Condena a González confirma que Galán fue ‘llevado al matadero’

Condena a González confirma que Galán fue ‘llevado al matadero’

Muestra en detalle cómo el poder de la mafia llegó a mover los hilos de las agencias de seguridad.

Muerte de Luis Carlos Galán

El sicario José Éver Rueda Silva sostiene una pancarta (der.). En la tarima, Galán caído.

Foto:

Cortesía: José Herchel Ruiz

18 de junio 2017 , 02:46 a.m.

La condena a 22 años de prisión al coronel (r) Manuel Antonio González, que en 1989 se desempeñaba como jefe de la División de Orden Público del DAS, revivió esta semana uno de los capítulos más oscuros en la historia del país: el magnicidio de Luis Carlos Galán.

A todas luces, era un despropósito que Galán, el hombre más amenazado del país y a quien las encuestas daban la máxima opción para ser elegido presidente de la República, fuera llevado al populoso municipio de Soacha en un destartalado camión de estacas.

Habían pasado las 7 de la noche del viernes 18 de agosto de 1989. Galán llegó en un vehículo blindado al barrio La Despensa, en el sur de Bogotá, y contra el sentido común lo bajaron y lo subieron al vetusto carro, el cual, la investigación demostraría tiempo después, también fue abordado por varios sicarios que fingieron ser sus simpatizantes.

Galán entró al municipio cundinamarqués por una vía mal iluminada y entre la nube de polvo que dejaban a su paso varias motos a cuyos ocupantes nadie requisó. Juan Lozano, entonces su secretario privado, se alarmó al ver tanta gente. “Era un derroche de aguardiente y voladores, un carnaval de ostentaciones”, recuerda. Hoy reflexiona sobre lo vivido: “Lo llevaban al matadero. Todo pasó rápido y ante la desidia de quienes tenían la responsabilidad de cuidarlo”.

Nadie, por ejemplo, reparó en la forma de vestir de José Éver Rueda Silva, uno de los sicarios: traje de tonos blancos, sombrero clásico también blanco, de cinta negra, similar al de sus cómplices, unos 12 hombres, todos jóvenes y de pelo corto, dispersos entre unas 20.000 personas. En los minutos previos al ataque se mantuvo, allí, imperturbable, sosteniendo una pancarta.

“Mi papá llegó allí, casi en una absoluta indefensión hecha a propósito para que los sicarios acabaran con él”, dice el senador Juan Manuel Galán. ¿Desprotegido por quién? “Ya no hay dudas. La cúpula del DAS de la época”. Se refiere al Departamento Administrativo de Seguridad, el servicio de inteligencia del Estado que fue suprimido por el presidente Juan Manuel Santos tras el escándalo de las chuzadas, en el 2011.

Sin embargo, en 1989 su ‘modus operandi’ era igual o más grave. Tres hombres conformaban la línea de mando de la institución. El general Miguel Maza Márquez, Alberto Romero, jefe de Inteligencia, y el coronel Manuel Antonio González Henríquez.

El primero fue condenado a 30 años de cárcel por el magnicidio de Galán. Sobre Romero, ya fallecido, gravitaba la sospecha de haber tenido relación con los crímenes de los líderes de izquierda Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. “Romero le abría las puertas del DAS a Carlos Castaño”, dice un investigador.

La sentencia a 22 años contra González se dictó el viernes. En ella el juez asegura que el coronel retirado “no solo desatendió su deber de velar por la seguridad de Luis Carlos Galán, sino que avaló el irregular nombramiento de Jacobo Torregrosa (jefe de la escolta) con la única finalidad de debilitar el esquema de seguridad del político y hacerlo presa fácil de los sicarios que acabaron con su vida”.

Torregrosa fue designado por los altos mandos del DAS antes mencionados, pese a que en su hoja de vida figuraba “un sumario en el Juzgado 57 de Instrucción Penal Militar por sindicación de homicidio (...), 76 faltas contra el servicio, suspendido en el ejercicio de funciones y atribuciones. Por tener tendencia a la cleptomanía debe observársele”. Desapareció días después del crimen y se presume que fue asesinado.

El baño de sangre auspiciado desde el órgano de inteligencia estatal no paró con Galán.
Bernardo Jaramillo era senador y candidato presidencial por la Unión Patriótica (UP) cuando fue baleado, el 22 de marzo de 1990, en el puente aéreo de Bogotá. Caminaba con su compañera, Mariela Barragán, y, en teoría, era “protegido” por una nube de escoltas del DAS.

También en 1990, el 26 de abril, la cabeza del M-19, Carlos Pizarro –quien dejó las armas, negoció la paz e iniciaba su campaña presidencial– fue asesinado dentro de un avión en vuelo por el sicario Gerardo Gutiérrez, frente al grupo de guardaespaldas, igualmente del DAS, que viajaba a su lado.

Fue precisamente el coronel González, hoy de 75 años, quien estuvo a cargo, entre 1989 y 1990, de coordinar los esquemas de seguridad de ambos líderes de la izquierda.

La Unidad de Análisis y Contexto de la Fiscalía demostró que esa serie de magnicidios fue ejecutada por una poderosa maquinaria criminal de extrema derecha que surgió en el Magdalena Medio y se extendió por todo el país.

De hecho, Jaime Eduardo Rueda Rocha, el sicario que le disparó a Galán, fue enviado a esa región por el capo del narcotráfico Gonzalo Rodríguez Gacha, el ‘Mexicano’, para ser entrenado por el mercenario israelí Yair Klein. “Rueda Rocha era un sicario al servicio del narcotraficante Henry Pérez en el Magdalena Medio”, dice el expediente.

Klein había sido traído al país por un grupo de militares, narcos y ganaderos para que prepara a las bandas paramilitares. Su proyecto de expansión fue ambicioso. Y no actuaron solos. “Como nunca antes, la mafia logró infiltrar una agencia del Estado, el DAS, para sembrar el terror”, anota el senador Galán.

A pesar de su poderío, la mafia ya había fallado en su intención de acabar con Galán. Unos días antes, el 4 de agosto, el coronel Valdemar Franklin Quintero, responsable de la Policía en Antioquia, tuvo que conducirlo hasta el aeropuerto Olaya Herrera, de Medellín, después de descubrir un lanzamisiles en la ruta del candidato. Detrás del hecho estaba Pablo Escobar, le dijo.

El coronel Quintero fue asesinado el mismo día que Galán. A las 6:18 de la mañana de ese viernes 18 de agosto, recibió 154 disparos en una calle de Medellín. Por eso extrañó que nadie impidiera que a Galán lo subieran a una tarima de madera ante semejante muchedumbre. A las 8:45 de la noche se oyeron las primeras ráfagas. Los autores del magnicidio usaron una Atlanta calibre 9 milímetros, una Ingram y una MP-5.

Jaime Eduardo Rueda, hermano de José Éver, disparó cuando el candidato levantó los brazos para saludar. Una bala le estalló la aorta abdominal infrarrenal, lo que le produjo un paro cardiorrespiratorio casi de inmediato.

Uno de los escoltas se le tiró encima y otros lo bajaron de prisa en medio de la gritería. Corrieron hacia un carro, pero nadie sabe por qué no se fueron para el hospital de Soacha, a la vuelta. A las 8:55, Galán fue ingresado por sus escoltas al servicio de urgencias del hospital de Bosa.

Los médicos entendieron que el paciente se les iba a morir porque no tenían los equipos para tratarlo, por lo que pidieron llevarlo a la clínica San Rafael. A las 9:25, la ambulancia trataba de abrirse paso, y alcanzaron a llegar al hospital de Kennedy.

‘Lo siento mucho’

A las 10 de la noche, la caravana que traía a doña Gloria Pachón de Galán entró a este centro hospitalario. “Lo siento mucho, lo siento mucho”, le dijo vencido el director.

Vino luego una serie de montajes, también del DAS, para hacer creer al país que los asesinos no eran los que eran. Pasaron los años, las décadas y todo empezó a aclararse. Maza Márquez sostiene su inocencia y culpa al coronel González. Este señala al general, director del Departamento en esa época.

En su defensa, González afirmó que él estaba confiado porque le creyó al coronel Homero Rodríguez que había una avanzada y un esquema de seguridad suficientes para proteger a Galán. En el juicio quedó demostrado que esto nunca sucedió.

ARMANDO NEIRA
Redacción Domingo

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