Bióloga denuncia la agresión sexual que sufrió en Bolívar

Bióloga denuncia la agresión sexual que sufrió en Bolívar

Isabel Díaz Granados decidió relatar la violación de la que fue víctima hace un año.

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El 22 de agosto del 2015 se realizó en El Salado el primer retorno simbólico en el país, como homenaje a las víctimas de violencia sexual.

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Archivo / EL TIEMPO

04 de septiembre 2016 , 02:04 p.m.

He evitado escribir esto durante mucho tiempo. Tanto como para sentirme culpable por no haberlo hecho antes, pero no lo suficiente para sentir que lo hago con las heridas cerradas. Sin embargo, quedarse en silencio hace más daño y para sanar quiero gritarlo. Por eso lo escribo. Para que otros me lean. Para que me escuchen. Para asegurarme de que esa noche no desaparecí en la oscuridad.

Soy bióloga, egresada de la Universidad de Antioquia. Durante mi formación me dediqué a estudiar el comportamiento, la ecología y la diversidad de los anfibios y reptiles colombianos, es decir, las tortugas, lagartos, serpientes y ranas de nuestros bosques. Como bióloga, mi trabajo implicaba ir a campo, zonas de bosque, humedales y quebradas a buscar estos animales. Este trabajo además debía ser casi siempre en la noche, que es el momento en el que son activas la mayoría de las especies.

El 13 de julio del 2015, hace ya un año, mientras hacía mi trabajo en una hacienda en Santa Rosa de Lima, Bolívar, a una hora de Cartagena, se acercaron cuatro hombres armados y encapuchados y dos de ellos me violaron. Estaba haciendo un trabajo de consultoría, un estudio de impacto ambiental. Estaba con dos guías y una compañera de trabajo. El asunto es que, además de todo lo doloroso que ha sido como mujer lidiar con todo esto y lo que implica emocionalmente, está el hecho de que esto ocurrió en ejercicio de mi profesión, en un país donde el trabajo de los consultores (los que tenemos contratos por prestación de servicios) en general y de los que trabajamos en campo en particular es irrespetado permanentemente y para muchos fuera del gremio es equivalente a irse de paseo.

Se ve entonces que en muchas empresas no se garantiza la seguridad de los consultores (al menos en mi caso yo tenía cobertura de ARL y salud, pero no es el común denominador), y muchas veces no se hace un análisis serio de las condiciones sociopolíticas de los sitios donde se hacen estudios de impacto ambiental para obras civiles o de otro tipo.

Yo sé esto porque mi hermano mayor es antropólogo y también es consultor, y ha hecho ese tipo de análisis, que ahora con mi experiencia sé que son vitales para garantizar la seguridad de quienes trabajamos en esto, pero que legalmente las empresas no están en la obligación de realizar. Cualquiera de mis compañeros en campo puede contar de un “susto” que ha tenido, yo puedo contar algo más que un susto, puedo contar sobre el miedo que se me quedó pegado y no me deja desde esa noche.

Puedo contar sobre la ansiedad en la boca del estómago, la sensación de estar en carne viva, el miedo de ser mirada y al mismo tiempo la angustia de sentirme invisible.

Eran las seis y media de la tarde y estábamos con dos personas que conocían la finca, nos sentíamos seguras porque estábamos acompañadas, en propiedad privada y ejerciendo lo que estudiamos, en un trabajo en el que ambas tenemos años de experiencia. Pero lo que nunca imaginamos que nos iba a pasar ocurrió. Y nos cambió la vida de una forma que jamás creímos que podía pasar.

El problema de las violaciones es que no es un episodio que se detiene cuando te vas o cuando el violador se va, es algo que te taladra la cabeza todos los días. En mi caso, que decidí contarles a mi familia, mi novio y mis colegas, es un tema que en cierto momento domina tu vida. Esos primeros días todo giraba alrededor de lo que me hicieron, del peligro que corren mis compañeras que también son biólogas, del peligro que corre cualquiera que trabaje en campo y cuya seguridad no se garantice. Solo puedo hablar de mí y de lo que yo he sentido, pero todos a mi alrededor de alguna manera se han sentido sacudidos con esta historia.

Mis profesores me dicen que es como si eso le hubiera pasado a una hija. Mis compañeros no saben qué decir, porque hemos hecho ese trabajo tantas veces que en realidad pudo haber sido cualquiera. A mis hermanos los veo otra vez llorar, como no los veía desde que éramos niños. Mi mamá y mi papá se balancean entre la rabia y la tristeza, porque le hicieron daño a su única hija mujer.

Han pasado ya varios meses. La vida, mal que bien, ha recuperado un poco de su equilibrio. Pero aún recuerdo la noche en la Fiscalía y en Medicina Legal. Aún veo las siluetas de los hombres que me violaron cuando me voy a dormir. Aún tengo ataques de ansiedad y el llanto. Tengo miedo de estar sola y siento una necesidad paralizante de que alguien me acompañe todo el tiempo.

Aún tengo miedo de ir a campo, y por eso estoy desempleada, porque es lo único en lo que tengo experiencia, y ya no lo puedo hacer. Tengo la carga de volver a empezar de cero, la tristeza de no volver a trabajar en algo que había elegido para ser mi profesión, que hacía con pasión y curiosidad. Ahora solo pensar en ir a campo me causa un sentimiento que es la antesala a un ataque de pánico.

Aún siento un nudo en el estómago cuando mis colegas van a salir a campo, y siempre les pido que se cuiden, que miren si las condiciones de trabajo son seguras, y que por un trabajo no vale la pena arriesgar tanto. Aún lloro, de rabia, de tristeza, de miedo y de impotencia; y estoy segura de que lo haré durante mucho tiempo.

Busco en internet noticias sobre Santa Rosa de Lima. Hay una noticia del 16 de enero del 2016, en la que dice que hubo cuatro violaciones más en diciembre. Vuelvo a llorar de rabia y de tristeza. Lloro como llevo meses llorando. Lloro porque sé del miedo que sienten esas mujeres. Porque yo también fui violada por los mismos que las violaron a ellas.

Pero no todo es tragedia. He aprendido una palabra nueva: resiliencia.

Hay días que son más fáciles que otros y puedo pensar en recuperarme, puedo volver a ser la chica alegre, curiosa y estudiosa que he sido siempre. Los días pasan y sonrío más. Me sorprendo con mi capacidad de curarme, de recuperar mi amor perdido, mi habilidad para hablar cada día más tranquilamente de lo que pasó esa noche. Saber que ese momento de mi vida, si bien me afecta, y si bien ha causado cosas en mí, no me define.

No soy solo una mujer violada, una estadística, una víctima más de la violencia de este país. Soy una mujer que estudia, que ama, que ríe, que canta aunque no sepa cantar, que aprende a bailar salsa y que les dedica tiempo a sus plantas. No voy a decir que ser violada me enseñó algo.

Es una falta de respeto pensar eso. Uno no aprende nada. Pero sí puedo decir que aunque lloro, siento miedo y me dan ataques de pánico, no me quitaron nada. Todos los pedazos de mí están ahí, en desorden y adoloridos, pero con la disposición de volver a ser. Aunque llore leyendo las noticias.

EL TIEMPO@jbedoyalima

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