El amor en tiempos de las Farc

El amor en tiempos de las Farc

Carolina y Diego se conocieron mientras militaban y entregaron sus armas en 2013. Primera parte.

fg

Carolina, con seis meses de embarazo, y su hermana, Margarita, trabajan en el campo. Margarita dejó a su familia a los 16 años, porque estaba enamorada de un guerrillero y quería irse a vivir con él.

Foto:

Margot Loizillon

25 de agosto 2016 , 05:30 a.m.

Desde hace ya algunos años, numerosos combatientes han abandonado la última gran guerrilla de América Latina, como lo hicieron Carolina y Diego, quienes se unieron a las Farc sin ninguna motivación ideológica, se amaron en la selva y entregaron sus armas hace tres años.

El pequeño colectivo sale del terminal de transporte de Bogotá. A bordo, unos 30 pasajeros incómodos se dirigen al departamento de Tolima, al occidente de la capital colombiana.

Seis horas de camino más tarde y tras haber recorrido apenas 200 km, me reúno con Diego y su moto en la plaza del pequeño pueblo de Líbano. Atravesamos la decena de kilómetros que separan la ciudad de su finca, en donde cultiva plátanos y fríjoles.

La carretera se encuentra en muy mal estado como consecuencia de las fuertes y densas lluvias. Una vez parqueamos la moto al borde de la carretera y la tapamos con una lona, todavía nos falta caminar unos buenos veinte minutos para llegar a su casa construida en guadua. (Ver también: Farc ya iniciaron preconcentración en algunas regiones del país)

El camino es fangoso, tortuoso, incluso hay que atravesar un riachuelo sin ningún puente.

Al final del camino nos espera Carolina, su mujer. Tiene más o menos 6 meses de embarazo, una idea que no me puedo sacar de la cabeza con cada paso que damos en medio de esta selva húmeda. Me pregunto si van a seguir viviendo escondidos.

Carolina y Diego tienen 27 y 32 años, respectivamente. Hace tres años desertaron, con pocos meses de distancia, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). En 2007, los caminos de estos dos exguerrilleros se cruzaron por primera vez.

Carolina tenía 19 años y Diego, 24. Diego hacía parte de las tropas del comandante Dionisio Rayo; Carolina trabajaba desde hace algunos años con el comandante Víctor Julio Suárez Rojas, alias Mono Jojoy, jefe del bloque oriental, considerado uno de los dirigentes más sanguinarios de la organización.

Ese día, las tropas de los dos hombres se encontraron para acampar en la montaña. Carolina debía recuperar los huesos de una vaca que Diego acababa de matar para preparar la sopa de los combatientes. Inmediatamente se sintió atraída por ese muchacho de energía desbordante. (Ver también: Diez ideas que resumen el histórico discurso de Santos sobre el cierre de las negociaciones con las Farc)

Diego se le burla: “Estaba tan gorda en esa época!”. Sin mucho tiempo para conocerse, los futuros enamorados se ven separados por primera vez: Carolina debe irse para tomar un curso de radio de dos semanas.

A su regreso, el ‘Mono’ la transfiere a la unidad de Dionisio. Se encuentra entonces compartiendo la vida cotidiana junto a Diego. Rápidamente comienzan a salir.

“En las Farc uno casi siempre está emparejado, comenta Carolina, porque la vida es muy dura: hay que levantar el campamento, cargar sus cosas, cargar equipos, y entre dos es más fácil. Sin embargo, hay que pedir autorización para estar juntos y dormir en la misma carpa. Por supuesto uno siempre comienza rompiendo las reglas…”.

Algunos meses más tarde, y como ocurre comúnmente, las unidades se mueven y se desplazan. Dionisio debe irse de la región y le pregunta a Diego si quiere irse con él o prefiere quedarse con Carolina, quien será enviada de regreso con el ‘Mono’. Diego escoge a Dionisio.

Guerrillero a los 9 años

Diego tomó esa decisión porque con él fue que se volvió guerrillero, y hace ya 15 años que viven juntos, que es su hombre de confianza. Diego tenía nueve años cuando se unió a las guerrillas. Pasó su infancia en el departamento del Meta, en zona roja, es decir en un territorio completamente controlado por las Farc, donde el Estado no existe.
Es el menor de cinco hermanos y sus padres se separaron cuando su madre estaba embarazada de él.

Cuando tenía casi siete años, se lo encargaron a un vecino mientras que su mamá, su padrastro y su hermano de 12 años se iban a cosechar coca, a 10 horas de carretera de su pueblo. Pasaron dos años antes de que Diego y su familia pudieran reunirse de nuevo. Cuando regresaron, Diego estaba particularmente insoportable y no dejaba pasar la oportunidad de hacer alguna diablura. (Ver también: Los pasos que siguen en la ruta del plebiscito por la paz)

Cuando su madre lo castigaba o le pegaba, él le respondía que se iba a meter a las Farc: “Un día cogí un machete y partí una de nuestras gallinas en dos. Mi madre me pegó y yo me puse a llorar. Le dije: ‘Me voy ya mismo!’. Me contestó: ‘Váyase, le sentaría bien. De todas maneras, usted no aguantaría allá’ ”.

Después de esa enésima pelea, la madre de Diego tomó la iniciativa y salió en búsqueda del entonces comandante del frente 26, Dionisio Rayo. Su campamento estaba ubicado a dos horas de camino del pueblo. Los dos hacen un pacto:

Diego se quedaría un año con la guerrilla, a ver si cogía un poco de seriedad, y luego regresaría a casa con su madre.“Yo quería ser futbolista o guerrillero. Me gustaban las armas y quería tener un fusil. Quería esperar a los 15 años para irme, pero la vida lo quiso así”.

Carolina también se crió en una zona roja, en el departamento de Cundinamarca. Tanto para Carolina como para Diego, la presencia de las Farc era algo normal. Ya fuera para que les vendieran una gallina, para prepararles un almuerzo o para hospedarlos una noche, estos hombres eran una realidad cotidiana para los habitantes de estas regiones. Para algunos niños también representaban el sueño de una vida mejor.

“A mí también siempre me gustaron las armas. Nunca sentí ganas de matar a nadie, pero quería un arma, quería sentirme grande, tener ese poder de dominación. Yo sabía que al unirme a las guerrillas iba a aprender muchas cosas. Uno toma cursos de medicina, de cirugía, de radio, de comunicaciones… Yo siempre quise aprender muchas cosas. Yo no quería tener la vida de mi madre. Soñaba con un gran destino”, cuenta Carolina.

Cuando se fue de la casa para unirse a las Farc estaba a punto de cumplir 13 años. Algunos meses antes, su hermana Margarita ya se había ido de la casa. A sus 16 años, Margarita estaba enamorada de un guerrillero y quería irse a vivir con él.

Carolina se fue una tarde de enero del 2001. Quería encontrar a su hermana a pesar de la carta que esta le había enviado pidiéndole que no la buscara. (Ver también: El mundo elogia el acuerdo firmado este miércoles en La Habana)

A Carolina la transfirieron al sur del país, y después de haber tomado los cursos llamados ‘básicos’, la trasladaron a la misma unidad que su hermana. Durante los próximos 11 años, Carolina no vería a ningún otro miembro de su familia, viviendo en medio de la selva, de la humedad y de los insectos.

Entre miedo y orgullo

Los primeros días de Diego con las Farc fueron difíciles. La primera noche que pasó en el campamento cayó uno de esos aguaceros torrenciales que inundan todo. Diego se imaginaba su cama en casa de su madre, mientras su carpa se empapaba por todas partes.

En su primer turno de guardia nocturna, casi inmediatamente se escapó de su puesto, asustado y convencido de que el diablo iba a venir a llevárselo. Pero el niño también encontró algunas recompensas.

Al día siguiente de su llegada, lo recibe Dionisio Rayo, quien se sorprende con lo joven que es Diego, y no obstante le entrega esa arma tan anhelada. Rápidamente, el niño instala su cama en la carpa del jefe: “Pasé 16 años de mi vida con él, se convirtió en un padre para mí. Creo que se apegó mucho a mí, me llevaba a todas partes. Confiaba en mí, me contaba cosas, y si yo le pedía que me dejara ir a ver a mi madre, me dejaba ir a hacerle visita”.

Diego dejó de ser una persona turbulenta. Tenía tanto miedo que se volvió muy prevenido: “Yo sabía que con las Farc, si uno hacía alguna bobada, a uno lo mataban o lo amarraban a un árbol con los pies y las manos atados. Me volví una gallina!”.

MARGOT LOIZILLON *
Especial para EL TIEMPO
Cedido por la revista francesa ‘Causette’
* Agradecimientos por la traducción al español de Ana María Correa, de Lingua Viva Traductores.

Mañana: segunda parte.

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA