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'El consumo no da felicidad, la cultura sí'

Domingo 26 de febrero de 2017
Gente

'El consumo no da felicidad, la cultura sí'

Gilles Lipovetsky conversó con EL TIEMPO sobre los cambios recientes de las sociedades occidentales.

Por:  DIEGO ALARCÓN | 

Gilles Lipovetsky tiene hoy 71 años y es uno de los profesores 'estrella' de la Universidad de Grenoble (Francia).

Foto: Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

Gilles Lipovetsky tiene hoy 71 años y es uno de los profesores 'estrella' de la Universidad de Grenoble (Francia).

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En 1983, la academia europea se estremeció con la publicación de un ensayo titulado La era del vacío, un escrito que describía y analizaba los cambios sociales producto de la ebullición de la economía de mercado y la caída de los grandes referentes del pasado, evidenciada en asuntos como la política y la religión, por citar dos ejemplos muy sonoros. Su autor era Gilles Lipovetsky, un francés, profesor de la Universidad de Grenoble (Francia), que entonces introducía nuevos conceptos en el análisis teórico de la sociedad y sus prácticas.

Ese fue el comienzo de Lipovetsky en el camino que lo llevaría a convertirse en un referente intelectual, en el sociólogo que describiría los tiempos contemporáneos a través del concepto de la hipermodernidad, una era marcada por el consumismo, el individualismo, la educación permisiva en vez de la impositiva, la liberación sexual y el narcisismo, entre otras características. Con los años sus libros continuaron ahondando en ese propósito de explicar cómo ha cambiado el mundo occidental. Así fueron apareciendo títulos como El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas; La tercera mujer: Permanencia y revolución de lo femenino; La felicidad paradójica: Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo, y su más reciente libro, La estilización del mundo: vivir en la era del capitalismo artístico. Todos estos ensayos, parte de una lista más extensa que abarca toda su obra, lo han ido ratificando como uno de los intelectuales más acertados e influyentes de la actualidad.

En conversación con EL TIEMPO, Lipovetsky repasa buena parte de los postulados que ha expuesto a lo largo de su carrera. Critica la falsa idea de que consumiendo productos el hombre se acerca a la felicidad, pero a la vez afirma que la cultura mercantil ha puesto el arte y la estética al alcance de las mayorías, para concluir que el capitalismo ni es ángel ni es demonio. Habla de los cambios del ciudadano común a la hora de relacionarse con la política tradicional y de la aparición de nuevos fanatismos derivados de la religión, con el yihadismo como ejemplo número uno en la actualidad.

Usted ha asegurado que los referentes políticos ya no representan la misma autoridad de antes para los ciudadanos. Sin embargo, los políticos tradicionales siguen triunfando en Occidente y los partidos de siempre siguen siendo quienes obtienen el poder…

La política sigue, sí, pero también hay cambios. Lo que caracteriza la hipermodernidad es el fin de la confianza. Ya no les creemos como antes. Hoy vemos en las encuestas que la gente ya no confía en el Congreso, en el Presidente, en los sindicatos… La gente es prevenida porque tiene más información que antes, hay menos ideologías fuertes y más crítica. Los grandes partidos políticos tenían en los años 50 y 60 tres veces más militantes proporcionalmente.

La gente se ha distanciado de la política por razones de fondo: porque los políticos no cumplen con sus promesas, escasean las ideas que pongan a soñar y porque hoy es el capitalismo el que está liderando la danza. La política tiene un poco de poder, muy poco. Hoy nadie cree que ella pueda cambiar el mundo. Todavía le queda algo, pero el poder del capitalismo hace retroceder la autonomía de lo político. Entonces, los ciudadanos no son imbéciles y dicen ‘bueno, derecha e izquierda van a hacer lo mismo, que es cuidar a los grandes capitales’. No quiero decir que los ciudadanos hayan perdido el interés en la cosa pública, pero ya no creen tanto en la política. Francia es un gobierno socialista, pero el Ministro de Finanzas es un hombre traído de la banca. Los venezolanos pensaban que Chávez iba a poner fin al imperialismo y ahora miramos el resultado…

Pero si los ciudadanos no creen en ella, ¿cuáles son los cambios que la han mantenido vigente?

Que exista desconfianza en las jerarquías políticas de antes no quiere decir que las personas se hayan negado a apoyar y defender causas. Se trata más bien de ver que no es lo político la aspiración, sino que existen nuevos escenarios para expresar el pensamiento. Hoy vemos que se debaten temas que antes no aparecían: debatimos sobre las energías renovables y el cambio climático y muchas veces estos temas se discuten afuera de la esfera política, en la academia, por ejemplo.

En el campo religioso vemos fenómenos como el yihadismo. ¿Hay nuevos fanatismos ahora?

El fanatismo es un tema mucho más complejo. ¿Cómo explicar que jóvenes nacidos en Francia o en Inglaterra decidan muy rápidamente, en unos meses, convertirse al islam? Se dejan crecer la barba, se ponen un turbante y viajan a Siria. Fueron formados escuchando rock and roll, música pop, jugando videojuegos, y se vuelven fanáticos yihadistas… Es la figura del individualismo. ¿Por qué? Porque ya no hay marcos colectivos. Los jóvenes se convierten y luego, en el individualismo hipermoderno, hay una pérdida de identidad y buscan formas de valorización y de legitimación de su propia vida para justificarse, para ellos mismos. A nosotros nos puede parecer horrible, pero no a quien lo hace. El sacrificio no importa porque es un sacrificio escogido.

Usted plantea que el consumismo no llena satisfactoriamente los vacíos de la gente y que al mismo tiempo existen actividades más sensibles como la fotografía o la pintura. ¿Por qué solemos ver lo comercial como algo de menor valor artístico? Diversos intelectuales asocian el consumo con la manipulación y no con el ejercicio de la libertad…

Yo no soy un nostálgico del tiempo de las grandes jerarquías, ni me incomoda que hoy haya exposiciones en los museos. Los individuos escogen casi al infinito, como en la música, por ejemplo. Creo que no hay que condenar el capitalismo, pues está haciendo su trabajo, finalmente. ¿Por qué criticamos siempre el capitalismo y no los otros sistemas? No obstante, sí queda entre los intelectuales una nostalgia de un mundo de superiores e inferiores. Quieren ser de alguna forma los guerreros que defienden la alta cultura contra su degradación, es una postura que es incluso bastante estratégica. Denuncian los medios publicitarios, pero los usan también mucho para dramatizar sus puntos de vista, oscurecen el panorama para alumbrar su postura. La posición de los intelectuales también ha caído.

Sin embargo, ¿es posible decir que el mercado puede llevar a que a la gran mayoría nos guste lo mismo?

Es extremo. Alguien podría decir que en la hipermodernidad todo el mundo hace lo mismo: usa bluyines, tenis, sale de vacaciones, compra las mismas marcas, etc., como si se tratara de una especie de sociedad de clones. Decirlo no es totalmente falso; no obstante, es tonto olvidar el individualismo, la singularización de la gente: vamos a cine, sí, pero no vamos a ver las mismas películas. Escuchamos música por la misma plataforma en internet, pero no escuchamos la misma música. De pronto usamos las mismas marcas, pero la decoración de mi casa no es la misma que la suya.

¿Pero se podría hablar de un empobrecimiento cultural entonces? ¿Ahora somos más superficiales en la manera de pensar que antes?

¿Empobrecimiento cultural, pauperización de la cultura? ¿De quién estamos hablando? Si hablamos de las élites, quizá. Cuando vemos la manera en la cual las élites europeas fueron educadas a principios de siglo (latín griego, lectura de los clásicos, cultura humanista), la realidad hoy es diferente. Ahora la gente va a escuelas de ingeniería y a las escuelas de negocios, básicamente. Es una cultura del cálculo operativo. Probablemente el estetismo de un Baudelaire, de Oscar Wilde, de Proust, ya no corresponde tanto a la cultura, incluso a la de nuestras élites. ¡La escuela de negocios! ¡Por Dios! Antes esto era horrible. Claramente algo cambió.

No obstante, nunca ha habido tanta gente que escucha música. Me dirán ‘bueno, pero no es la misma música’. De acuerdo. Pero es cultura igual. ¡No escuchan Wagner! ¡No escuchan Debussy, ni Mozart! ¡Ni siquiera jazz, al parecer! Igual, es música. Puede parecer menos sofisticado, trascendental, y probablemente lo es, pero igual es cultura. Otro ejemplo: hoy hablamos de mil millones de personas cada año que viajan en avión a otros países de turismo. Pueden ir de compras, es verdad, pero no solamente. Van a ver los paisajes, van a ver los museos, las ciudades hermosas, van a Venecia, a Florencia, a Nueva York, a París, van a Río de Janeiro, a Cartagena… Pienso que hay alguna forma de empobrecimiento porque ya no hay puntos de referencia intelectuales y escolares, pero el gusto por la cultura no se empobreció. Creo que se democratizó, más bien. A la gente le gusta sentir, tocar, oler, mirar, eso no ha cambiado; y lo hace porque busca la felicidad que no encuentra en el centro comercial.

Colombia es un país que tiene problemas: desigualdad, violencia, pobreza, etc. Sin embargo, a menudo es noticia que algún estudio asegura que es de los países más felices del mundo. ¿No es al menos extraño?

La pregunta de la felicidad es tan compleja… Estados Unidos es uno de los países más ricos, pero no el más feliz. No tiene que ver solamente con el producto interno bruto. A veces los países con mucha desigualdad no se declaran muy felices. La desigualdad crea celos, odios, envidia, pero no conozco a fondo el caso de Colombia. El consumo le ha dado la felicidad a la humanidad y también infelicidad: hay estrés, suicidios, adicciones… Es claro que la gente no está en el nirvana todo el tiempo.

¿La mentalidad del corto plazo de hoy puede cambiar?

El cortoplacismo está en el consumo, pero también en el sistema de la bolsa, en el bancario. Estoy convencido de que la educación tiene un papel fundamental. Hay que ofrecerles una educación digna a los jóvenes, que incluya otras perspectivas diferentes a ganar dinero y consumir. Creo que la educación artística es insuficiente. Hemos considerado que la educación artística era lo último: primero las matemáticas, las ciencia, un poquitico de arte, ahí, salpicado… Y creo que es un error. Es un error porque el hombre del mañana tendrá cada vez más aspiraciones estéticas: el amor por la belleza y la necesidad de expresarse. Por eso, la expresión artística, el amor al arte, a la fotografía, al video, al cine, le dan a la gente felicidad, una felicidad más personal, algo que se siente adentro. Uno como consumidor no progresa: uno compra una cosa hoy y otra mañana. En el arte sí. La política democrática real debe trabajar en pro de la autoestima de los ciudadanos, que se sientan orgullosos de sus vidas. La información se puede conseguir en internet, pero ese amor se cultiva con la educación.

DIEGO ALARCÓN
Redacción Domingo

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