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¿Los delitos sexuales son crímenes sin castigo en Colombia?

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Delitos sexuales ¿crimen sin castigo?

Por delitos de violencia sexual contra niños, 274 sentenciados han pagado su pena en la casa entre el 2006 y el 2011.

Hubo 20 mil denuncias en el 2011 y solo 1.600 juicios. Uno de cada 5 llegó a condena.

Durante dos años, Tulio Manuel Beltrán Martínez, exconcejal y exalcalde de Gama (Cundinamarca), abusó sexualmente de una niña de 9 años.

Un juez penal de circuito lo absolvió en primera instancia al considerar que no era creíble el testimonio de la menor -que decía que el hombre accedía a ella tres o cuatro veces a la semana- porque no se podía presumir "que una persona a los 55 años tuviera una vida sexual tan activa", siendo, además, un hombre casado.

En segunda instancia, el Tribunal Superior de Cundinamarca tumbó la absolución, pero le impuso una pena de 5 años y 8 meses que el exalcalde paga hoy en su casa.

Por delitos de violencia sexual contra niños, que supuestamente no tienen ningún tipo de beneficio en la legislación colombiana, 274 sentenciados han pagado su pena en la casa entre el 2006 y el 2011, y la tendencia es creciente. Lo más grave es que en muchas oportunidades, como los atacantes son cercanos a los niños, la casa termina siendo la misma que la de la víctima.

"Supuestamente, los derechos de los niños tienen que ser protegidos por encima de los de los demás, y sobre todo en estos casos -dice la senadora Gilma Jiménez-, pero estas cifras demuestran que la ley no se cumple". La congresista se refiere al Código de Infancia, que prohíbe que los violadores de menores obtengan rebajas de penas y otros beneficios.

La norma, en todo caso, poco se cumple. Un juez de Bogotá le concedió a un sindicado por violación que reclamaba el derecho a la igualdad una tutela para que pudiera rebajar pena por estudio y buen comportamiento. Otros 90 sindicados y condenados también han acudido a ese camino. Y hay 500 más que demandaron ante la Corte Constitucional la legislación que les impide acceder a beneficios como acuerdos y negociaciones con la justicia.

El panorama es todavía más complicado si se tiene en cuenta que los casos en los que se hace justicia no son ni la décima parte de los que registra el Instituto Nacional de Medicina Legal, que atiende en primera instancia a las víctimas. El año pasado, según cifras de la Judicatura, en los juzgados del país se fallaron 1.600 casos por violencia sexual contra mujeres y niños. Pero a Medicina Legal llegaron, en el mismo lapso, cerca de 20.287 víctimas. De ellas, 17.628 no habían cumplido los 18 años. Es decir, solo el 7,8 por ciento de los casos llegan a la justicia. Además, de esos 1.600 fallos, solo 300 terminaron en condenas.

'Fallos indignantes'

La senadora Jiménez documentó varias decisiones de jueces y tribunales que considera "indignantes" y que, dice, van en contra de la Ley de Infancia y de la jurisprudencia.

En esa lista está la decisión del Tribunal Superior de Barranquilla que a mediados del año pasado absolvió a un hombre acusado de abuso sexual contra una niña menor de 14 años, al considerar que ella tenía derecho a conformar familia con el atacante.

"La situación de las relaciones sexuales no responde a una seducción inescrupulosa por parte del adulto, sino que ambas personas (adulto y menor) consienten la relación sexual, han tomado la decisión de irse a vivir juntos con el propósito de construir una familia amparada en la Constitución", dice el Tribunal. En Colombia, una relación sexual con un menor de 14 es violación.

En Pasto, Arturo Gaviria Osorio, condenado apenas a 13 años por abusar de 9 niñas, pidió beneficios por trabajo y estudio al Tribunal Superior de la capital nariñense. En su fallo, el Tribunal no solo le permite redimir su pena, sino que asegura que en una sentencia anterior ya se había ocupado del caso: "Allí la conclusión es la misma, que al ser la redención de pena un derecho no se puede negar su aplicación".

Igual situación se advierte en el caso de Stivel Duván Sotelo, asesino de un niño que -dijo la defensa- "no tenía contextura de menor de edad". Con este argumento, logró que le dieran la mitad de la pena por confesión y que le redimieran tiempo por buen comportamiento.

"Frente a este tipo de delitos no cabe ningún tipo de beneficios. Así que o los jueces y magistrados no entienden o resuelven ser 'manguianchos' en la aplicación de la legislación", cuestionó el ministro de Justicia, Juan Carlos Esguerra.

'Que haya pena larga, pero no perpetua': Germán Navas

¿Qué hacer con casos como el de Velasco?

Penas largas, que se cumplan y que no haya rebaja. Si la pena es de 40 años, que pague 40 años y punto. Eso para un violador como Velasco es como si fuera cadena perpetua.

¿Por qué no la cadena perpetua?

Si usted le abre la puerta a eso en las constituciones, por ahí comienzan los delitos políticos. Las dictaduras siempre han buscado esas cadenas perpetuas para desaparecer a los enemigos. En Colombia, las penas no se cumplen y las investigaciones no se hacen. Observe que todo el mundo clama por que se les acepte a paramilitares y guerrilleros penas benévolas en aras de la paz, y esos son los más violadores. Esos merecen 40 años y les dan 8.

El derecho penal moderno busca resocializar al infractor, no vengarse.

Si Velasco es inimputable, ¿cómo garantiza el Estado que no siga siendo un peligro?

Con medidas de tratamiento psiquiátrico. Si usted está loco, lo tendrán en el manicomio todo el tiempo necesario. Que pague de por vida, pero no como preso, sino como enfermo. Tratamiento perpetuo, sí. Cadena perpetua, no.

'Lo que queda es encerrarlos de por vida': Gilma Jiménez

¿Qué hacer con casos como el de Velasco?

Un individuo que hace 10 años apuñaló a una mujer 21 veces y que fue denunciado por homicidio y por violación es la prueba del fracaso de la política criminal en materia de resocialización. Lo único que queda es encerrarlo de por vida. El día que dejaron libre a Velasco -31 de octubre de 2003-, le decretaron la muerte a Rosa Elvira.

¿Debe revivir el debate de la cadena perpetua?

Claro que lo vamos a revivir. Nos tumbaron el referendo con argucias jurídicas, pero la causa no está muerta. Le he solicitado al Presidente que lo revivamos mediante un acto legislativo. Supongamos que Velasco es un inimputable.

¿Cómo garantizar que no sea un peligro?

Es imposible garantizarlo. Por eso es que tienen que estar encerrados. A mí no me interesa si los encierran en una cárcel o en una clínica. Lo que no puede ser es que nos obliguen vivir en peligro por unos tipos que salen de la cárcel, bien por inimputables, por pena cumplida o rebaja, sin que nadie nos pueda garantizar que efectivamente fueron resocializados.

'Monstruo de los Andes', otro inimputable

Andrés Rivera Mejía
Redactor de EL TIEMPO

El mayor depredador sexual registrado en la historia de Colombia, y tal vez en el mundo entero, no es Luis Alfredo Garavito. Es Pedro Alonso López, quien en una macabra ruta criminal violó y asesinó al menos a 200 niñas en el país y en Ecuador en poco más de una década.

El llamado 'Monstruo de los Andes' solo alcanzó a ser condenado por uno de sus crímenes en Colombia, pero apenas pagó tres años de cárcel en el país porque fue declarado inimputable. A pesar de su peligrosidad, lo dejaron libre en febrero de 1998 y desde entonces su rastro es un misterio. Un concepto de Medicina Legal que lo declaró "curado" de su esquizofrenia paranoide lo volvió a poner en las calles, y lo último que se supo de él fue que lo vieron por Ecuador, país donde decenas de familias aún lloran sus crímenes.

Hoy, ronda los 64 años. Pedro Alonso López nació el 8 de octubre de 1948 en Santa Isabel, Tolima. A los 8 años, tras una fuerte discusión con su madre, a quien siempre tuvo gran odio, el 'Monstruo' partió rumbo a Bogotá, donde cayó en la indigencia. Allí, adquirió destrezas que utilizaría después en su carrera como violador y asesino.

En su adolescencia, fue abusado y se dedicó al crimen común. A los 20 años, pagó su primer 'carcelazo', en la cárcel La Modelo de Bogotá, por el robo de un carro, y según su expediente fue abusado en prisión por dos presos a los que asesinó con un cuchillo que él mismo fabricó. A pesar de los asesinatos, quedó en libertad a los dos años.

Se desconoce si para ese momento ya había iniciado su carrera como depredador sexual. Los registros indican que al salir de la cárcel empezó su frenesí homicida. En diciembre de 1979, en el municipio de El Espinal (Tolima), violó y mató a Flor Alba Sánchez, de 12 años. Su cuerpo fue encontrado 20 días después, con signos de tortura. Ese fue el único caso por el que fue condenado en Colombia. Los expedientes de al menos otra decena de sus crímenes se perdieron en un incendio del juzgado de El Espinal.

Meses después del crimen de Flor Alba en el Tolima, una oleada de terror se desató en Ecuador. López fue capturado en el vecino país y confesó 57 crímenes, además de mencionar que en Colombia había más víctimas.

En Ecuador, pagó una pena de casi 15 años y fue deportado para que cumpliera condena en Colombia. Una vez en el país, López se dedicó a mandar cartas al juez del caso para pedir una prueba psiquiátrica, con el argumento de que estaba "en condiciones de volver a la sociedad". Contra todos los pronósticos, los encargados de mantenerlo bajo custodia creyeron ese argumento.

Cómo opera la mente de estos criminales

María Paulina Ortiz
Redacción EL TIEMPO

Su mirada. Esa suerte de sonrisa ante las cámaras. Su lenguaje corporal, como queriendo demostrar superioridad. La frialdad de Javier Velasco Valenzuela -el hombre que llevó a la muerte a Rosa Elvira Cely, que mató a Dismila Ochoa, que abusó sexualmente de sus hijas- sorprendió a las autoridades e incomodó a muchos de quienes lo vieron.

En el 2002, cuando estaba detenido por el asesinato de Ochoa -a quien mató a machetazos, envolvió en una sábana y dejó en la calle-, el Instituto de Medicina Legal estudió su historial y concluyó que Velasco tenía rasgos de personalidad límite "sin que comprometan su capacidad de comprensión y autodeterminación". Y agregó: tiene la capacidad de diferenciar fantasía de realidad y no evidencia patología mental.

Es decir, no es un enfermo que no sabe lo que hace. Tampoco es alguien "a quien se le metió el diablo y lo mandó matar", como otros asesinos (entre ellos Luis Alfredo Garavito) terminan aduciendo. En medio de sus actos no hay delirios ni alucinaciones. Para los expertos, estos rasgos son propios de quien tiene un trastorno de personalidad psicopática.

¿Cómo actúa un delincuente de este tipo? Durante muchos años la ciencia se ha dedicado a estudiar la mente criminal. El psiquiatra canadiense Robert Hare, quizá el más reconocido investigador en el tema, describe a estas personas, en el ámbito interpersonal, como presuntuosas, arrogantes, dominantes y manipuladoras. Carecen de empatía (no puede ponerse en el lugar del otro) y son incapaces de sentir culpa.

En su relato del primer asesinato, Velasco contó cómo "le introduje el machete y no recuerdo más. Después me acosté y me quedé dormido". En la escena del crimen, con el cadáver de la mujer que acababa de conocer a su lado, este hombre decide acostarse y dormir; de la misma forma que, al día siguiente de atacar violentamente a Rosa Cely en el parque Nacional, volvió a clases en el colegio donde estudiaba con ella.

Dos temas han sido investigados sobre los criminales y todavía no hay un acuerdo al respecto: la carga genética y la influencia de la niñez. Si bien varios estudios han comprobado que existen rasgos diferentes en el cerebro de los asesinos (falta de conexión del sistema límbico, que maneja las emociones, con la corteza prefrontal), no puede referirse este factor como el único disparador de su violencia. De igual manera, aunque un alto porcentaje ha padecido traumas o abusos durante la infancia, muchos han crecido en familias armónicas. "Es probable que haya factores genéticos, pero la expresión de la personalidad en estos sujetos es producto de complejas interacciones entre predisposiciones biológicas, temperamentales y fuerzas sociales", escribe Hare.

Velasco es el menor de siete hijos. Su padre fue un zapatero que sufrió de epilepsia, "una persona imponente, admirada por mí", ha dicho el acusado. Su mamá fue descrita por él como "la mejor persona que he conocido en mi vida". Velasco empezó a estudiar a los 7 años y se retiró en segundo de bachillerato, luego de tener problemas con los profesores por su personalidad y su consumo constante de marihuana. De ahí vinieron múltiples trabajos y más intentos fallidos de estudiar.

Ese es otro rasgo: la inestabilidad. "Estas personas no terminan nada. Algunos entran a un colegio o a un trabajo, pero suele ser una máscara para encontrar allí a posibles víctimas", afirma el profesor universitario Miguel Mendoza, experto en criminalidad. Los expertos han descrito a este tipo de criminales con el término de "integrados" (impuesto por el psicólogo forense español Vicente Garrido), que define a los que se vinculan en la sociedad. "Lo hacen porque necesitan cobertura", ha explicado Garrido.

El consumo de sustancias alucinógenas es otra manifestación, aunque no puede definirse como detonante de su acción criminal.

* * *

"Creo que fue un acto de brutalidad de parte mía, tal vez enceguecido", dijo Velasco durante su examen en Medicina Legal acerca del primer asesinato. Sus palabras llevaron a concluir un "trastorno transitorio de personalidad" y fue considerado inimputable. Resultado: la libertad.

Pero hay que tener en cuenta que otra característica más de estas mentes criminales es la mentira patológica. Sumado a su cinismo, ellos saben bien que el hecho de aparecer como víctimas, de llorar o simular un arrepentimiento, puede funcionar a su favor.

Después de recuperar rápidamente su libertad, Velasco volvió a delinquir. "Cuando un criminal de estos no es detenido, sigue un camino voraz hacia la degradación de la víctima -agrega Mendoza-. Aunque suene aterrador, es un sujeto que está aprendiendo, que está formándose mediante los actos que comete".

Según parámetros del FBI, alguien es asesino en serie cuando ha matado a más de dos personas con métodos similares. No obstante, las investigaciones han llevado a determinar también la existencia del asesino "desorganizado". Son delincuentes que planean su acto, pero su modus operandi no es esquemático. Velasco dejó una escena del crimen desordenada, pero llevaba un arma con él, lo que supone que tenía el plan de someter a su víctima.

Aunque no se interesen por el dolor del otro, estas personas son audaces al leer la debilidad. Eligen víctimas que puedan controlar. ¿Por qué atacan a una y no a otra? En ellos surge el deseo de posesión sobre la persona, pero la ven como objeto. La atracción puede ser disparada por cualquier elemento, pero la vulnerabilidad es una constante que buscan. "Si ven que no pueden con alguien, desisten", dice Mendoza.

Pasan desapercibidos. "No son fáciles de distinguir. Tienen gran habilidad para camuflarse", advierte Hare. Carecen de ansiedad, les gusta la vida fácil y cuentan con un umbral de fracaso muy bajo. Y aquí lo más desalentador: los especialistas coinciden en que para personas con este trastorno no hay tratamiento eficaz. Al ser una estructura de personalidad, resulta muy difícil de recomponer. Sobre todo si se trata de delincuentes sexuales, que muestran mayor reincidencia.

La recomendación es aislarlos y trabajar en un cambio de comportamiento, apelando al incentivo de que no se metan en problemas. O sea, que piensen en su propio bienestar, lo que les interesa. "Olvidémonos de los programas de rehabilitación -insiste Hare-. Esta gente aprende a engañar". Disfrazan sus caras según su conveniencia. Solo se la muestran de frente a sus víctimas.

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