL TIEMPO

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