El calendario ancestral

El calendario ancestral

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22 de noviembre 2016 , 12:33 p.m.

El calendario ancestral

Los muruis muinanes, según la Asociación de Autoridades Tradicionales y Cabildos de los Pueblos de Leguízamo (Acilapp), son una comunidad milenaria conformada por 4.449 personas, solo en Puerto Leguízamo. También hay de su gente en Caquetá y Amazonas.

Aunque realmente quedan pocos, pues a comienzos del siglo pasado sumaban 400.000, de los cuales la mayoría –toda una generación– fue exterminada en medio del genocidio indígena en toda la Amazonia por cuenta de la explotación del caucho.

En octubre del 2012, este pueblo conmemoró 100 años de ese doloroso y humillante episodio, en el que los indígenas de Colombia, Perú, Brasil, Ecuador y Bolivia fueron esclavizados y masacrados en medio de la ‘fiebre’ de la cauchería.

Aún así, los muruis son la comunidad indígena más grande de Leguízamo, territorio que comparten con otras etnias como sionas, coreguajes, kichuas, muimanes, y también con campesinos.

En su lengua, murui muina, significa ‘gente de tabaco, coca y yuca dulce’. Son los elementos sagrados que les entregó el Padre Creador, y ahí está fundamentada su ley de origen y sus normas. Así lo explica Jaime Toiquema, representante de las autoridades tradicionales.

“La coca y el tabaco nos dan la fuerza, la medicina, la palabra, la sabiduría”, dice el hombre con un mazacote de coca molida en la boca, muy verde, que escasamente le permite escupir las palabras. Él y otros treinta muruis están mambeando en la maloca de Leguízamo. Mambear: masticar coca, meditar y evocar el conocimiento ancestral bajo el efecto de esta planta sagrada, que lamentan sea explotada por otro negocio perverso que también han padecido: el narcotráfico.

Allí, bajo una maloca de techo de paja tan grande como la carpa de un circo, se reúnen a compartir y a hablar de cosas trascendentales para su pueblo, como el nuevo calendario ecológico.

Hamilton Rombarillama, uno de los líderes más visibles de la comunidad, cuenta que el almanaque es una herencia milenaria que ha sobrevivido a los siglos a través de la tradición oral y de las señales del sol, la luna y de las criaturas de la selva. De la lluvia y la sequía, de las corrientes del río.

Las imágenes allí plasmadas solo estaban en la mente de sus hermanos mayores. Y solo hasta este año cobraron vida en el papel, en un proceso que comenzó en noviembre del 2015 y terminó cuatro meses más tarde.

Hamilton muestra con orgullo el calendario, pegado sobre una pared de barro. Es redondo y en lugar de días del mes tiene dibujos: el sol (jitoma) y la luna (fibii), los peces (chamu), el río (iye)...

El año, para este pueblo, comienza en julio (rozi). “Es la temporada de mayor fecundidad y purificación de la Madre Tierra, donde todo –humanos, selva y animales– se purifica”, dice. Pero esta época, antes, ocurría en junio. El cambio climático la retrasó un mes y por eso fue adaptada junto con otros fenómenos naturales que también se han visto alterados.

Como el fin de la cosecha del chontaduro que ocurría en marzo y ahora es en febrero. O como el fin del verano y el comienzo del invierno, que ocurrían en mayo y ahora son en abril. O como los peces y las ranas, que desovaban en febrero y ahora lo hacen un mes más tarde. Pero, en general, el calendario conserva la esencia ancestral. Y ya que el cambio climático obligó a adaptarlo, esperan no tenerle que hacer más ajustes.

Según WWF, la iniciativa del calendario se dio con el fin de fortalecer los procesos de protección del conocimiento tradicional asociado a la conservación y usos de los ecosistemas de un pueblo que tiene amenazada su biodiversidad y supervivencia. En el 2014 no hubo verano y las aguas estuvieron en sus niveles más altos, por lo que no pudieron sembrar la chagra. Y en el 2015 el verano fue tan largo que afectó la germinación de las semillas.

Del petróleo y otros peligros

Pero hay otras amenazas, añade Hamilton Rombarillama. Y la industria petrolera es una de ellas, en una de las regiones con mayor producción de hidrocarburos en el país. En tres de las comunidades de su territorio (seis millones de hectáreas) hay proyectos de exploración sísmica bajo concesiones del Gobierno. Ya lograron frenar uno mediante una consulta previa con la comunidad, en marzo de este año. Y esperan poder frenar los otros dos, aunque las petroleras se están armando jurídicamente para seguir en la pelea.

Las comunidades tomaron la decisión de no aceptar la intervención de su territorio, pese a todas las prebendas que les ofrecieron. “No hay recursos económicos que compensen el daño a nuestra espiritualidad y, sobre todo, a nuestra Madre Tierra. Por eso decimos no al petróleo”, reflexiona Hamilton. Y aunque el panorama sea desolador, los muruis luchan para salvar a su pueblo y al planeta.

Pero para que eso suceda hay que pedirle perdón a la Madre Tierra.

“Debemos volvernos a reconocer, con confianza y respeto. Los gobiernos y las personas, con la palabra como única arma”, dice Luis Alberto Cote, otro líder.

“El hombre ha avanzado muchísimo por su afán de dominar el mundo con el poder y el dinero y todo eso va en contra de la vida”, sigue Jesús Arias, un abuelo de 70 años convencido de que el modelo económico que rige al mundo es el causante de tantos males.

Rudi Óscar Romero cumple un rol especial en Lagarto Cocha: es el guardián de la selva. Con la agilidad de un gato se trepa a un árbol, sube hasta la copa, divisa el panorama y baja. Su misión es corroborar que el río esté en su nivel, que no aparezca un incendio, y avisar si el cielo, a lo lejos, anuncia lluvia.

“Es que están pasando cosas raras”, indica el hombre y recuerda que en octubre del año pasado hubo una impresionante subienda de peces en el río Putumayo. Había tanto pescado que en Leguízamo vendían el kilo a 500 pesos. Y sucedió pese a que el río estaba bajito y aunque la subienda siempre ha sido varios meses antes: entre mayo y junio.

“Claro que tenemos fe, pero también tenemos miedo”, sigue el hombre y vuelve a treparse al árbol para ver qué pasa en la selva. La fecunda selva, que pese a tanta muerte, no deja de parir vida.

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