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Antiguo 'raspachín' de coca ahora se dedica a erradicar esos cultivos

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De curtido 'raspachín' a avezado erradicador

Cuando Miguel Sepúlveda sembraba matas de coca en Caquetá, las Farc reclutaron a su hijo mayor.

Miguel Ángel Sepúlveda no recuerda con exactitud la fecha en que armó maletas y con sus hijos y su esposa dejó La Tebaida (Quindío) para ir a raspar hoja de coca. Solo sabe que en 1999, cuando ocurrió el terremoto del Eje Cafetero, ya llevaba un par de años en Milán (Caquetá), a donde llegó siguiendo los pasos de su hermano para hacerse unos pesos.

Lo que sí está bien grabado en su memoria es que en la mañana del primero de junio del 2001 las Farc se llevaron al mayor de sus tres hijos, Dúber, de las calles del pueblo de San Antonio. Once años después, con la foto de su muchacho en la mano, Sepúlveda recuerda cómo la coca le dio la plata que tanto anhelaba, pero le arrebató a su hijo, de cuya suerte no tiene idea.

Este hombre, que ahora trabaja con los Grupos Móviles de Erradicación del Programa Presidencial contra los Cultivos Ilícitos, cuenta el principio y el fin de su pesadilla. Recuerda que lo primero que hizo en Milán fue aprender lo que la mayoría del pueblo hacía: raspar hoja de coca, actividad que le dejó las marcas que aún lleva en sus gruesos dedos.

Luego, la ambición lo llevó a dar un paso más en el negocio del narcotráfico: consiguió una motosierra y se dedicó a cortar madera para construir laboratorios de procesamiento en la vereda Malvinas. Más tarde, le propusieron "tumbar dos hectáreas" para montar un cultivo y su propio laboratorio. Aprendió rápido, desde cómo crece la mata de coca hasta cómo alguien se hace adicto a la cocaína.

"Eso no es difícil. Se le echa cementico, se pica con una guadaña y se pisa; eso se llama macerar. Luego se echa la gasolina y después se empaca", resume Sepúlveda, quien asegura que sigue trabajando para enderezar sus malos pasos.

Para esa época, a finales de los 90, los cultivos superaban las 20.000 hectáreas en Caquetá (hoy no sobrepasan las 3.000). En ese momento, este hombre consideraba que su vida estaba pasando por un buen momento. Dúber estaba junto a él -alcanzó a aprender a raspar- y cada tres meses se echaba al bolsillo hasta cinco millones de pesos vendiendo base de cocaína.

El negocio se puso tan bueno que las Farc se apoderaron de él e impusieron las reglas. "A medida que fue aumentando (la venta), se vinieron las marchas campesinas (1996), y desde entonces la guerrilla cogió ese camino. Las compras ya no las hacía la gente común y corriente (narcotraficantes), sino que eran ellos los compradores, los que fijaban el precio", dice el erradicador, cuya apariencia sigue siendo joven y fuerte.

"Levantaban la harinita y se demoraban tres y hasta cuatro meses pa' pagarla (...). El que no se uniera a ellos le tocaba irse o lo mataban". Esa era la sentencia.

El control era total. A cada cultivador de cocaína le entregaban un 'tiquecito' con la firma del comandante del frente 15. Con ese papel, reclamaban los insumos para asegurar el procesamiento de la cocaína, que era pesada rigurosamente. Intentar sacar "unos granitos" para venderlos en Florencia, dice, era asegurarse la muerte.

De vuelta a su tierra natal

Las amenazas, que se hicieron diarias, lo llevaron a armar maletas de nuevo para salir al pueblo más cercano. Pensaba aislarse un tiempo, mientras todo volvía a la "antigua tranquilidad". Así llegó a San Antonio de Getuchá para trabajar como mecánico en un taller de motos, la misma profesión con la que se ganaba la vida en La Tebaida.

Mientras esperaba a que llegara la tranquilidad -algo que nunca ocurrió-, las Farc se llevaron a su hijo Dúber cuando jugaba trompo en las calles del pueblo. "Ese día no se me olvida. Se lo llevaron y desde ese momento no hemos vuelto a saber nada de él. Ahora no sé si sigue vivo, si se habrá muerto. Nada", dice Miguel Ángel, y hace una pausa mirando al piso.

"Lo mandé por una leche, él me la trajo y me dijo: 'Me voy a jugar'. Llegó el mediodía y nada que aparecía. Entonces, una señora apareció gritando: '¡Se acabaron de llevar a unos muchachos! ¡Los reclutaron! ¡Se los llevó la guerrilla!' ", recuerda, y señala una foto en sepia de su hijo. Tenía 15 años cuando fue reclutado.

Si bien su familia quería abandonar el pueblo por temor a que la guerrilla se llevara a su otro hijo, Miguel Ángel decidió quedarse para esperar noticias de Dúber. No se mudaron con el anhelo de que regresara o de que al menos llegara una carta. Pasaron tres años y nada sucedió.

"Uno no puede mantener averiguando que por qué, que dónde está, que tal cosa, nada de eso. Uno tiene que aislarse, porque si uno comienza a preguntar, a uno lo amenazan, y si sigue insistiendo, lo matan", cuenta con resignación.

En el 2004, Miguel Ángel y su familia regresaron con los bolsillos vacíos a La Tebaida. Él se puso a recoger naranjas o, como él lo llama, a 'naranjiar'. También a cultivar plátano y yuca. Así conoció a un amigo que le contó sobre la erradicación de cultivos ilícitos. "Me dijo que esto era bueno y que además uno ayudaba a acabar con la coca. Eso era lo que yo necesitaba, porque debido a eso vea lo que me pasó con mi hijo", recuerda.

Así comenzó otro cambio en su vida. No solo se dedicaría a arrancar las matas que años atrás sembró, sino que también le declaró la guerra a su pasado. Como miembro del Grupo Móvil de Erradicación, ha estado en las zonas con más narcocultivos. Ha arrancado matas de coca en los departamentos de Cauca, Guaviare, Nariño y Putumayo y en el Magdalena medio. Reivindicarse no ha sido fácil. Ha estado en medio de los hostigamientos de la guerrilla contra la Policía y el Ejército, que los escoltan hasta los cultivos. Ha visto morir a pocos metros a compañeros suyos por culpa de las minas antipersonales, que ilegales siembran en las matas para evitar las ofensivas de erradicación.

A comienzos de este año, en Putumayo, una de esas minas, hechas con tarros de puntillas y explosivos, mató a uno de sus compañeros, le destruyó el rostro a otro y dejó casi sordo a uno más. "En esas campañas encontramos todos los días una, dos minas. Es una suerte que los detectoristas y el perrito las encuentran", cuenta.

El riesgo es alto, un descuido puede ser el final. "En ese grupo éramos 64 y quedamos 37. Unos quedaron con problemas de oído y los otros se fueron. El miedo es aterrador", agrega.

Pese a todo, no ha pensado en abandonar su trabajo. Incluso, su segundo hijo también es hoy un erradicador manual. No se va porque está convencido de que abandonar la misión que se ha impuesto es darles gusto de ahuyentar a los erradicadores para que el programa fracase. "No hay que permitirles ni hacerles ver que tienen eso ganado", dice.

Tampoco ha perdido la esperanza de volver a ver a su hijo. Periódicamente, les pide a sus antiguos vecinos en San Antonio (Caquetá) revisar la correspondencia en la casa en la que Dúber vivió.

Escuadrón contra los cultivos ilegales

En el 2005, un año después de que Miguel Ángel Sepúlveda regresara a La Tebaida, el Gobierno inició la estrategia de erradicación manual de cultivos ilícitos. Así se crearon los Grupos Móviles de Erradicación (GME), de los que hoy hace parte Sepúlveda.

En lo corrido del año, los grupos han estado arrancado matas principalmente en el Catatumbo, Córdoba, Antioquia, Putumayo, Cauca, Meta, Chocó y Caquetá.

PAULINA ANGARITA MENESES
Redacción Justicia

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