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Antonio Caballero analiza la corrida del pasado domingo en Bogotá

Por: ANTONIO CABALLERO | 9:31 p.m. | 06 de Febrero del 2012

Cuando hay toros...

El diestro Ramsés Ruiz ejecuta un lance por el pitón izquierdo a su segundo toro de la tarde. EFE

Foto:

Peleaban en varas y luego embestían muy humillados y con gran fijeza: toros para ser toreados.

Muy buenos toros bellos y bravos de la ganadería de Mondoñedo: de esos que rara vez se ven. Ovacionado y a hombros el ganadero: eso que rara vez sucede. Abucheado el palco por negarle a Ramsés la oreja del bravo y hondo y noble cuarto toro -que recibió la vuelta al ruedo en el arrastre-, con el pretexto, supongo, de que tardó en morir y hubo un aviso de clarín. Pero no tardó en morir por culpa del torero, que lo mató de una buena estocada. Sino por su condición de bravo de verdad, de los que se resisten con larga terquedad a la muerte. Y Ramsés, antes, lo había toreado muy bien. Aguantándole con más calma de la que acostumbra las embestidas serias y nobles. La plaza le hizo dar la vuelta al ruedo.

También fue un buen toro el primero de la tarde y del mismo Ramsés, dentro de una corrida hecha y derecha, muy pareja de hechuras y también, en general, de comportamiento: toros que peleaban en varas y que luego embestían muy humillados y con gran fijeza: toros para ser toreados. Pero le arrancó al torero el capote de las manos y luego casi se lo lleva por el pitón izquierdo, haciéndole perder toda confianza. Por torearlo nervioso, acelerado, desbordado, Ramsés terminó convirtiéndolo en un toro mirón y reservón, y finalmente muy parado. Pero aplaudido en el arrastre.

Luis Bolívar anduvo toda la tarde resuelto y decidido, y como sus dos toros fueron buenos se pudo llevar una oreja de cada uno. El primero tenía una noble carita de expresión infantil, desmentida por su corpachón musculoso de toro y su pujanza ante el caballo.
Unas buenas chicuelinas de Bolívar -fue de lo poco de toreo de capa que vimos en la tarde-, y un buen comienzo de faena por varias tandas de derechazos. El toro luego se puso renuente y escarbador, y no cesó de recular entre súbitos arreones y de echarse arena con las pezuñas en los lomos. Bolívar entró a matar saliéndose de la suerte y le dejó una estocada de las que se llaman "desprendidillas", pero de efecto fulminante. Su segundo toro fue un espléndido castaño quemado que humilló en los capotes y dio una brava pelea en varas y fue luego suavón y franco por el pitón derecho, pero no pasaba o se colaba al citarlo al natural, llegando a desarmar al torero. La estocada, buena esta vez aunque perdiendo la muleta, le dio la oreja de la puerta grande.

Santiago Naranjo no tuvo su tarde. Su primer toro, cuajado y con presencia, fue de un caballo al otro en el tercio de quites, dando cabezazos. Dos muy buenos pares de banderillas de Santana parecieron ponerle orden a su embestida distraída, pero tras unos buenos muletazos la faena vino a menos y terminó con una deslucida estocada caída, casi un bajonazo. También la lidia del último toro, que se paraba mucho y cabeceaba, resultó aburrida. Y la única gran ovación que recibió Naranjo fue la que premió su brindis al ganadero Gonzalo Santamaría.

Antonio Caballero
Especial para EL TIEMPO

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