‘La impunidad alienta el homicidio en el país’: Katherine Aguirre

‘La impunidad alienta el homicidio en el país’: Katherine Aguirre

La investigadora del Instituto Igarapé explica los porqués de la reducción de crímenes en Colombia.

Hayan cuerpo desmebrado

“Más de 11.000 homicidios al año no son normales”, Katherine Aguirre.

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Juan Bautista Díaz / EL TIEMPO Archivo

16 de julio 2017 , 12:00 a.m.

En el 2002, Medicina Legal reportó 28.534 homicidios en Colombia. Una tasa de 65 asesinatos por cada 100.000 habitantes nos ubicó en el quinto puesto de la lista de países más violentos del mundo. Hoy, ocupamos el puesto 16. Según el Monitor de Homicidios del Instituto Igarapé de Brasil, observatorio que cuenta con una de las bases de datos más rigurosas de asesinatos en el mundo, en el 2016 se reportaron 11.532 homicidios en el país: una tasa de 23,6 por cada 100.000 habitantes. La reducción de homicidios en el país es sorprendente: en 14 años se redujeron en más del 60 por ciento.

En el mismo periodo, Cali, Bogotá y Medellín, entre otras, bajaron los índices de homicidios a casi la mitad y en prácticamente todas las ciudades intermedias el número de asesinatos disminuyó ostensiblemente. Es un hecho: los homicidios en Colombia hace tiempo vienen en picada y, si el desescalamiento del conflicto armado persiste, puede que sigan disminuyendo.

Tan alentador panorama, sin embargo, contrasta con una realidad innegable: pese al desescalamiento de la guerra, Colombia sigue siendo uno de los 20 países más violentos del planeta y, después de Brasil, México y Venezuela, es el cuarto país con el mayor número de homicidios en América Latina, una región que, pese a estar habitada por tan solo el 8 por ciento de la población mundial, concentra el 38 por ciento de los asesinatos en el mundo.

Trece de las 150 ciudades con más número de asesinatos en el mundo se encuentran en Colombia. Las tasas en Cali, Palmira y Cúcuta superan los 40 homicidios por cada 100.000 habitantes (el doble del promedio nacional), lo que plantea nuevos retos en materia de políticas de seguridad.

EL TIEMPO habló con Katherine Aguirre, economista experta en violencia, seguridad y desarrollo e investigadora del Instituto Igarapé, sobre los logros alcanzados hasta el momento en reducción de homicidios en Colombia y sobre los desafíos que el país enfrenta en la materia.

¿A qué se debe la disminución de homicidios en Colombia?

Los homicidios en el país son producto de la combinación de distintas violencias asociadas al conflicto armado, a la criminalidad organizada, a las riñas y enfrentamientos cotidianos y a factores de orden estructural que operan como caldo de cultivo de conductas homicidas. La disminución de los asesinatos responde a la reducción de esas violencias como resultado de la implementación de políticas públicas e intervenciones locales, del proceso de paz con las Farc y de la transformación del crimen organizado.

¿Qué tan representativo es el desescalamiento del conflicto con las Farc en la reducción de las cifras?

Pese a su larga duración, el conflicto armado en Colombia es de baja intensidad. La guerra nunca ha aportado más del 15 por ciento de los homicidios al grueso de las cifras (ni siquiera entre 2002 y 2006, cuando más se recrudeció). Sin embargo, la desactivación del conflicto con las Farc sí ha influido en la disminución de homicidios en la última década. Según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), el año pasado la reducción de los asesinatos fue significativa en las zonas de influencia de las Farc y el número de muertes asociadas a la confrontación armada bajó. Cuando arrancaron los diálogos de La Habana, la tasa de homicidios era de 33,76 por 100.000 habitantes, 10 puntos por encima de la actual.

Las organizaciones criminales ya no se aniquilan: crean alianzas y pactos, sellan acuerdos

¿A qué se refiere cuando habla de la transformación del crimen organizado?

Hoy no pasa lo que hace algunos años, cuando las pandillas, las organizaciones narcotraficantes y las bandas delincuenciales disputaban a sangre y fuego los territorios. Las organizaciones criminales ya no se aniquilan: crean alianzas y pactos, sellan acuerdos, establecen fronteras y se reparten los territorios, los mercados y las rentas ilegales. Las violencias del crimen organizado son más complejas y selectivas que sangrientas y masivas. Esto ha influido en la disminución de los homicidios, sobre todo en escenarios urbanos, donde, no obstante, hay muchas dinámicas criminales vigentes.

¿Y qué ha pasado en materia de política pública?

En ciudades como Bogotá, Medellín y Cali se han dado pasos importantes. Las tres ciudades han tenido gobiernos comprometidos con la reducción de la violencia.

Rodrigo Guerrero, exalcalde de Cali, fue pionero en impulsar la idea de que la violencia es un problema de salud pública y que, como tal, es necesario hacer un diagnóstico riguroso de sus causas y síntomas para aplicar remedios eficaces. Este modelo fue adoptado por otros alcaldes que se dieron cuenta de que la reducción de homicidios requiere de políticas concretas, basadas en diagnósticos y evidencias y adaptadas a las necesidades y capacidades de cada contexto. Muchas políticas públicas han tenido éxito porque se han formulado con base en mejores sistemas de información y en la articulación de diferentes sectores institucionales y civiles.

¿Cómo explica que Cali siga siendo una de las ciudades más violentas del mundo?

Las políticas locales no son suficientes. Ciudades como Cali, Cúcuta y Palmira están expuestas a las violencias de las regiones a las que pertenecen y que se escapan de la intervención de los alcaldes. Así, la violencia del norte del Valle se ha extendido a Cali y la del Catatumbo, a Cúcuta.

En ese sentido, el éxito de las políticas locales de seguridad sí depende de las políticas nacionales...

Claro. No podemos decir, por ejemplo, que las políticas de control de armas y de cultura ciudadana de Mockus fueron las que redujeron los homicidios en Bogotá en los noventa. En ese época, la desmantelación de organizaciones narcotraficantes resultaron decisivas en la reducción generalizada de la violencia en el país. Hoy, lo local se ve afectado por el proceso de paz con las Farc, por la implementación de los acuerdos y por la emergencia de nuevos grupos armados.

¿A qué se refiere cuando habla de un ‘caldo de cultivo’ de conductas homicidas?

A las brechas de inequidad (que no se cierran aunque los niveles de pobreza bajen), al desempleo juvenil, a la debilidad de las instituciones de seguridad y justicia, a la impunidad y al débil control del uso y el tráfico de armas. Estos son los factores que alientan el homicidio y a los que Colombia debería dar especial atención. Las políticas públicas en seguridad no sirven si no están acompañadas por políticas sociales efectivas.

¿Qué hace falta para reducir aún más las tasas de homicidios?

Se les debería seguir apostando a alternativas que se ajusten a los retos locales y a fortalecer los sistemas de información y análisis. Los desafíos en políticas públicas son enormes y hay diferentes formas de intervención que podrían ayudar a enfrentar el fenómeno no desde una perspectiva eminentemente policiva o judicial, sino desde un punto de vista integral.

¿Cómo cuáles?

Son necesarias, por ejemplo, la prevención de la reincidencia y de los feminicidios, la intervención focalizada en puntos calientes, la reducción de impactos de los mercados de drogas, la educación en resolución pacífica de conflictos y el fortalecimiento del sistema de justicia. La impunidad no solo impide esclarecer los asesinatos y castigar a los responsables, sino que alienta el homicidio. La gente sabe que es muy difícil que la capturen por un crimen como estos y que asesinar puede salir muy barato.

¿Considera que el homicidio extendido responde a un asunto cultural?

Se trata más bien de la naturalización de la violencia. Nuestra capacidad de asombro frente a los homicidios es escasa. Las cifras han disminuido y eso hay que resaltarlo, pero más de 11.000 homicidios al año no son normales. Tenemos que sacarnos de la cabeza la idea de que no podemos dejar de matarnos, de que la violencia homicida no tiene solución, y entender que la disminución de las tasas hasta ahora registrada no basta. Reducir los asesinatos no sólo es necesario, sino posible.

¿Cree que este es un trabajo exclusivo de los gobiernos?

Las soluciones son multidimensionales y multisectoriales. En la planeación de intervenciones deben participar tantos sectores como sean posibles, pero especialmente los ciudadanos. Nadie mejor que ellos conoce su realidad y a menudo son las comunidades las que mejores soluciones proponen a las violencias a las que están expuestas.

Factores claves en reducción de homicidios

1. Policía modificada

En 1998 se creó la Policía Comunitaria, un modelo más preventivo que reactivo que se expandió en el 2003. En el 2011, se creó el Plan Nacional de Vigilancia por Cuadrantes, el cual pondera la resolución localizada y comunitaria de conflictos.

2. Información confiable

Hoy el país tiene sistemas de información más confiables. Medicina Legal, la Policía Nacional y varios observatorios han permitido hacer un diagnóstico mucho más serio del problema, lo que se traduce en mejores intervenciones.

3. Más oferta institucional

En ciudades como Bogotá ha aumentado el número de comisarías de familia, se han creado unidades de mediación y conciliación para gestionar los conflictos de las comunidades y hay cada vez más inspecciones de policía.


MARÍA LUNA MENDOZA
Redacción domingo
lunmar@eltiempo.com

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