Así es vivir siete días en medio de la coca

Así es vivir siete días en medio de la coca

La periodista Fabiola Ferrero estuvo en Zabaleta, Caquetá, junto a una familia que vive de la coca.

Raspachines de coca

Los raspachines, como se denomina a los trabajadores que cortan las hojas de la mata de coca con sus manos, se dividen el campo del sembrado por zonas y cada zona, por líneas.

Foto:

Fabiola Ferrero

11 de noviembre 2017 , 11:21 p.m.

Será una semana de mucha coca, o al menos esa era la promesa. Llegué a Florencia para hospedarme por unos días en la casa de Didier, líder de la comunidad de Zabaleta, y su hija, Anyelis (…).

Llevo dos cámaras instantáneas con las que pretendo retratar el intermedio de un país en conflicto y uno en posconflicto. Llevo también una libreta con hojas blancas y marcadores. En ellas irán los dibujos que harán los campesinos y sus familias para explicarme, con sus ideas, cómo han vivido el conflicto.

—¿Te puedo dibujar una mina?

Anyelis tiene 7 años y ya las reconoce y las sabe trazar en una hoja. El explosivo es más grande que el hombre desproporcionado dibujado a su lado (en la vida real una mina antipersonal es casi imposible de detectar). Lo aprendió en la escuela y sabe también que si ve una verdadera, debe alejarse. Las cifras de la Dirección para la Acción Integral contra Minas Antipersonal (Descontamina Colombia) dicen que más de 11.000 personas han sido víctimas de minas antipersonal en los últimos 20 años, mil de ellas en el departamento donde vive Anyelis: Caquetá.

Le recibo el dibujo que hizo pequeñito en la hoja tamaño carta. La felicito por sus habilidades con el marcador. La niña es morena, su nariz y sus labios son gruesos. Siempre la vi con ‘shorts’ de ‘jean’. Tenía una picada de arador en el pie, infectada por rascarse tanto. Anyelis es también la nieta de Ariel, un cocalero de Zabaleta, dueño de la casita de concreto donde vive con su papá y su mamá. Antes de salir me habían informado que la recolección de coca estaba detenida por las lluvias. Pero que igual los visitara, que había mucho por ver en los campos. Y advertían: “Traiga repelente” (…).

Vine desde San José del Fragua hasta Zabaleta en la parte trasera de una moto con un bolso al frente, con las cámaras, y otro en mi espalda, con algo de ropa. Son unos 45 minutos de equilibrio forzado.

Zabaleta es parecido a lo que imaginaba: un pueblo de pocas calles de polvo y gente asomada en las puertas de las casas. Hay burros y caballos estacionados en uno que otro árbol, y la mayoría de los habitantes lleva botas negras de hule. Es el calzado por excelencia de la ruralidad colombiana. El pueblo queda a unos 45 minutos de San José del Fragua, en el departamento de Caquetá, en el sur del país. La promesa es que me enseñarán cómo producen pasta de coca y me explicarán sus razones para hacerlo (…). El cielo está gris oscuro y el aire parece más bien vapor. El cuerpo chorrea sudor y los pantalones largos se vuelven pegajosos (…).

De inmediato me llevan a mi habitación, que es la de Didier. Me ofrece su cama rodeada de una tela para controlar los mosquitos mientras él arma una tienda para dormir en la sala. Me pregunta si hay algo que no como, respondo que carne de res, pero que hago excepciones. El olor a cachama frita ya impregna la casita de concreto donde estoy hospedada (…).

Empecé por mi situación económica. Había mucha pobreza. En ese año, la coca estaba a buen precio y los insumos químicos eran baratos

Antes del almuerzo me aclaran que es mejor que compre agua. Que ellos toman de río y no hay problema, pero un extranjero puede pasar un mal rato bebiendo lo mismo que ellos. El agua potable viene en bolsitas, como suele suceder en las zonas más retiradas del país (…). Le rompo una esquina con los dientes, la aprieto y siento el chorro como un hilito frío que me calma la sed con una lentitud desesperante. Las manos de mis compañeros de mesa ya están llenas de aceite y espinas de pescado (…). La mesa no tiene adornos, solo a los comensales a su alrededor en sillas blancas de plástico. La bolsita de agua potable queda por fin dentro de una taza (…). Ariel remoja un pedazo de pan en un pocillo con café y comienza a enumerar las razones por las que empezó a sembrar coca, en el año 1998:

—Empecé por mi situación económica. Había mucha pobreza. En ese año, la coca estaba a buen precio y los insumos químicos eran baratos. Tampoco resulta tan peligroso.

Luego de un largo silencio, le pido que dibuje el proceso en una de las hojas que traje. Lo duda, pide ayuda a su esposa, que va haciendo los trazos que él le indica. Va enumerando los envases de químicos y de vez en cuando toma el marcador y corrige por su cuenta. El campesino lleva el calor de Zabaleta en pequeñas gotas de sudor que le mojan las patillas y la frente (…).

Dicen que la coca es todo para Zabaleta. Aquí no se consume el alcaloide, solo se siembra la planta. Las bolsitas de polvo blanco, tan populares en países europeos, no se ven usualmente en poblados campesinos. Más de 247 millones de personas en el mundo consumieron algún tipo de droga en el año 2015, según el Informe Mundial sobre Drogas 2016 de la ONU, con un aumento desde el 2010 en el consumo de cocaína (…).

Anyelis mira mucho y habla poco. Su abuela igual. Las palabras aquí parecen ser más un asunto de los hombres. De vez en cuando, sin embargo, interviene para hacer alguna pregunta o comentar cuánto sabe del trabajo de su abuelo. Ella también es mi guía. Por las calles de su pueblo me va llevando a las casas a las que por invitación de su padre tengo permiso de entrar. Cualquiera podría hacerlo, porque las puertas en Zabaleta parecen ser relativas: están casi todas abiertas. Pero siempre hay, en alguna silla de la calle, un vecino vigilante.

Ahí conocí a Fabio Cadenas, un campesino que se dedica a sembrar coca desde hace 15 años. Vive en una casa de madera donde se cuela la luz de la tarde por los espacios entre las tablas y el ruido de los animales que tiene en su patio. Me habla de sus razones, que son parecidas a las de Ariel, y compara lo fácil de cargar varios kilos de hoja de coca con lo engorroso de transportar cualquier otro producto.

—Aquí no tengo que transportar nada. Vienen por ella.

—¿Y quiénes la compran?

—Ah, no se sabe. Anónimos. Como vienen, se van (…).

El campo de Ariel tiene una parte más marrón que verde, donde retoños de plantas aún están empezando a crecer. Tardarán unos tres meses en estar listas para usar sus hojas. La segunda sección ya está lista para los raspachines (…). Las plantas están dispuestas en líneas, y entre cada línea un hombre escoge las que va a trabajar ese día. Se dividen el campo por zonas y cada quien expande su manta de plástico, se pone unas ramas entre las piernas y empieza a raspar las que quedan libres.

Un par de horas más tarde, a eso de las 10, hacen la pausa para comer. El desayuno de los raspachines parece más bien un almuerzo y suelen repetir ración. De postre, chocolate caliente donde remojan el pan dulce. Dos tazas, por supuesto. Hay una mesa, pero pocos la usan. Prefieren comer sentados en el piso de la casa de madera.

En los campos de Colombia, el sudor en la cara y la tierra en las manos son marcas de trabajo. Las botas de hule cocinan a fuego lento los pies, pero protegen contra el barro y los aradores. Aradores y culebras. La mujer interrumpe su faena para inspeccionar a su hija. Hace un gesto como si le pellizcara una espinilla y deposita lo que sale en una servilleta:

—¿Ve ese punto rojo? —me pregunta.

No lo veo, pero asiento como que sí.

—Bueno, ese es el arador.

Es un ácaro que se ve en la piel como un mínimo punto rojo. El repelente se aplica por encima de mi ropa. Los aradores se pegan sobre todo a las pieles sudadas, y si es extranjero, dicen, peor aún (…). Los raspachines trabajan en lo suyo sin protección alguna. Al terminar descansan echados en el suelo de la casa de madera (…).

El cielo empieza a nublarse de nuevo. Llevo cerca de una semana aquí, esperando el día en que se pudiese trabajar en el campo. Pero ahora no hay suficientes hojas para hacer la pasta y yo estoy por partir. Paseamos por los alrededores del sembradío, donde están los laboratorios. Después de que se recogen las hojas entran a estas casas de madera. No son nada estrafalarias.

Hay que hacer los laboratorios con material barato —me explican— porque siempre los destruyen

—Hay que hacer los laboratorios con material barato —me explican— porque siempre los destruyen (…).

Me ilustran el proceso usando la imaginación, porque no hay trabajadores procesando. Alrededor se encuentran varios envases de plástico y olor a gasolina. Las hojas se pican con una máquina, se maceran con una libra de cemento por arroba (25 libras). Se agrega también ácido sulfúrico y soda cáustica. Cuando venden la pasta, reciben alrededor de 1.700 pesos por gramo. Si vendieran solo las hojas, cobrarían alrededor de 3.000 pesos (un dólar) por kilo. Pero convertida en polvo cuesta más de 1.600 dólares por kilo (…).

El regreso a casa incluye todos los medios de transporte posibles: canoa para cruzar el río Zabaleta, moto para llegar a San José del Fragua, taxi hasta Florencia, otro para el aeropuerto, avión hasta Bogotá. El picor continúa días después. Se ha vuelto incesante, como la lluvia (…).

En una sala gris, horas después, un médico venezolano inspecciona mis piernas llenas de puntos rosados. Habla de dengue o de zika o de chikunguña, aunque ninguna de mis picadas parece de zancudo. Toca examinar. Sale del consultorio. Me pregunto si la picada de Anyelis sigue infectada.

FABIOLA FERRERO
Revista Donjuán@fabiolaferrero

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA