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Conozca cómo fue la hazaña de la Emisora HJCK

Por: MARÍA ISABEL RUEDA | 10:09 p.m. |

¿Cómo fue la hazaña de la Emisora HJCK?

Álvaro Castaño Castillo celebra la emisión de una estampilla conmemorativa de la Emisora HJCK.

Foto: Milton Díaz / EL TIEMPO

Fundador de la primera emisora cultural del país, Álvaro Castaño, habla de su larga y nutrida vida.

¿Qué se siente tener 90 años?

Se lo voy a decir de esta manera: me estoy defendiendo del viejo verde que existe en el fondo de todo nonagenario, que es peligrosísimo; lo induce a uno a hacer el oso, que es a lo que más temor le tengo. Manejo mis 90 años en puntas de pies, para que no se vaya a despertar ese viejo verde.

Pues no solo no está haciendo el oso, sino que el país lo homenajea con una bella estampilla conmemorativa de la Emisora HJCK, fundada hace sesenta años. ¿De dónde salió semejante quijotada?

Se lo tengo que confesar: toda la vida tuve vena de intelectual. Hacía versitos desde los once años. Había fundado en mi colegio -La Salle- la Academia José Asunción Silva (que años más adelante convertiríamos al lado de María Mercedes Carranza en la Casa de Poesía Silva), al lado de amigos cuya memoria venero, como Hernando Durán Dussán, Indalecio Liévano Aguirre, Diego Tovar Concha...

Pero una emisora cultural era una apuesta arriesgada...

Además de que tenía la vena, me forzaron los acontecimientos. El registrador nacional era Eduardo Caballero Calderón, muy peleador él, y yo era su secretario. Por algún incidente, él le mandó al presidente Ospina Pérez una carta diciéndole que allá le regalaba su Registraduría. Y yo salí detrás de él... Quedé cesante, recién casadito con Gloria Valencia. Me fui a tomar un perico al Café Automático y allá llegó Daniel Arango, el poeta. "¿Por qué estás tan triste?". "¡Estoy cesante!" y me dijo que su hermano Alfonso, presidente del Campestre de Cali, le había pedido un deportista querido e inteligente que administrara el club.

Y como había sido campeón de tenis dijo: yo me voy...

Sí, pero con dudas... porque ¿de dónde acá yo administrador de qué? El presidente era Hárold Éder, que se volvió mi padrino. Me adoraba y yo a él. Me fui para allá y pasé cinco meses muy amargos. Mis queridos caleños me querían muy poquito...

Pero las caleñas sí...

Eso sí. Me ponía esmoquin para sobarlos y me odiaban... Un día un borrachito cuyo nombre nunca olvidaré me dijo: "Señor administrador, ¿cuánto le están pagando para clavarnos este 'whiskey' chiviado?" Aunque al socio lo expulsaron, ese incidente me impresionó y regresé a Bogotá a fundar la HJCK.

¿Quiénes lo acompañaron en esa hazaña?

Mi íntimo amigo Gonzalo Rueda. Yo casi vivía leyendo en la biblioteca de su padre, don Tomás Rueda Vargas. También le propuse a Eduardo Caballero, a los hermanos Martínez Rueda... ¡al gran 'Martiñón'! ¿Te imaginas? ¡Qué maravilla! Y a Alfonso Peñaranda. Los fundadores de la HJCK fuimos esos seis.

¿Dónde fue la primera sede de la emisora?

En la calle 17 No 4-43, una esquina chiquitica. Éramos tan pobres, ¡Esperanza! (llamando a la secretaria) ¡muéstreme la foto de la choza de bahareque! Ahí dormía la transmisorista con tres niñitos desnutridos. El transmisor, en Puente Aranda, era como un reverbero y no teníamos antena. Nos habían vendido media emisora, Radio Granadina. El único que tenía platica era Gonzalo, yo no tenía nada, 'Martiñón' tampoco, Eduardo menos. Fueron 60 mil pesitos de la época. Lo que no calculamos es que la HJCK se volvería muy pronto un refugio de intelectuales... A todos les ponía el micrófono. En la colección de la HJCK están grabados, en las voces de sus protagonistas, los grandes momentos de la vida del país.

¿Cómo logró que la HJCK sobreviviera todo ese tiempo?

Con muchas dificultades, porque la publicidad no creía en la cultura. Recuerdo que, en los comienzos me recibió el publicista Mario García-Peña, hermano de Roberto, y cuando entré a su oficina me dijo: "¿Usted es el señor que, rodeado de poetas y música clásica, va a salvar la radio de la vulgaridad? Mire jovencito: la publicidad es un capítulo de las grandes empresas. Y si usted cree que va a vender esos productos a base de poesía, está muy equivocado".

Me consta que durante sesenta años, usted y su esposa Gloria Valencia maletearon durísimo la 'HJCK'. Ella era incluso la que leía las noticias de la emisora.

Sí, Gloria tenía cierta práctica porque ya había trabajado en la Radio Nacional; entonces, yo redactaba el boletín de noticias y ella lo leía.

A propósito, ¿cómo está Gloria?

Pues hace un año que está en la cama, aunque puedo decirle que por estos días un poco mejor...

¿Y el ánimo?

Regular, aunque ella es muy optimista de la vida.

¡Esa sí que fue una historia de amor! Usted se enamoró de ella cuando la vio tocando en una banda del colegio, por una calle de Ibagué...

Gloria era tambor mayor. Era divina. Todos le decíamos: "Oigan, pendejos, ahí viene la divina!". A ella le parecíamos unos pesaditos bogotanos que no le gustaban.

Y entonces, ¿cómo hizo para conquistarla?

Comienzo desde mucho más atrás. Yo estudiaba Derecho e iba a hacer mi tesis de grado sobre la Policía, a la que en ese momento querían separar del Ejército. Me nombraron secretario en la Escuela General Santander.

No me diga que su tesis de grado fue sobre la Policía.

Sí, y el general Naranjo me la reeditó el año pasado, sesenta años después, sin cambiarle una coma. Cuando fui a tomar posesión de mi cargo, al subir la escalera vi a un churro descomunal de espaldas. Cuando volteó, !era la divina! Estaba allá trabajando de secretaria. Casi me desmayo. Pero estuvo detestable. Lo primero que me dijo era que estaba pidiendo muchos lápices.

Es que venían de culturas muy distintas... Gloria, ibaguereña, usted un cachaquito, un niño bien...

¡Claro! Y ese primer diálogo fue duro. Pero sobre su escritorio descubrí que estaba leyendo La deshumanización del arte de Ortega y Gasset y pensé para mis adentros, este churro no debe ser tan bruta porque está leyendo esto...

¿Y ese fue el flechazo final?

Sí, pero me dio pie para decirle: "Señorita, está leyendo el único libro jarto de Ortega" y saqué mi librito de debajo del brazo: Estudios sobre el amor. Y entonces empecé a caminarle a fondo en enero de 1944. A los 20 días le apliqué el primer beso en la torre del Reloj del parque Nacional. Desde entonces, todos los cinco de febrero se celebran en mi casa, en conmemoración de ese primer beso. Le dicté a Gloria la tesis, entre besito y besito, pues escribía a una velocidad macha. Todo lo hacía bien.

Hoy, llevan más de 60 años casados. Y su suegra se acaba de morir a los 103 años.

¡Imagínese! Y nunca tuvimos ni un sí ni un no con doña Mercedes. Por eso, detesto a la gente que habla despectivamente de la suegra. Me parece un abuso. Esta señora nunca fue hostigante ni inoportuna. Finísima y silenciosa. Siempre nos respetamos.

En esta época de tanto intelectual de pacotilla, ¿qué es para usted un intelectual?

Un intelectual es un hombre que, ante todo, tiene el sentido de la historia. Aquí la gente olvida todo. La cultura es la gran defensa del hombre contemporáneo. Por eso tenemos que culturizar a Colombia.

Borges fue muy importante en su vida. ¿Por qué?

En la revista de la Policía publiqué el cuento de Borges El jardín de senderos que se bifurcan. Ese fue mi primer contacto con él. Cuando supe que venía a Colombia ya era experto en su obra. Y como antes de la HJCK había sido cofundador de los Andes con Mario Laserna...

Me dicen que Gloria lo llevaba a los Andes en bicicleta.

Es que yo nunca manejé. Entonces, cuando venía Borges yo sabía que estaba casi ciego, pero no lo confesaba. La universidad me destinó como su edecán.

Cuénteme alguna de esas anécdotas...

En una visita, Borges me llamó a la madrugada y me dijo que tenía un afán tremendo de hablar conmigo...Volé al Hotel Continental. Borges estaba preparado, en mangas de camisa. "Álvaro - me dijo-, estoy enamorado. Y como usted sabe, yo, que le dicto todo a mi madre, esto no se lo puedo dictar porque no se puede nombrar a la dama a la que estoy amando". Entonces, me dictó su poema "Elegía".

¿Es cierto que usted le compuso un soneto a Borges?

"Abierta la pupila a un mundo vano, que solo escoria de la luz concede, Borges recuerda a Borges. Retrocede. Toca antiguos olvidos con su mano".

¡Qué hermoso! ¿Y a Borges le gustó?

Nunca le gustó del todo, porque al final es despectivo: "Borges ya no recuerda. Lo ha perdido el laberinto de su incierta gloria. A la mirada gris que nada nombra se agrega la tiniebla del olvido. Ojos sin luz, memoria sin memoria,¡Borges sin Borges, sombra sobre sombra!" Es bueno. El sonetico se defiende.

¿Por qué ese amor platónico por Leonor de Aquitania?

Porque es un mujeronón. He sido especialmente coqueto, pero con damas de la historia. Desde Arlette, la madre de Guillermo el Conquistador. Mordí esa tentación tremenda de los amores de la historia con ella. Y me salió Leonor con toda su majestad. La adoro. Las destronó a todas.

María Isabel Rueda
Especial para EL TIEMPO

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