El juramento de un padre tras 20 años de la masacre de Mondoñedo

El juramento de un padre tras 20 años de la masacre de Mondoñedo

Alfonso Mora León, luego de la muerte de su hijo, asesinado en 1996, sigue clamando justicia.

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Desde Mondoñedo (Cundinamarca), donde murió su hijo, Alfonso pronunció unas palabras en memoria de las seis víctimas que dejó la masacre.

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Mauricio León

25 de septiembre 2016 , 02:30 a.m.

Alfonso Mora León hizo una promesa que espera cumplir antes de morir: llevar ante la justicia a los asesinos de su hijo Jenner Alfonso Mora Moncaleano. Hoy, veinte años después, repite el juramento palabra por palabra para que no quede duda:

–No habrá nada que yo deje de hacer para saber por qué me lo mataron de esa manera.

Repite la frase y se le viene esa pregunta que cada 6 y 7 de septiembre retorna con fuerza: “¿Por qué los policías mataron a mi hijo si en Colombia no hay pena de muerte?”.

Alfonso no tiene esa respuesta, pero, tras veinte años de un proceso judicial, aún no cerrado porque se investiga a otros policías, sabe lo siguiente:

El fin de semana del 6 y 7 de septiembre de 1996 un grupo de agentes de la Dijín secuestró a los estudiantes de la Universidad Distrital Jenner Alfonso Mora Moncaleano, Vladimir Zambrano Pinzón, Juan Carlos Palacios Gómez y Arquímedes Moreno Moreno. Los llevó a la hacienda Fute, ubicada en un sitio conocido como el Alto de Mondoñedo, en la vía que conduce de Mosquera a Soacha y a La Mesa (en Cundinamarca), donde fueron torturados y después asesinados con arma de fuego. Los cuerpos fueron incinerados y arrojados al relleno sanitario de Mondoñedo.

También se supo que otros policías, por las mismas fechas, en Bogotá, asesinaron a los estudiantes Federico Quesada y Martín Alonso Valdivieso Barrera, de la misma universidad. Los seis habían sido señalados por un miliciano, asesinado años después, de ser miembros de la red urbana Antonio Nariño, responsable de ataques, en 1995, a la estación de Policía de Kennedy, donde murieron tres uniformados.

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Las fotos de Jenner Alfonso ( de suéter azul) tienen un lugar especial en el hogar de sus padres, que suelen llevarlas a todas partes.

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José Albeiro Carrillo Montiel, José Ignacio Pérez Díaz y Carlos Ferlein Alfonso Pineda fueron sentenciados, el 31 de enero del 2003, cada uno, a 40 años. El capitán Héctor Édisson Castro, por los mismos estudiantes, fue sentenciado a 40 años en diciembre del 2013. Otros seis uniformados son investigados en un juicio que se espera reanudar este mes.–¿Por qué si la Policía sospechaba que eran guerrilleros no los procesó? Si son responsables de la muerte de esos jóvenes, pues que sean procesados según el Código Penal. Pero que se les respete el debido proceso, que no se le respetó a mi hijo. Eso es lo que me diferencia de ellos.

***

Recordar... cada día es más difícil para Alfonso recordar. Con casi 80 años, su memoria no es la mejor, olvida citas médicas y tiene que anotar las cosas, “a veces entro a una habitación y no me acuerdo de lo que iba a hacer”, dice. Pero cuando habla de su hijo, del caso Mondoñedo o de su hambre de justicia, su mente se esclarece.

–Una vez caminábamos los dos por la antigua calle del ‘Cartucho’ y mi hijo me preguntó por qué los habitantes de la calle vivían así. “Por qué no los ayudamos, papá”, me decía. Todo el tiempo llevaba a la casa perros que recogía. Siempre creyó que había que ayudar a los demás.

La imagen de ese hijo acompaña a sus padres desde las fotografías que adornan la casa. En una, que Alfonso lleva consigo a todas partes, se ve a un joven vestido de blanco que sonríe y los abraza. La foto principal del comedor lo muestra junto a su novia, ella sonriéndole a la cámara.

Cuatro imágenes más que Dolores Moncaleano, su mamá, se niega a ver muestran al mismo joven con el cuerpo calcinado, sin manos, sobre un mesón de baldosas blancas.

Son el recordatorio de la promesa de Alfonso:

–Así fue como lo encontré en la morgue de Mosquera. De inmediato pensé que tenía que fotografiarlo como una prueba. ¡El mundo tenía que saber de esto! Hoy no pido prisión perpetua ni que los culpables se pudran en la cárcel. Ojalá los policías puedan acogerse a la justicia transicional y salir en libertad. Solo quiero que aprendan que este dolor no lo merece nadie.

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Antes hubo otra promesa: permanecer sobrio. Alfonso fue alcohólico durante varios años de su vida, pero tras un suicidio fallido en 1989 controla su adicción. “De lo contrario, por la desesperación, habría matado a alguien”, dice.
Tras la muerte de su hijo, y sin licor en la cabeza, se fijó el objetivo de indagar por los responsables. Preguntó por el caso hasta que en noviembre de 1996, un hombre que se identificó como policía lo abordó en el centro de Bogotá.

–Me dio detalles de cómo había sido la operación y me hizo prometerle que no revelara su identidad.

Esa curiosidad pronto fue reemplazada por el miedo. Luego de esos encuentros comenzó a recibir en su casa amenazas de muerte contra él y su familia.

Al principio trató de evadir esos mensajes, pero en 1998 no aguantó más. Solicitó asilo como refugiado en España para él y su esposa. Allí vivió hasta el 2007. Regresó al país con la ciudadanía española y un problema de azúcar que su esposa aún le recrimina.

Pero algo había cambiado durante su exilio: William Chitiva, uno de los policías investigados, confesó a la Fiscalía lo que sabía.

La declaración, que precisa responsables y métodos, fue pieza fundamental para reabrir el caso.
En la confesión, fechada el 3 de agosto del 2001, se lee: “Pido se me brinde protección mientras se esclarecen los hechos (...) les pido excusas a los familiares de las víctimas. Yo no soy ningún criminal”.–Fue gracias a Chitiva que la justicia investigó. Pero lo mataron vilmente, junto a sus hijos, en 2007. Dígame, ¿quién investiga eso?

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Alfonso Mora y Dolores Moncaleano llevan 50 años casados. Las amenazas de muerte y el exilio no lograron separarlos.

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Alfonso Mora León hizo parte de la primera comisión de 12 víctimas que en agosto de 2014 viajó a La Habana (Cuba). Fue la primera vez en el conflicto armado que la guerrilla y el Estado confrontaron a sus víctimas.
–Había gente con el mismo dolor que exigía una reparación. Yo solo pedí que se depure la Policía para que lo que me pasó no se repita.

La prensa solo describió como un suboficial retirado del Ejército, padre de un guerrillero asesinado por policías. No mencionaron que había perseguido a las guerrillas del Tolima en 1957 ni que se retiró porque se negó a cumplir la orden de matar a un soldado por robar comida.

No se dijo que había sido profesor y que desde joven fue militante de izquierda, primero en el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), luego en sindicatos.

Asímismo, se ha calificado de guerrilleros a las víctimas de Mondoñedo, a pesar de que, por lo menos, para la familia de Jenner, eso no ha sido confirmado.

–Yo era de izquierda, pero mis hijos son libres de pensar como quieran. A Jenner, el menor de los tres, nunca le enseñé que con las armas podían defender ideas.

Durante el viaje a La Habana, habló brevemente con Carlos Julián Gallo, conocido como ‘Antonio Lozada’, miembro del secretariado de las Farc y del frente Antonio Nariño.

Él le propuso un encuentro cuando terminaran los diálogos. La cita, que no se ha producido, lo mantiene en la incertidumbre. Alfonso quiere saber si su hijo hacía parte de las Farc.

–Dijo que Jenner fue una gran persona y no sé cómo interpretarlo, porque él nunca me confirmó nada. Solo dijo que lo habían señalado y que su vida corría peligro.

***

La vía al relleno sanitario de Mondoñedo está rodeada de montañas de páramo, algunas erosionadas. En los años 70 al lugar se le rebautizó como el desierto de Zabriskie, por una película homónima del director Michelangelo Antonioni. Es una ruta frecuentado por ciclistas y por camiones de basura de otras partes de Cundinamarca.

Camina procurando no resbalar. Es la primera vez en 20 años que visita el último sitio donde estuvo Jenner. Habla poco. Dice que piensa en el miedo que debió sentir su hijo, en la eternidad que tuvieron sus captores para hacerle daño. Su hijo y su promesa.

Camina por los filos de los cerros. Observa con la calma de alguien que hace un mapa mental. El viento frío pegándole en el rostro.

–Me imaginaba que era un lugar triste, pero me place saber que el paisaje que vio Jenner fue hermoso.

DAVID ARANGO
Redactor ELTIEMPO.COM
En Twitter: @ArangoDavidG

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