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Edson, uno de los secuestrados que para las Farc no existen

Por: |

Silvia Serna

Silvia y su esposo, William Páez (a su izquierda), piden por la libertad de su hijo.

El hijo de Silvia Serna está en poder de ese grupo desde el 2011, pese a que pagaron rescate.

Hay distintas formas de llorar. Silvia Serna no suele mostrar sus lágrimas. Pero llora. Todos los días, desde el primero de septiembre de 2011.

Era jueves.

Su hijo, Edson Eduardo, la llamó por teléfono.

–Esta noche cierro temprano, mamá. Tengo parcial en la universidad –le dijo.

Silvia estaba con su esposo, William Páez, fuera de Villavicencio y había dejado a su hijo al mando del negocio familiar, una distribuidora de gaseosa y cerveza llamada ‘Los Chigüiros’. No era raro: con 19 años, Edson repartía su tiempo entre el local y las clases de quinto semestre de administración de empresas en la Universidad San Martín.

Luego de la conversación, Edson se fue a clase, presentó el examen y, a eso de las nueve de la noche, se despidió de sus compañeros y tomó rumbo a casa en su carro. Al día siguiente, a las seis de la mañana, el celular de Silvia sonó.

–¿Doña Silvia Serna?
–Sí.

Era un número desconocido. La voz de un hombre:

–La llamo para decirle que anoche retuvimos a su hijo.

Y agregó que era del frente 26 de las Farc, que debía pagar diez mil millones de pesos de rescate, que no fuera a hablar con las autoridades, que él volvería a llamar. Colgó.

Ella pensó que era una broma. Llamó al celular de Edson, pero estaba apagado. Les timbró a unos vecinos y les pidió ayuda. Ellos fueron a su casa, pusieron una escalera en el muro del jardín y se asomaron: Edson no se veía.

Tampoco su carro. Silvia y William corrieron de vuelta a Villavicencio. Ese mismo día hicieron lo que creyeron que era mejor para su hijo: avisar a la Policía todo lo sucedido.

***

Edson Eduardo es el único hijo de Silvia Serna. (William, su papá, tiene hijos de un primer matrimonio). Buen alumno desde la primaria. Alegre. Obediente. Tanto que decidió estudiar administración cuando su mamá se lo aconsejó porque pensó que eso funcionaría para el negocio familiar.

Silvia, de 41 años, nacida en Villavicencio, empezó a estudiar secretariado comercial en el Sena, pero no terminó. Conoció a su esposo, tuvo a Edson y los tres formaron esa empresa próspera de distribución de bebidas. Próspera, no millonaria, no como para poder cumplir con las exigencias de los secuestradores.

Las llamadas continuaron. Siempre al celular de Silvia.

–Ustedes piden una cantidad que no podemos pagar.

–Pues vendan la casa, el negocio, pídanle a sus amigos, a sus familiares –respondían.

Oír la suma de diez mil millones de pesos era para ella como una sentencia de no volver a ver a su hijo. Los secuestradores le hablaban de supuestas sucursales del negocio en toda la región, de una flota de transporte de ‘Los Chigüiros’, pero nada de eso existía en realidad. A la cuarta o quinta llamada, un guerrillero por fin se identificó: Jeison, encargado de las finanzas del frente.

Con él empezó un acuerdo de negociación.

–Quiero una prueba de vida de mi hijo –le pidió Silvia.

Él le dijo que lo harían de la siguiente manera: ella le formularía una pregunta cuya respuesta solo debía saber su hijo; él se la transmitiría a Edson y luego le dictaba la respuesta que su hijo le diera. Así lo hicieron en más de una oportunidad. Silvia pensaba en algo privado, algo que solo pudiera saber Edson, y oía, en la voz del secuestrador, la respuesta que le enviaba su hijo. Nunca tuvo su voz cerca al teléfono, pero la precisión con la que respondía a sus inquietudes la tranquilizó: eran temas que solo él podía conocer y describir de esa forma.

Durante varias semanas Silvia siguió las conversaciones con Jeison. Siempre era ella quien hablaba, no su marido. Desde la primera llamada su nombre había aparecido (“¿Doña Silvia Serna?”) y se lo había tomado como un asunto suyo.

Además, era su hijo, su único hijo, el que estaba lejos. Después de varias llamadas, llegaron a un acuerdo en la cifra de rescate: 200 millones de pesos. En pocos días la familia vendió el negocio –un depósito de cerveza y gaseosas puede negociarse sin mucha dificultad porque se trata de productos de rápida rotación–, pero la transacción no les alcanzó para reunir el dinero requerido. Tuvieron que pedirles el resto a amigos y familia.

–¿Cuándo liberan a mi hijo? –preguntó Silvia.

–Cuatro días después de que recibamos la plata.

Entregaron los 200 millones en noviembre del 2011, dos meses después del secuestro. Silvia estuvo casi sin dormir durante los siguientes cuatro días. Edson no llegó a casa.

***

Pasaron semanas de silencio. Sonaba el teléfono y Silvia saltaba pensando que iba a oír la voz de su hijo al otro lado de la línea. Cada noche creía reconocer una bocina parecida al del carro de Edson y se asomaba a la ventana. El día a día en su casa comenzó a cambiar.

Ya no podían contar con el dinero que entraba del negocio, así que la única solución que encontraron fue dividir su casa para arrendar un apartamento y un local. La tensión la llevó a tener roces frecuentes con su esposo. Llegaba al tope de la angustia y se daba cuenta en qué momento debía salir corriendo a la iglesia a soltar allá los alaridos que tenía acumulados.

Un mes después, por fin, volvieron a aparecer. Le enviaron una carta escrita por Edson en la que le decía a su mamá que por favor hiciera algo, que pidiera rebaja, que negociara, “mamita ayúdeme, sáqueme de aquí, que me estoy volviendo loco. No quiero rezar las novenas por acá”, seguía su hijo.

La carta emocionó a Silvia: Edson estaba vivo. Pero también la llevó a pensar algo: parecía como si su hijo no supiera que ya se habían pagado los 200 millones de pesos.

–Yo le cumplí. Necesito que usted me cumpla –le dijo Silvia a Jeison en la siguiente llamada que recibió–. Usted tiene sus altos mandos en la guerrilla. Voy a hablar con su jefe a ver si esa plata no llegó.

–Pues busque. Busque que todo llega a mí –le respondió.

Esa Navidad del 2011 fue la primera sin su hijo en casa. Silvia nunca había tenido tantos motivos para llorar, a su manera. Y nadie le quitaba la idea de que el dinero que había entregado por la libertad de Edson quizá no hubiera llegado a los jefes de Jeison. En enero volvió a recibir otra prueba de vida (con la misma fórmula de la pregunta), pero no la convenció de abandonar la idea que ya tenía en mente.

***

El rumor empezó a regarse entre cierta gente de la región. Silvia Serna estaba buscando a alguien que pudiera contactarla con el comandante del frente que tenía a su hijo. Así estuvo todo enero. Una persona la llevó a otra y esta a otra hasta que, un mes después, se encontró con quien podía ayudarla. Si quería verse con el hombre al mando, tendría que tomar camino hacia la jurisdicción de Mesetas.

Silvia se fue sin avisarle a nadie, ni a su esposo. Fue un recorrido de más de cuatro horas, a pie, por un camino de herradura en medio de la cordillera. Durante el trayecto, no pidió ni una vez detenerse para descansar. Era el guía quien buscaba un reposo y se asombraba de que la mujer no diera señal de cansancio. Ella solo quería llegar, ver de frente al hombre que tenía a su hijo y preguntarle por qué no lo habían dejado en libertad.

Por fin se dio el encuentro.

Ante ella, alias ‘el Zarco’.

–Quiero saber si recibieron los 200 millones de pesos que les enviamos con Jeison –le preguntó tan pronto lo vio.

–Sí, los recibimos –dijo.

–¿Y entonces por qué mi hijo no está libre?

–Porque esa plata ya nos la gastamos. Necesitamos 300 millones de pesos más.

–No. Usted se equivocó con nosotros. No tenemos la plata que se imagina.

–Es verdad. Nos dieron mal la información. Pero él ya está acá. Tiene que pagar. De lo contrario, usted está condenando a su hijo.

Silvia hizo el camino de regreso con esa frase repitiéndose en su mente: ella condenando a su hijo, ella condenando a su hijo, como si fuera la culpable de lo que le estaba pasando a Edson. Durante el retorno le fallaron las piernas, le faltó el aire, descansó más de cinco veces. Cuando su marido se enteró de la osadía que había realizado, no paró de regañarla. Se había arriesgado mucho. Podía no haber regresado con vida a casa.

Casi un mes después de ese encuentro, el 20 de marzo de 2012, Jeison volvió a comunicarse y le preguntó si ya tenían los 300 millones que le había pedido ‘el Zarco’. La respuesta de Silvia fue exigirle que le pasara a su hijo. Quería oírlo. Desde ese día no ha vuelto a recibir una sola llamada de ellos.

En abril siguiente, cuando la guerrilla entregó a los últimos policías que supuestamente tenía en cautiverio (y anunció que no había más secuestrados), el silencio de Silvia Serna no pudo más. Habían pasado muchos meses de dolor guardado solo entre la familia y los más allegados. No había recibido de las autoridades ninguna noticia de que la investigación avanzara. Silvia salió a los medios, habló de su hijo secuestrado, inició una campaña que no se ha detenido un solo día. Ella quiere que el Secretariado de las Farc sepa su historia porque piensa que, quizá, el frente actúa de forma autónoma.

La falta de nuevas comunicaciones le da miedo. Pero prefiere pensar que es una forma de presionarlos más para que paguen. En su corazón, su hijo está vivo. En sus rezos de cada madrugada, su hijo está vivo. También está vivo en sus sueños, en los que muchas veces ha vuelto a abrazarlo.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACCIÓN EL TIEMPO

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