Perdono, pero no olvido: víctimas de Farc en Neiva reviven su tragedia

Perdono, pero no olvido: víctimas de Farc en Neiva reviven su tragedia

En reportaje de Salud Hernández-Mora, relato del secuestro en el edificio Miraflores, en el 2001.

fg

A la derecha, Polanco, 7 años plagiada por las Farc, aún vive en Miraflores. A la izquiera, Nancy Ángel con su hijo, Andrés Ricardo, al poco tiempo de ser liberada.

Foto:

Archivo particular

02 de agosto 2016 , 08:34 a.m.

El plan era perfecto. Lo había preparado ‘El Paisa’, comandante de la Teófilo Forero, con la meticulosidad de un relojero suizo. El asalto al edificio residencial más emblemático de Neiva y el secuestro de diez vecinos duraría 21 minutos. Tiempo suficiente para arrancarlos de sus casas, meterlos en dos camiones, cruzar la ciudad a toda velocidad hasta la vereda El Triunfo. De allí a la zona de distensión, un suspiro. Sería el primer gran golpe de las Farc en el corazón de una ciudad.

Cuatro meses antes, había infiltrado a Ricardo Falla, un hombre discreto, de mediana edad, quien arrendó el apartamento 701 del Torres de Miraflores y presentó a la guerrillera encargada de hacer inteligencia a los futuros secuestrados como su empleada del servicio. El listado de diez objetivos la encabezaba Jaime Lozada, senador de la República. El botín sería multimillonario.

La fecha y la hora escogidas para dar el golpe estaban bien calculadas. Noche del 26 de julio, en los últimos compases del partido Colombia vs. Honduras de la Copa América. El país estaría pendiente de la selección y cualquier detonación explosiva quedaría ahogada por los estruendos de los voladores y la algarabía callejera tras el previsible triunfo.

Gloria Polanco apagó la luz después de contar un cuento a Danielito, su hijo menor, de 5 años, que dormía esa noche con ella. Su esposo, Jaime Lozada, le había avisado que se quedaba en Bogotá. Los otros dos hijos del matrimonio, Pipe, de 17, y Tatán, de 15 años, descansaban en otro dormitorio.

Unos golpes duros en la puerta la sobresaltaron. Prendió la luz, salió de la cama y fue a la entrada.
–¿Quién es?
–¡Abran!
–¿Por qué da esos golpes? ¿Quién es?
–¡Abra ya!

Corrió al citófono para alertar al celador. “¡Nos van a matar aquí, yo estoy sola con los niños!”. Al otro lado de la línea nadie respondió. Seguían resonando los golpes, cada vez más intensos. Pipe y Tatán se asomaron al pasillo para saber qué ocurría.

–Váyanse a la cama, mis amores –suplicó al verlos.
–¡Abra, granhijoeputa! –gritó una voz enfurecida, y con la cacha del fusil rompió una cristalera que adornaba la puerta. Y al instante detonó un explosivo.

Gloria corrió al citófono de nuevo. “¡Cuelga eso, granhijoeputa!”. El que antes gritaba, le arrebató el auricular con rabia y la empujó hacia la salida.

–¿Por qué tratan tan mal a mi mamá? –preguntó Tatán.
–¡Cállese la boca, gran chino hijoueputa! –respondió el hombre, con uniforme y distintivo de la Policía.
–No le hagan nada a mis hijos –imploró Gloria. Se sentía impotente, sola, rodeada de hombres armados.
–¿Dónde está su marido? –inquirió uno.
–No está.
–¿Cómo que no está, granhijoeputa, si ellos llegan los jueves?
–Está en Bogotá.
–Venimos a llevarlos a ustedes por un problema en la Defensoría. No les vamos a hacer nada, ¿no ve que somos de la Policía? –y mostró el distintivo.
–No abran más la boca. Vamos.

Los dos chicos se tranquilizaron, pero Gloria sabía que eran delincuentes. Sobre todo cuando no le permitieron despedirse de Danielito ni cambiarse de ropa. Ella en pijama, con zapatillas; sus hijos descalzos, en bóxer.

Descendieron los doce pisos a trompicones. Oían disparos, detonaciones, les escupían “granhijoeputas” cada vez que tropezaban.

Cinco pisos más arriba, Carmenza Bríñez se despertó al escuchar dos explosiones. Dejó su habitación y se encontró frente a frente con dos hombres que le apuntaban con fusiles. Una fuerte humareda impedía verlos con nitidez.

Junto a Aníbal, su esposo, y sus dos hijos adolescentes, Felipe y Natalia, empezaron a descender por las escaleras, amenazados por los uniformados. En medio de la confusión, Carmenza se volvió a uno de los armados.

–Tengo un niño pequeño acostado. ¿Puedo ir por él?

Aún hoy día no entiende por qué permitieron que regresara a su apartamento, para qué hicieron que su hijo fuera testigo de los sucesos de esa espantosa noche. Solo tenía cinco años y pudo seguir durmiendo, ajeno al primer capítulo de un horror que se prolongaría varios años. Ya llevaban suficientes escudos humanos.

Voló por las escaleras con su bebé apretado contra su pecho. Sentía el corazón de su pequeño desbocado, temblando de miedo.

Sin embargo, a Andrés Ricardo no lo despertaron. Su mamá leía en la terraza. Su papá, Ricardo Gómez, no había llegado.

–No se preocupe que el niño quedó sentado en la cama –contestaron a Nancy Ángel cuando preguntó por él a los guerrilleros que irrumpieron en su apartamento. La sacaron en pijama, descalza, acosándola con un fusil.

“La imagen que aún hoy conservo y que me persiguió durante los 19 meses de mi secuestro es mi hijo sentado en la cama, indefenso, solo, desprotegido. Siempre dormía entre Ricardo y yo, le llamábamos between”, rememora Nancy, magistrada auxiliar del Consejo de Estado.

En minutos, los quince secuestrados estaban embutidos en las bancas de dos camiones, custodiados por guerrilleros disfrazados de policías.

–Suelten a nuestros amigos. ¿Por qué se los llevan? –quisieron saber unos amigos de Pipe y Tatán, al verlos abordar los vehículos. Les respondieron con disparos al andén para espantarlos.

Desde el edificio colindante, varias personas marcaron a la Policía, al Ejército, alertados por lo que estaba ocurriendo. “Se están tomando Miraflores”, advirtieron.

Los camiones arrancaron. “‘El Paisa’, ¿dónde está ‘El Paisa’?”, preguntó un guerrillero. El cerebro de la operación debió abordar un taxi y alcanzarlos. Se había quedado descolgado. En minutos atravesaron las calles que iban llenándose de aficionados agitando banderas, haciendo sonar las bocinas, felices por la victoria.

Salieron de Neiva y alcanzaron la vía destapada de la vereda El Triunfo. Roberto Silva, entonces presidente de la Junta de Acción Comunal, los vio pasar. Le sorprendió “lo embalados que iban los camiones” y la hora tardía, inusual para la compañía avícola que quedaba más arriba, la única cuyos vehículos circulaban a diario por la carretera que moría en las montañas, a la entrada del Caguán, en plena zona roja. Pero no sospechó nada.

Un par de kilómetros más adelante se detuvieron. Habían pasado 40 minutos, el doble de lo previsto.
Atemorizados, en silencio, tragándose las lágrimas, los siete niños y ocho adultos secuestrados se encontraron en un descampado desde el que se divisaban las luces de Neiva, rodeados de guerrilleros.

“Buenas noches, les queremos decir que ustedes han sido retenidos por las Farc”, anunció uno de los secuestradores. A continuación, leyó en voz alta una lista de nombres. Era distinta a la original, debieron cambiarla sobre la marcha.

No figuraba un directivo de la petrolera Hocol, que había viajado a Bogotá, ni un prestigioso médico, que logró esconderse, ni el esposo de Nancy, ni el senador Lozada ni un ingeniero civil que ya había logrado salvarse de otros intentos de secuestro.

“Gloria Polanco de Lozada”. Gloria levantó la mano. Sus hijos la abrazaban. Pidió que no se los llevaran, pero los guerrilleros ordenaron seguir a los tres. Luego, llamaron a Aníbal Rodríguez, Nancy Ángel, Tulio Gutiérrez, Albertano Valencia, Jaime Bríñez.

Carmenza vio partir a su esposo, y a su hija Natalia, ir tras él. Pensó en unirse a ellos y compartir el suplicio, pero giró la cabeza y se encontró con la mirada angustiada de su pequeño Aníbal y de Felipe. No podía abandonarlos, dejarlos sin papás. En los tres años y tres meses que tardó en reunir el dinero del rescate de su hermano Jaime, de Aníbal y Natalia, para que los liberaran, nunca pudo borrar de su mente la imagen de aquel instante. En un lado su hija, en el otro, los dos chicos y ella en la mitad, decidiendo qué camino tomar. Retornó al Miraflores con sus hijos varones, su cuñada y dos sobrinos.

Los demás emprendieron la tortuosa marcha en la oscuridad, unos descalzos, otros con botas prestadas. A Gloria le dieron un caballo pero lo rechazó para que subieran a un guerrillero herido de bala. Al día siguiente, sumidos en la tristeza y la zozobra, entraban al santuario guerrillero del Caguán.

Algunos vieron a ‘Joaquín Gómez’, jefe del bloque Sur, llegar al lugar donde estaban y felicitar a ‘El Paisa’. Para las Farc fue una hazaña.

El presente

Han transcurrido quince años desde aquella fecha y aún les duele recordar. “Perdono pero no olvido”, dice el senador Jaime Felipe Lozada o Pipe. Cuando está en Neiva se queda en el apartamento de su mamá, en Miraflores. Ha seguido su vida e intenta cerrar las heridas: el asesinato de su papá en un atentado de las Farc, los siete años de cautiverio de su madre, su propio rapto y el de su hermano; demasiadas tragedias que empezaron con el secuestro masivo del 2001.

“Si nosotros hubiésemos sido la única familia destrozada por las Farc, vaya y venga. Pero fue toda una ciudad, una región, la que fue secuestrada, desplazada. Infundieron miedo permanente a la sociedad, que sentía pavor de caminar las calles, por el simple hecho de que se les antojaba amedrentarla”, rememora. No espera que ‘El Paisa’ les pida perdón ni se arrepienta, y no le importaría encontrárselo en campaña y medirse, a ver si logra algo sin armas. “Pero no aceptan eso, todo lo quieren gratis”, apostilla.

Precisamente, la imagen del jefe de la Teófilo Forero en La Habana removió los sentimientos de varias víctimas, como Natalia Rodríguez.

“En mí siempre han primado los buenos recuerdos de infancia con mi familia, aunque el secuestro me dejó una marca de por vida, es algo de lo que no puedes escapar”, dice con serenidad. Se siente feliz con su vida, está casada y trabaja con su papá, empresario y presidente de Camacol. “Yo sueño con la paz, no guardo rencor, pero cuando vi la foto se me saltaron las lágrimas, nada me afectó tanto en mucho tiempo. ‘El Paisa’ fue la persona que nos sacó del edificio y ese secuestro sembró el pánico en Neiva: mucha gente se desplazó por el miedo a que le pasara lo mismo”.

Miraflores, sin duda, será uno de los casos representativos para medir la voluntad de las Farc de confesar sus crímenes y pedir perdón.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
Para EL TIEMPO

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA