Corazones en tierra

Corazones en tierra

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12 de noviembre 2016 , 12:16 a.m.

Desde niña, Carmen fue exploradora de tierras y ríos porque la guerra de los ‘chulos’ en el Huila y después en contra de la coca en Vista Hermosa, Meta, la pusieron a la deriva, mientras altos mandos organizaban bombardeos y aseguraban que en estas operaciones “solo caerían los responsables”. Carmen comprobó que eso era mentira. A pesar de esto y en medio de la guerra diseñada por otros, se enamoró y fecundo en estos parajes.

El papá de Carmen era matarife en una vereda en el Huila cuando ella tenía 6 años; lo desaparecieron los ‘chulos’ presuntamente por no pagar “vacuna” y a los dos años apareció en San Martín-Meta. Desde ahí comenzó el periplo de Carmen por estas llanuras, toda su familia se trasladó hasta el agite de las arpas buscando mejor vida y borrar el pasado.

Carmen se voló de la casa siendo muy niña porque la maltrataban, por lo cual pasó su adolescencia de forma azarosa trabajando en fincas como recolectora y cocinera. Huyendo de sus tragedias, conoció a Tulio en una fiesta, un hombre alto y de manos grandes con el cual decidió fundar una familia de cuatro hijos en Aguas Claras, Meta. En la finca de la familia recogían café, algodón y sorgo. No obstante, había ausencias prolongadas “del hombre de la casa”, tras el trabajo de arado en tierras ajenas.

“No falta el vecino que lo pone a uno en problemas: armó un enredo con la guerrilla y nos tocó salir de la finca huyendo para Bogotá. El martes 5 de noviembre de 1991, él salió de la casa con un amigo, lo detuvieron personas del B2 (grupo de inteligencia del Ejército) y se lo llevaron a las malas diciendo que lo iban a tener en la inspección de Policía. Cuando me contaron, yo fui a buscarlo, pero no lo encontré; entré en miedo y me regresé para Lejanías con los niños adonde una comadre.

Pasaron como seis meses y mi hermano que vivía en Bogotá reconoció a Tulio en la foto de una revista que tenía la noticia del hallazgo de 10 hombres muertos en Bojacá, Cundinamarca. Como pude, un señor que traía papayas en un camión para Bogotá me hizo el favor de traerme. Llegué al cementerio de Bojacá y el sepulturero me contó que él había enterrado un montón de señores que eran N.N. Esperamos como 25 días y como no les apareció familia, tocó enterrarlos en una fosa. Se puede abrir de nuevo el hueco, pero vale tres millones de pesos”. Las lágrimas recorren el pequeño rostro de Carmen mientras recuerda este momento.

“El mismo sepulturero me señaló que fuera a la Inspección porque allí habían unas fotos de los que enterraron. En una de esas fotografías reconocí la foto de mi esposo y me tocó pagar 12.000 pesos para tener una copia. Esa fue la evidencia que le llevé a mis hijos para no esperar más y desde ahí comenzó lo más duro: levantar una familia sola, cuando él lo daba todo, así que dejé a mis hijos para irme a trabajar a Miraflores y mandar plata”. Cuando Carmen narra esto, se derrumba en añoranzas, aviva sus sueños con los nietos que ahora tiene y espera ser una dulce abuela para contar sus peripecias de historias silenciadas en la censura que construye la historia oficial.

A Carmen le entregaron un acta de defunción sin ver el cuerpo de su esposo, por eso, después de 25 años, exige un proceso de exhumación de la fosa que ella marcó con una cruz y en la cual, en alguno de los aniversarios no de su muerte sino de su desaparición, enterró flores en forma de corazón.

SUMANDO AUSENCIAS

William, por lo general, aparecía en las fotografías rodeado de su numerosa familia, de cejas escasas, colonizador con Rosario de tierras inhóspitas en el Guaviare y en tiempos pasados por los ríos Itilla y Unilla que conducen a la vereda Caño Tigre, en el municipio de Miraflores. La expedición trajo abundancia y después se fue colando el despojo.

Rosario afirma que tenían una barca de Noé en medio de la selva, todo se multiplicaba: las gallinas, las vacas. Llevaba una contabilidad desbordante de animales y asegura que fueron los primeros en tener un motor en la vereda, así como en instalar una primigenia tienda que se llenaba de encargos por el río, desde Calamar, donde se abastecía.

Recuerda la toma de las Farc a la base de la Policía Antinarcóticos de Miraflores, que duró más de veinte horas, pues hasta la vereda llegaban los rumores de los muertos. “Desde ese momento la cosa se complicó y toco salir de allí, dejamos trabajadores y nos vinimos para Villavicencio, además, estaban reclutando y nosotros teníamos dos hombrecitos”, relata Rosario, mientras balancea en un chinchorro a su nieta.

Desde Villavicencio, William siguió con el comercio de ganado y productos en los municipios de El Castillo, Mesetas y Lejanías, en el Meta. El 19 de febrero de 2008 recibió una llamada y se despidió amorosamente de Rosario, le indicó que iba para la avenida que va de Villavicencio a Acacias. No obstante, en la noche recibió un mensaje de texto: “Mami, me tocó viajar al pueblito”, y seguidamente: “Negra, no se preocupe que estoy bien”. Él nunca mandaba mensajes de texto y fue cuando Rosario se preocupó, cuatro días después lo encontraron en la morgue cerca al terminal de Villavicencio, donde el CTI reportó que lo encontraron en la antigua vía de Bogotá en el kilómetro tres con “asfixia mecánica”, “le abrieron los dedos de las manos, la piel de las rodillas para abajo y le arrancaron las uñas de los dedos”, recuerda dolorosamente Rosario.

Desde el año 2010, el proceso de investigación de William está en la Fiscalía sin mayores hallazgos. “Hace un año vino un investigador del CTI a la casa y me preguntó qué había investigado, pero se supone que son ellos los que investigan”, expresa indignada Rosario, que en un sobre tiene los papeles de su esposo y en el otro, las de su hermano Pedro Antonio, quien el viernes 17 de mayo del 2002 salió a trabajar a Calamar y dos meses después envió un giro a su madre María Inés, sin embargo, todavía ella, sus tres hijos y Rosario lo esperan.

“Lo último que supimos de mi hermano fue que había un señor que andaba trabajando con él por el Vichada llevando remesa, él dice que ese día venían de regreso para la casa y él le insistió que no se fuera en ese bus, que iba a pasar algo; el señor dice que mataron a toda la gente que iba ahí”. Hasta el 2014, María Inés registró ante la Fiscalía seccional de Villavicencio la desaparición, “pero mi mamá todavía guarda las esperanzas”, afirma Rosario con la mirada pérdida.

Rosario anhela volver a lo que fue su edén en Caño Tigre, donde todo quedo refundido, pero le han contado que tiene nuevos dueños que se apropiaron de su tierra prometida. Quiere buscar a su hermano por donde lo vieron la última vez, pero el temor transita por sus huesos al pensar en sucesos llenos de pesadumbre y ausencias. Sin embargo, debe recobrar fuerzas para terminar de educar al ser que le dio vida junto con William: es Sebastián, que está en plena adolescencia y quien nuevamente observa las lágrimas contenidas de su mamá haciendo el retrato de su papá, al que tuvo a su lado en sus primeros nueve años de vida.

UN ANGELITO QUE AHORA VUELA EN FORMA DE TENTE

Paulina, Nidia, Carmen, Amparo, María Inés, Rosario y Marta se cuelgan los rostros que desaparecieron de sus familias y cuentan sus biografías en los parques, aglutinaciones en teatros, acompañan las galerías de la memoria y hacen que la intensidad del recuerdo y la ausencia de los suyos no quede en la impunidad.

Algunas de ellas se conocieron en las escuelas de formación a familiares de desaparición forzada impulsadas desde el año 2011 por el Movice, capítulo Meta. Allí comenzaron a aprender algunos conceptos jurídicos, sobre procesos para la búsqueda e identificación de cuerpos, a dimensionar que la ley no es siempre justa, y compilaron en un cuaderno el primer diente, el carné de vacunas, la última fotografía de cumpleaños, dibujos y cartas para comprobarle al mundo que existieron, por eso, los llevan consigo como los cuadernos de la memoria.

Después de los cuadernos, hicieron un dramatizado que ellas conocen como “La canción del angelito”, que contaba sus pesares y dialogaba en lamentaciones. Con el tiempo sufrió una metamorfosis al pájaro que cuida especialmente los niños, el tente, nombre con el cual bautizaron el grupo de teatro y así nació la obra ‘Anunciando la ausencia’, que en medio de un parrandón llanero nombra con dignidad los nombres de quienes parieron y amaron, el conteo de los meses que han pasado sin verlos y las prendas que vestían.

Por iniciativa de Vilma Gutiérrez, del Movice Meta, los relatos que se compartían en la Escuela de Formación comenzaron a transformarse en teatro. Vilma es quien ha posibilitado el encuentro de las mujeres que han pasado por El Tente, se las ha cruzado en el camino para que desnaturalicen la falta, se encuentren con el dolor común que comparten, suelten las lágrimas atrapadas en la dureza que la vida fue tejiendo para cada una de ellas, embargadas de fragilidad cuando se exponen a públicos desprevenidos que las escuchan, y terminan enterándose del país de la guerra, de los ausentes que dejó.

Paulina, en algunas ocasiones, hace rifas para reunir los gastos de transporte y así lograr que todas se encuentren en los ensayos. Ya acumula dos bolsas de escenografía, un baúl y las cruces por los cementerios del Meta y el Guaviare donde han buscado a sus familiares.

Está la señora sombra, un personaje de la obra que ha pasado por la interpretación de los hijos de Rosario y Amparo. El lúgubre personaje actualmente está en la escena con Alicia, quien reivindica la memoria de su primo desaparecido, Luis Alberto Orjuela, y acompaña este proceso junto a su nieta, desde sus sensibilidades artísticas y políticas.

Las escenas constituyen un guion con soliloquios, donde exponen las historias que no fueron noticia y sumaron estadísticas que a pocos les ha importado, mientras ellas insisten en encontrar coordenadas para aliviar el vacío y transformar el recuerdo para que El Tente siga volando.

Investigación periodística y textos: Alexandra Gómez B.
Fotografías: Carolina Moreno. Alexandra Gómez.

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