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Dario Gómez, el Rey (Perfil de la Revista DONJUAN)

Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 3:43 p.m. | 18 de Marzo del 2011

Daría Gómez
Foto:

45 smokings de colores y un género musical inventado a su medida, hacen parte de su historia.

Han pasado más de cinco horas en la Finca del Rey del Despecho y todavía no se oye música ni destapan botellas de trago. La casa está metida en una montaña en San Jerónimo, Antioquia, el pueblo en el que nació Darío Gómez y la canción que lo sacó de pobre y lo volvió famoso. Se llama La Mansión del Rey y ha sido su lugar favorito desde que la construyó con su esposa hace 13 años. Pero hoy en la entrada cuelga un letrero que dice "se vende". El rey está reduciendo su reino.

Pensaba que acercarme a la vida de Darío Gómez, el Rey del Despecho, demandaría de mí sendas noches de trago y rockola, un asunto que en realidad no me desagradaba, pero no dejaba de parecerme un poco aburrido presenciar en plan de trabajo inminentes y nostálgicas borracheras llenas de recuerdos de malos amores y de "viejos" que ya no están en este mundo.

Pero me preparé para desgarrarme el alma convencida de que solo así podría conocer al hombre detrás de estas canciones que tararean colombianos de todos los acentos en todas las tiendas de vereda, barrio, pueblo, ciudad, bares, burdeles, balnearios, discotecas, kioscos, buses y busetas de este país. Adecué un lugar para oír juiciosamente su música. Saqué frases de las letras de algunas canciones y conté las veces que se repetían las palabras traición (15), abandono (10), desdicha (5), desesperación (18), pena (12), engaño (22), dolor (25) y sufrimiento (19).

Noté cómo en estas composiciones a la mujer le va muy mal, y a los hombres peor, porque siempre posan de víctimas, y eso ya se vuelve sospechoso. Descubrí que si los hombres se identifican con estas canciones su capacidad de enamoramiento es realmente sorprendente. Dañina, pero sorprendente.

Pensaba entonces que así sería el machismo del Rey e imaginaba que seguramente en sus maneras expresaría su lado "guache". Y, claro, que en su historia de vida los desastres serían la norma. ¿Cómo serían las historias de despilfarro y de desdén del más famoso cantante de música popular que vende discos como pan? "Qué pereza de historia", pensé.

Cuando me sentí lista para conocerlo personalmente choqué con sus videos. Entonces la intriga creció y la percepción empezó a cambiar. Detrás de cada smoking rojo, o blanco y negro, de sus rizos bajos al cuello y de su patilla recta, noté algo en su cara que me hizo dudar. Creo que la pista me la dio su sonrisa. Ya les digo por qué.

Darío Gómez ha conocido más países de los que le enseñaron en la primaria en las clases de geografía en la escuela de San Jerónimo. Qué iba él a pensar cuando bajaba por la montaña con alguno de sus 12 hermanos, a arar o a recoger cosecha, que estaría en Rusia a punta de canto.

Los viajes de Darío Gómez están en sus videos. No importa lo que digan las canciones, él pasea por París, Londres, Italia, Berlín o Nueva York. La filmación lo muestra tímido y respetuoso al saludar a la gente que le responde con esa mirada de consideración al latino simpático. El cantante, el Rey, el ídolo de todas las ferias y fiestas continúa su recorrido y se maravilla con Notre Dame, la torre Eiffel, el Brooklyn Bridge o con el Big Ben. Sus ojos desorbitados dejan ver el asombro. Él es grande. Ha llegado hasta ahí, y eso es lo que quiere mostrar. Su sonrisa aparece como un certificado de inocencia, de humildad, de satisfacción.

En otra producción audiovisual vuela. Si, vuela. Su cuerpo sentado en posición yoga con la cabeza mirando al piso, sobrevuela un público que le grita su nombre y lo aplaude emocionado al oír en voz del Rey la versión paisa de I will survive de Gloria Gaynor, el gran éxito disco de los años ochenta, o Sobreviviré, en la versión adaptada por él.  Su arrojo no tiene límites, pienso al imaginar la cara que pondría la Gaynor al conocer esta versión.

Descubro de nuevo en su sonrisa el sello de la convicción de la originalidad de su arte, la sinceridad de su puesta en escena. Su performance continúa y se convierte en conquistador español, una especie de Casanova de otro siglo, que desde una muralla de Cartagena con calzones bombachos, cuello de golas y sombrero de plumas fucsia le canta a una mulata que lo dejó por un esclavo negro, "así pagan las mujeres, cuando se les quiere de corazón"  y la sentencia a "llevar para siempre la mancha de la perdición".

Vi más de veinte videos. Me reí de los forzados dramatizados en los que las mujeres desfilan con sus amantes en la cara desfigurada del pobre Rey que aparece como el sapo engañado. Sin embargo, mi risa fue conmovedora y respetuosa. A esta altura estaba consciente de un arraigo popular que merece todo el respeto.

Mis expectativas habían cambiado y me animé a conocer la historia del dueño de esa música de cantina que solo había oído accidentalmente, un ser superado por sí mismo, que tiene treinta años pegando en la radio con éxitos que estallan en emociones a muchos más colombianos de los que uno alcanza a conocer en toda su vida.

Gómez llegó a la cita manejando una camioneta Mercedes-Benz color beige que había buscado por meses hasta que apareció en un concesionario, usada pero con pocos kilómetros. Le gustan los carros buenos y que tengan buen cenicero, dice. Fuma mucho, y según él, es el único vicio que tiene.

El saludo se aplazó por una llamada telefónica en la que se le oía muy amoroso. Repitió varios "te quiero" en seguidilla y hablaba de regalos y fiesta. "Es una felicitación de cumpleaños", pensé. Luego, Néstor, su amigo y escudero, me dice que se trata de una de sus nietas y que es por lo único que Darío aplaza cualquier asunto de su carrera.

A su mamá también le dedica tiempo y sobre todo la complace con lo que ha resultado un capricho extraño, se cambia de casa con extrema facilidad, así que el Rey, que le da todo a la anciana, le alcahuetea la mudanza, y le va comprando la casa que a ella le va gustando.

Usa gafas de marco dorado, nada ostentosas y va con ropa casual. Bluejean sin marca, camisa de cuello y zapatos café. Las manos son grandes, en las que sobresalen dos anillos con diamantes. Los dedos son gruesos y tiene las uñas arregladas. Tiene el pelo oscuro todavía, pero ya las canas dejan notar los 59 años que tiene encima. Cuelga el teléfono, baja del carro y saluda. Su voz es grave y confirmo la sensación de su sonrisa: es un buen tipo. Subimos al carro y emprendemos camino a La Mansión del Rey.

La sugerencia de ir allí es de Olga Lucía. Su mánager y esposa desde hace 32 años y madre de tres de sus hijos. Jorge Armando, que hacía los videos del cantante antes de ser piloto de una aerolínea comercial; Lady Catalina, y Kelly Johana que estudió mercadeo internacional. Olga es una mujer bajita, delgada, trigueña y de pelo oscuro, dieciséis  años menor que él y a la que prácticamente sacó de su casa cuando era todavía una jovencita con ayuda de una hermana mayor y la venia de su mamá.

Ella dice que en la "casa-finca" es donde Darío mejor se siente. Y como es la encargada de orientarlo en su pinta diaria y artística, pregunta con qué vestuario debe estar para atendernos.

Después de 522 canciones, muchas de ellas éxitos rotundos, y 45 smokings colgados en su clóset, ella lleva las  riendas del negocio y las cuentas de la familia. "Si no es por ella, yo hoy no tendría un peso", dice ya relajado en la barra del kiosco, en donde un anuncio de neón medio encendido lo bautiza como La cantina del despecho.

Cuando empezó a cantar, Darío Gómez lo hacía en dúo, sólo en 1985 se lanzó al ruedo como solista. Su talento artístico se lo atribuye a sus abuelos y a su padre, no tiene idea de cómo ellos aprendieron a tocar la guitarra, pero lo cierto es que él los oía tocar y a su mamá tararear con una voz muy fina y entonada las canciones campesinas de la época.

No aprendió a leer música, no diferencia una nota de otra en el pentagrama, pero asegura que el noventa y cinco por ciento de las melodías son de su autoría. Las tararea a sus músicos, "los violines taratantaran... y luego entran las trompetas popopomm, y luego las guitarras tiriritirin... y ellos me siguen".

Su devoción a Dios es total. "Soy católico, apostólico y antioqueño", repite, y a Él -a Dios- le atribuye que un día cualquiera, en San Jerónimo, Luis, un querido amigo, lo haya conducido a la historia que inspiró la composición que lo disparó a la fama. Hace 12 años, tomando aguardiente, Luis le contó que el antiguo cementerio del pueblo ahora era un barrio y lo convidó a seguir la rasca en una tienda en la que les pasaban las copas por una ventanita y que por ahí se veían restos humanos por ahí regados.

La señora que los atendió les dijo que aún la Alcaldía no había mandado a recoger los restos de los muertos. Y Luis, en plena borrachera, le dijo que esos huesos estaban ahí para que él los viera y compusiera una canción. Luis le preguntó cómo la titularía y después de ver las bóvedas abiertas, dijo: "Nadie es eterno en el mundo, hermano", y Luis le contestó, "¿Si ve hómbe? Es que usted es muuuuy inteligente".

A los pocos meses su amigo murió solo, de un ataque de asma, en una finca, sin que la canción estuviera escrita. Y Darío, recordando pedazos de esa noche de trago en el cementerio, le prometió que haría la canción.

Se sentó con un tinto y un cigarrillo en su casa del barrio 12 de Octubre en Medellín a pensar en la composición. No tenia ni idea de cuál sería su letra, su historia. Así que miró para arriba y dijo: "Diosito, yo tengo que hacer esta canción, Tú me dictas y yo escribo". Tomó cuaderno y lápiz, como siempre ha escrito sus versos y dice que fue una inspiración divina, porque sólo tuvo que pulirle dos palabras y cuando terminó, ya tenía la melodía en la cabeza.

De ese álbum pegaron los catorce temas. Y fue el que lo lanzó al mercado internacional y lo convirtió en ídolo popular. Dice que vendió millones de copias, y que no da el número exacto porque a la gente le da envidia. Ya pasó por el secuestro de su hijo mayor, a quien logró liberar por intermedio de un conocido de la música. De la canción hay muchas versiones, y se grabaron novelas inspirados en ella. "Nadie es eterno" partió en dos su vida y será la obra que, contradictoriamente, le dará eternidad a su historia artística.

Este es el verdadero origen de esa canción pero también podría ser, como muchos han creído, el episodio más doloroso en su vida. Hace ocho años, en un barrio de Medellín, en una pelea entre pandillas una bala perdida alcanzó a Luz Dary, la hija de su primer matrimonio, que iba sentada en una buseta. Ese asesinato lo conmueve todos los días, pero para recordarla no fue capaz de escribirle una canción, así que se la hizo a Daniela, la nieta huérfana que hoy tiene 15 años. Cuando la canta, también le canta a Rosángela, una de sus hermanas que murió enferma, es su homenaje particular.

Estos son los dos duelos propios que canta Darío Gómez en sus lamentos hechos música. Los demás, excepto los despechos provocados por el final de su primer matrimonio, nacen de historias que le cuentan, o que se le ocurren viendo o leyendo chismes de amores truncados.

"Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos..."  - Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

El titulo nobiliario del Rey del Despecho se lo otorgó una oyente de una emisora. Es un género musical que solo existe en Colombia. Con este género la gente llora, se abraza, se quiere, se odia, se pega, se maldice, se derrumba o se levanta, toma y fuma, baila o se paraliza, pero no hay lugar a la indiferencia.

Y eso es evidente en los conciertos, la actividad a la que hoy dedica gran parte de su tiempo. La venta de discos ya no le da, lo acabó la piratería, alcanzó a tener 65 empleados, y grabarles a 15 artistas, pero el sello DAGO Discos ya se cerró. Sólo conserva el estudio de grabación. Así que lo suyo son las presentaciones en vivo. No importa el tamaño del pueblo ni de la tarima en que lo pongan. Su única exigencia es que haya un sonido que proyecte su voz con fuerza y claridad para que los seguidores puedan cantar con él la letra de sus canciones.

Sus músicos son sus amigos. Es una orquesta de rancheras con acordeón, dice Gómez para describir la combinación de instrumentos que lo acompañan. Dos requintos, dos trompetas,  dos violines y un acordeón. En sus oficinas de Medellín, en las que están colgadas las fotos de su infancia y las menciones de honor, guarda la buseta que los transporta. En ella van carretera arriba y trocha abajo.

Canta en plazas, parques, coliseos o en la fiesta privada que pague el show. Así sea en medio de la selva a donde una vez llegó engañado y le cantó dos días seguidos al guerrillero de las Farc "El Negro Acacio". Pensó que lo iban a dejar en el monte, porque no lo sacaban de allí después de 48 horas de concierto. Al final del segundo día, "Acacio", que ya no está en este mundo, le dijo:

-¿Sabe qué? Usted es muy buena persona.
Y lo dejaron salir.

La música de Gómez es sobre los sentimientos humanos, así que nunca le ha interesado entrar con sus letras a temas políticos, ni mencionar a ninguno de los bandos de las guerras del bajo mundo que en más de una ocasión le han ofrecido dinero a cambio de una composición "original" del Rey.

De otros conciertos recuerda la época en las que compartía escenario en fiestas muy privadas en Cali y sus alrededores con Vicente Fernández y Rocío Durcal.

Antes de salir al escenario, Olga le ha escogido su smoking. La mayoría los compra en Europa o en Nueva York, donde ya tiene un almacén fijo. Tiene de varios colores, pero prefiere el tradicional, negro con blanco o blanco con negro.

Reemplazó el corbatín por unos broches, a veces de oro, que consigue en Miami. Y una vez listo y peinado, se echa dos whiskys, tres veces la bendición y sale con su micrófono en mano a cantarle al despecho.

Su show es sencillo, solo canta y canta y canta. A veces por dos o tres horas, si el público está muy contento. Los empresarios dicen que Darío Gómez es serio, que vale lo que cobra y que es muy cumplido y serio con sus compromisos.

En sus giras por España, Alemania o Estados Unidos son los colombianos los que llenan los conciertos. Allí donde va una vez al año, los paisanos le ruegan que cante "Amor de patria", un tema compuesto para enaltecer el orgullo nacional y que destroza al público que sufre por estar lejos.

Terminamos el reportaje con las últimas fotos en su mesa de billar. Su sonrisa me deja muy satisfecha. Ni una gota de aguardiente, ni una nota musical. No es que sea un santo ni pretenda serlo. Se los toma buenos y bastantes, oye música colombiana, boleros, corridos, porros o bambucos y los oye a ratos sin bailar porque no sabe. Le encantan las mujeres, de hecho alguna vez casi se separa de nuevo por un desliz de enamorado, pero volvió a su casa arrepentido y perdonado por su esposa.

Solo es que se le nota la madurez de quien ya ha hecho mucho más de lo que el destino le tenía marcado. No ansía descrestar con lo que tiene, ni en ser extremadamente atento con la visita. Está relajado, en su estado natural, donde no es ningún Rey, sino el paisa buena gente, al que le gusta estar en su casa, jugando al ajedrez -su hobby- y preparar todo para la tarea que tiene pendiente en la cocina el día siguiente: hacer los mejores tamales de San Jerónimo, Antioquia.

Por María Alejandra Villamizar M. // Fotografía Pepe Villamil

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