Solo es un caso de tantos

Solo es un caso de tantos

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12 de noviembre 2016 , 12:13 a.m.

En Colombia se registran 83.267 personas desaparecidas forzosamente. Seleccionamos los departamentos en los cuales Nidia, Paulina, Rosario y Amparo tienen indicios o encontraron los cuerpos de sus seres queridos, para evidenciar que, según el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres (SIRDEC), del Instituto de Medicina Legal, son muchos más y está pendiente contar su historia.

Nidia y Carmen escriben para recordar y demostrarle al mundo que Deiber y Tulio existen aún, que tenían sueños, andanzas, ganas de amar, endulzar a una madre y abrazar a sus hijos.
El cuaderno de la memoria guarda fotografías y testimonios íntimos de los seres que llevan contenidos en ausencia.

“Con este uniforme, María Cristina se graduó con honores de la Universidad Unillanos como enfermera-jefe, en el 2002. Su primer trabajo fue en la Secretaría de Salud de Calamar, Guaviare, donde recibía turno a las 6:00 a. m con su uniforme, contrario a sus compañeras, que preferían recibirlo en blusas ombligueras, asunto que le disgustaba mucho a Cristina”.

“Este chamizo lo traje de una vereda en Calamar buscando el cuerpo de mi hija; ya llevo cuatro visitas ayudando a abrir huecos con la Fiscalía y no he encontrado nada”.
Paulina Mahecha.

“Esta cachucha se la regaló el papá cuando tenía 21 años. La llevaba siempre cuando hacíamos paseos de río y sancochos. No la dejaba por nada y le gustaba mucho la pesca”. Nidia Mancera.

“Esta muñeca fue un regalo de Navidad cuando Zuly tenía 9 años. Se divertía mucho jugando con ella y es lo único que conservo de sus juguetes más preciados”. Amparo Buzato.

Este reloj es un recuerdo que conservo con mucho cariño, mi esposo me lo regaló cuando sembramos una cosecha de maíz y nos fue muy bien. Y las notas del colegio de mis hijos, que fue las últimas que firmó”. Carmen Mora.

“A él le gustaba mucho la vaquería y capar a los novillos. Este era su poncho preferido para las jornadas de ardiente sol. Le encantaba la música norteña y, en especial, Vicente Fernández, jugar tejo y billar”. Rosario Peña.

UNA OBRA DE TEATRO LLENA DE DIGNIDAD

Estas mujeres sobrevivientes de la ausencia hicieron que un angelito se convirtiera en pájaro y comenzara a volar, a contar sus historias sin libreto, solo dejando en el escenario lo que son y la rezagada esperanza que persiguen.EL CAMINO PARA LLEGAR A SUS HISTORIAS

Paulina, Nidia, Carmen, Amparo y Rosario cuentan su tragedia mientras cocinan, dan tetero, se disponen a tomar el café de media tarde o llega la noche, en una ciudad que todavía deja escuchar los grillos gorgotear. El queso, el pan de arroz y los limones, entre otras cosas, llegan a la puerta de la casa en bicicleta y se pagan a cuotas.

En cada viaje a buscarlas, las nubes condensadas persiguen la carretera y se disuelven en el horizonte entre el juego de llanuras, ríos y montañas, que ellas nombran con exactitud porque las tuvieron que aprender buscando lo amado en fosas comunes, en lugares referenciados por habladurías y versiones libres de paramilitares. Otras ni siquiera tienen dónde preguntar.

Son mujeres que todavía les queda un saldo de fe para hallar justicia.

LAS HISTORIAS DE SUS PROPIAS BÚSQUEDAS

PRESAGIO DE GALLINAS

—¡Mamá!, soñé que era perseguida por gallinas. Yo escapaba, corría, y cuando desperté, estaba cansada.
—¡Uy, mamita!, eso es un mal sueño, cuídese por allá.

Tal vez esa fue la última pesadilla de María Cristina Cobos.

En marzo de este año, Paulina –su mamá– hubiera puesto en la mesa un ponqué para celebrar el cumpleaños número 41 de su hija y la foto familiar estaría acompañada por un diploma en gerencia hospitalaria. El lunes 19 de abril del 2004, los paramilitares del Bloque Centauros no permitieron que se hiciera realidad la fotografía de una familia feliz.
Cuando era niña, Cristina jugaba a ser enfermera y curaba a sus muñecas. Su deseo era estudiar Medicina, pero al carecer de las condiciones económicas para cursar esta carrera, optó por el pregrado en Enfermería, el cual ayudó a pagar con la venta de bolsos que confeccionaba su mamá.

Decidió llegar a Calamar –a tres horas de San José del Guaviare– para hacer su año rural: “Yo sé que es peligroso pero allá me necesita la gente, hay paramilitares, ejército y guerrilla, yo debo atenderlos a todos”, le contaba Cristina a su mamá cuando regresaba a casa.

Tres días antes de su cumpleaños, después de nueve años de su desaparición en el año 2013, el puesto de salud de Calamar, Guaviare, recibió su nombre. Es recordada por organizar a las parteras, por recorrer el río Unilla en las zonas más apartadas de Calamar inscribiendo campesinos al Sisben, por coordinar brigadas de salud para inyectar glucantime y tratar la leishmaniosis –medicamento conocido comúnmente como ‘pito’ y que inicialmente en el país solo recibían militares, sin embargo, a pesar de que después se “democratizó”, los campesinos temían consultar a los médicos por miedo a ser catalogados como guerrilleros–.

“Conocí a Cristina el 20 de abril de 2004, cuando fue retenida por los urbanos del frente Centauros de las AUC, que hizo la investigación para declararla objetivo militar por ser colaboradora de la guerrilla llevando medicamentos (…). Con unas pinzas comenzaron a sacarle uña por uña de la mano”, declaró el exparamilitar Jorge Díaz a un fiscal en enero de 2005.

“Ella iba en un carro con destino para Calamar y reconozco que en la parte derecha estaba María Cristina. La saqué del vehículo y adelante de un lugar conocido como La Marina la bajo y empezamos a preguntarle qué conocimiento tenía ella de la guerrilla. Ella nos dijo que trabaja en la farmacia (creo) y que le quedaba muy difícil al entregar los medicamentos averiguar quién era o no era de la guerrilla. Empezamos a maltratarla psicológicamente. Tomamos la decisión con el señor Ramón de colocarle un poncho en el cuello. Ramón empezó a halarla hacia un lado y yo hale hacia el otro, al estilo de una asfixia mecánica. La soltábamos por tiempos y después repetíamos (…). Luego, tomamos la decisión de regresarla a la trocha y le doy la orden a Ramón que den a la señora de baja”, fue la declaración en la versión libre del paramilitar Edilson Cifuentes, alias Richard. En este hecho otros dos paramilitares estuvieron implicados en las torturas, robo de dinero y desaparición de Cristina.

Paulina salió a buscar a su hija un día después de haber recibido una llamada desde Calamar en donde le informaban que no había llegado a trabajar. Viajó a San José, habló con militares del Batallón Joaquín Paris buscando respuestas, pero la indiferencia y el maltrato llegó con expresiones y juicios que nada tenían que ver con la vida de su hija: “Señora, no se preocupe que ella se fue con el mozo”.

En el pueblo se rumoraba a viva voz que habían sido los paramilitares. Paulina logró contactarse con uno de ellos y le advirtieron: “Señora, no busque que le puede pasar lo mismo”. Posteriormente, esta madre comenzó a reconstruir durante múltiples viajes el último camino que transitó Cristina y a hacer su propio mapa de los hechos: “Nadie me quiso recibir la declaración de la desaparición de mi hija. Con la ayuda de un político logré llevar el proceso a la Fiscalía en Bogotá, de otra forma estaría guardado”.

Paulina aún conserva el telegrama que le llegó en abril de 2015 de la Sala de Justicia y Paz, para una audiencia ampliada con los que desaparecieron a su hija y donde le advirtieron: “No es necesaria su asistencia”.

Bruno y Pepe son los dos perros de rescate que acompañaron a Paulina en una de las últimas diligencias de búsqueda con la Fiscalía para encontrar el cuerpo de su hija. Después de varios años, en una versión libre, alias Richard reconoció sus actuaciones y dio las referencias del lugar de los hechos. Paulina lleva tres visitas ayudando abrir huecos y su hija no aparece. “Una vez me dijo un funcionario: ‘Señora, ya no busque más. Haga un entierro simbólico con alguna prenda de su hija y no sufra tanto’”.

La abuela Carmen, de 94 años, aparece en una fotografía con el retrato de Cristina que lleva la fecha de nacimiento y el día de su desaparición. En sus diálogos, disipados por la edad, hace intervenciones repentinas afirmando que a Cristina la vieron en Puerto López. Para la abuela Cristina, algún día volverá.

La ausencia de Cristina ha sido un mal sueño de gallinas que aún no termina para su familia.

LA DIOSA JUNO DESAPARECIÓ

Juno es la diosa romana del cielo y la tierra, representa lo femenino, la fertilidad y es la protectora de las mujeres. Zuly fue Juno a los 7 años, su mamá la disfrazó por la famosa propaganda de jabón de los años 80 que garantizaba dejar la piel “como la de una diosa”. Con Juno en su vientre estaba germinando por segunda vez una nueva vida, pues una toma paramilitar en el año 2001, en Charras, Guaviare, acabó con la fecundidad y dejó a su primera hija, Tania, de 9 años, en la copa de un árbol.

“El 18 de septiembre recibí una llamada a la 1:30 de la tarde en la que me preguntaron:

—¿Usted es la madre de Zuly?
– Sí.
—La llamamos para avisarle que a su hija se la acaban de matar, venga por la niña que fue lo único que le rescatamos”.

A la niña la subieron a la copa de un palo y no la mataron fue por eso. Yo viaje y en San José del Guaviare me la entregaron, yo quise averiguar y me dijeron: “O se va ya de aquí o no quiere ver su suerte”, cuenta Amparo –la madre de Zuly–, con los ojos cristalizados y el llanto atragantado.

Después de tres años, la abuela materna de Zuly decidió reportar la desaparición ante la Fiscalía de Villavicencio: “Se le enseñó el álbum de cadáveres N.N., el cual revisó con resultados negativos, por lo tanto, se procedió a diligenciar el formato para búsqueda de personas desaparecidas”, se reporta en el informe del Grupo de Identificación de Criminalística de la Fiscalía.

“Mi mamá siempre hacía esas diligencias porque yo guardaba la esperanza de que fueran mentiras. En una ocasión, un fiscal delegado mencionó:

—Si usted sabe dónde está, hagamos una cosa: vaya hasta allá, saque una fotos, me hace toda la enmarcación y viene y me avisa”.
—Si eso fuera tan fácil, doctor, ya lo habría hecho”, respondió indignada Amparo.

En el año 2005, la Fiscalía notificó que se abstenía de decidir de fondo en el proceso y “me hicieron entender que el caso estaba cerrado; pero cuando comenzó lo de Justicia y Paz volví a intentarlo”.

En el año 2013, Amparo visita por primera vez Charras, una vereda ubicada a 30 minutos en lancha desde Mapiripan, en medio de las sabanas de los llanos y la selva, donde las incursiones paramilitares entre el 2001 y 2003 dejaron un pueblo fantasma; solo hasta el 2007 sus pobladores comenzaron a regresar.

Aprovechando una jornada de exhumación y entrega de la Unidad de Justicia Transicional de la Fiscalía, Amparo acompañó a los familiares de esa jornada y aprovechó para indagar sobre los sucesos que determinaron la desaparición de su hija, preguntando a quien podía con fotografías de ella en mano. “Yo vine a perder todas las esperanzas de encontrarla viva cuando estuve en Charras, allí me confirmaron el sitio donde ella había caído”. Con estos datos realizó una segunda visita: “En otra comisión de búsqueda se hicieron 112 huecos, pero no se encontró nada. Estamos esperando una tercera visita a través de la Cruz Roja y siguen pasando los años”.

Zuly no pudo conocer a su nieta, quien juega con un gato aprendiendo a dar sus primeros saltos. Esta pequeña observa a su abuela, que está en la foto más grande de la casa. Es risueña y todavía no pregunta dónde está la abuela, sin embargo, con el tiempo Amparo aspira decirle con certeza en qué lugar de la tierra está la diosa Juno, que ella no pudo conocer.

SI TÚ NO ARDES DE AMOR, EL MUNDO MORIRÁ DE FRÍO

Deiber no lleva los dulces ojos oliva de su mamá. Un pendón de un metro de largo cuelga en la entrada de la casa de Nidia, donde Deiber amplía su mirada, dialoga con ella, la mira desde su cama y la acompaña en la soledad de los vestigios que trae la ausencia.

Si estuviera, contaría que su mamá intentaba siempre tener azufre, sulfato de magnesio y sal vigua para curar las heridas, porque eran los tiempos de trochas que iniciaban a colonizarse. Además, se sentiría orgulloso de ser un cumplidor cuando sacaba a pasear alguna muchacha por los parajes de Puerto Limón, Meta, y prendería el equipo después de llegar de la finca para bailar carranga junto a su mamá y hablar hasta el amanecer. Sin embargo, hoy no hay finca y hace 13 años él no está.

Nidia y su esposo comenzaron a poner los cimientos de su casa de paso en Villavicencio en el barrio Delirio. “Habían dos casitas, el resto era potrero; era una casita de madera que nos servía para quedarnos cuando veníamos de la finca. Allí vivía Deiber, tenía 25 años y acompañaba a la abuelita, salió el sábado primero marzo a las 5:30 de la mañana con un muchacho y no volvió”. En ese momento aparece un tenue silencio en su relato, pero continúa diciendo: “Por llorar de día y de noche me dio una enfermedad que impide que la sangre llegue al cerebro y hace que se olviden las cosas”. Sumado a esto, padece de cáncer en el seno izquierdo.

“Yo me vine a buscar a mi muchacho y a saber con quién se había ido”. El año pasado en una audiencia de versión libre de Justicia y Paz, Luis Árlex Arango, alias Chatarro, quien dirigía a los paramilitares “urbanos” en San Martín, Meta, confesó la ubicación de dos fosas comunes. “Allí apareció el supuesto amigo de mi hijo, pero mi muchacho, no”.

“En la Macarena, la cosa se puso dura con la pelea entre la guerrilla y el Ejército. Por lo de mi hijo, yo me vine a buscarlo, duré como veinte días. Cuando regrese a la finca, eso fue un problema: la guerrilla nos dio la salida por habernos demorado, allá se quedó todo y a empezar de nuevo. Su padre lo espero siete años y tres meses anhelando que golpeara la puerta de la casa”.

A sus 61 años, Nidia lleva en el cuerpo la memoria del campo, la tierra que germinaba maíz, yuca y plátano, la intensidad clorofílica de las montañas por donde pasó y las flores que adornaban las historias, el trabajo y las alegrías criando dos seres que aguardó en su vientre, así como siete niños huérfanos de madre. Esta grande suma de hijos un día la existencia comenzó a restar aquel ombligo que estuvo conectado a su útero, vio desprender y crecer paso a paso.

En un cuaderno, le escribe a su hijo en el silencio:

“Si tú no ardes de amor, el mundo morirá de frío”.

Ahora lanza suspiros cargados de melancolía, intentando que el amor se encienda para recobrar el sentido y no morir de frío, después del angustioso recuerdo de una partida que no ha tenido regreso ni explicación.

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