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Antoni Tàpies, el maestro de la lucha entre el espíritu y la materia

Por: EFE | 10:00 p.m. | 06 de Febrero del 2012

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Desaparece el último pilar de la vanguardia española de posguerra. Falleció a los 88 años.

La muerte de Antoni Tàpies supone la desaparición del último pilar de la vanguardia española de posguerra, que tuvo su eclosión en el movimiento Dau al Set y en el informalismo.

Tàpies (Barcelona, 1923) nació en el seno de una familia burguesa, culta y catalanista, involucrada desde mediados del siglo XIX en una tradición editorial y librera, que quedó inoculada también en el artista.

Progresivamente, Tàpies se dedicó con mayor intensidad al dibujo y la pintura, y acabó dejando sus estudios de Derecho para dedicarse plenamente a su pasión. Unido a la revista de vanguardia Dau al set, a partir de 1948, con Joan Brossa, Joan Ponç, Modest Cuixart, Joan Josep Tharrats, Arnau Puig y Juan Eduardo Cirlot, obtuvo dos años más tarde una beca para estudiar en París, donde hizo su primera exposición individual (1956).

Ese mismo año obtuvo el Premio de la República de Colombia Bienal de Hispanoamérica de Barcelona, y fue presentado por Salvador Dalí en Estocolmo, donde expuso junto a Tharrats.

Partícipe de una sensibilidad generalizada que afectó a los artistas de ambos lados del Atlántico, a raíz de la II Guerra Mundial y del lanzamiento de la bomba atómica, Antoni Tàpies expresó muy pronto su interés por la materia, la tierra, el polvo, los átomos y las partículas, que se plasmó formalmente en el uso de materiales ajenos a la expresión plástica academicista y en la experimentación de nuevas técnicas.

Las pinturas matéricas han formado una parte sustancial de la obra de Tàpies y han constituido un proyecto en evolución hasta su muerte. En la visión de Tàpies, la noción de materia debía entenderse también desde la perspectiva del misticismo medieval como magia, mímesis y alquimia, y en ese sentido se entendía su deseo de que sus obras adquirieran el poder de transformar nuestro interior.

Durante los años cincuenta y sesenta, Antoni Tàpies fue elaborando una serie de imágenes, generalmente extraídas de su entorno inmediato, que se fueron sucediendo en las distintas etapas de su evolución.

La obra de Antoni Tàpies ha sido siempre permeable a los acontecimientos políticos y sociales del momento, y a finales de los años sesenta y principios de los setenta, su compromiso político contra la dictadura se intensificó, con piezas de un marcado carácter de denuncia y protesta.

Coincidiendo con la eclosión del arte povera en Europa y el posminimalismo en EE. UU., Tàpies acentuó su trabajo con objetos, pero sin mostrarlos como eran, sino imprimiéndoles su sello e incorporándolos a su lenguaje.

A principios de los ochenta, el interés de Tàpies por la tela como soporte adquirió una fuerza renovada y durante esos años realizó obras con gomaespuma o con la técnica del aerosol, utilizó barnices y creó objetos y esculturas de tierra chamoteada o de bronce, al tiempo que se mantuvo muy activo en el campo de la obra gráfica.

A finales de los años ochenta, Tàpies reforzó su interés por la cultura oriental, una preocupación que ya se había ido gestando en los años de la posguerra y que se convirtió cada vez más en una influencia filosófica fundamental en su obra.

Al margen de exposiciones en los principales museos de arte contemporáneo, en España, los museos Reina Sofía de Madrid, Guggenheim de Bilbao y el Museu d'Art Contemporani de Barcelona (Macba) han celebrado antológicas y retrospectivas.

Precisamente, el Macba exhibe hoy en sus salas su obra Rinzen, merecedora en el año 1993 del León de Oro de la Bienal de Venecia y consistente en una enorme cama de la que penden cinco somieres, mantas, colchones y almohadas.

Las obras de los últimos años han constituido esencialmente una reflexión sobre el dolor -físico y espiritual-, entendido como parte integrante de la vida.

Influido por el pensamiento budista, Tàpies consideraba que un mayor conocimiento del dolor permitía dulcificar sus efectos y, de este modo, mejorar la calidad de vida.

El paso del tiempo, que ha sido una constante en el trabajo de Tàpies, ha adquirido en ese último período nuevos matices, al vivirlo como una experiencia personal que comporta un mejor autoconocimiento y una comprensión más clara del mundo.

Paralelamente a la producción pictórica y objetual, Tàpies desarrolló desde 1947 una intensa actividad en el campo de la obra gráfica, con un gran número de carpetas y libros de bibliófilo en estrecha colaboración con poetas y escritores como Alberti, Bonnefoy, Du Bouchet, Brodsky, Brossa, Daive, Dupin, Foix, Frémon, Gimferrer, Guillén, Jabès, Mestres Quadreny, Mitscherlich, Paz, Saramago, Takiguchi, Ullán, Valente y Zambrano.

No ha sido menor su trabajo como ensayista, que ha dado lugar a una serie de publicaciones, algunas traducidas a distintos idiomas, como La práctica del arte (1971), El arte contra la estética (1977), Memoria personal (1983), La realidad como arte. Por un arte moderno y progresista (1989), El arte y sus lugares (1999) y Valor del arte (2001). El artista deja como legado a la ciudad que le vio nacer la fundación que lleva su nombre, promovida en 1990, que se ubica en el edificio modernista Montaner i Simó, que alberga un conjunto de 2.300 pinturas y esculturas y 3.100 dibujos, grabados y litografías de sus fondos personales. En abril del 2010, el rey Juan Carlos le concedió el título nobiliario de marqués de Tàpies por su "gran contribución a las artes plásticas de España y del mundo".

La herencia del maestro catalán

De su obra principal destacan Gran pintura gris (1955), Óvalo blanco (1957), Puerta gris (1958), Cuadros grises sobre marrón (1959), Forma triangular sobre gris (1961), Gran equis (1962), Relieve ocre y rosa (1965), Incrustación y cifras (1974), Huella de silla (1980), Díptico de campaña (1991), Inspiración (1991); las xilografías Nocturn y Gest (1995), Rinzen (1998), y el cartel del centenario del Fútbol Club Barcelona (1999).

Ha realizado también numerosas piezas de cerámicas, tapices y esculturas, las esculturas públicas Homenaje a Picasso (1990) y Nube y silla (1990), ambas en Barcelona, y su polémico Calcetín (1992), de 18 metros de largo, que debía presidir la sala Oval del MNAC, un proyecto que finalmente fue rechazado.

Reacciones

Eduardo Serrano, curador y crítico de arte

Fue un puente entre el arte moderno y el contemporáneo. Irrespetó todos los parámetros establecidos de la pintura, no le importó guardar la armonía cromática ni valores formales, sino que tuvo claro que lo suyo era la pintura espontánea, cargada de mucho pigmento y con superficies irregulares y poco convencionales, porque pegaba cosas en el lienzo: arenas y pastos, para romper con las reglas.

Álvaro Medina, crítico y experto en arte

En 1960, la Biblioteca Luis Ángel Arango hizo una exposición de informalistas catalanes, en la cual se vieron obras de él. En una Bienal de Venecia demostró su interés en el accidente al exhibir obras en las que no hay composición, sino el accidente puro. Quería decir que el arte enseña a apreciar cosas nimias del universo, que se pasa por encima de ellas, pero que cuando están en un museo se reconoce que tienen una estética.

Gustavo Ortiz, Director Museo de Arte Contemporáneo

Creó su propia fundación para apoyar a artistas jóvenes. Fue censurado muchas veces, porque, aunque tenía un gran sentido plástico, hizo muchas denuncias en la época del franquismo.
Tuvo una influencia importante en artistas colombianos como Manuel Hernández; en una primera etapa la tuvo en Manzur, cuando él trabajaba la Luna, hacia el 62 y el 64. También en León Trujillo, que también hizo exploraciones en lo matérico.

Barcelona (Efe)

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