Perder el miedo de volver a empezar

Perder el miedo de volver a empezar

William Mebarak, padre de Shakira, comparte con nuestros lectores una experiencia de vida personal.

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30 de noviembre 2016 , 07:04 p.m.

Hace algún tiempo, el pasivo de mi negocio sobrepasó al activo por motivos que escaparon a mi control, produciendo técnicamente una quiebra que se veía venir. Aquel tropezón que me di, el cual no pude evitar, me causó una fractura de todas las articulaciones económicas que me daban para vivir.

Hice gala de toda la persuasión y convicción ante mis acreedores haciéndolos partícipes de mi situación para obtener un compás de espera. Logré que me recibieran todos mis bienes: la casa recientemente adquirida, dos automóviles, electrodomésticos, vitrinas de mi establecimiento comercial, caja fuerte, tres aires acondicionados, un remanente de artículos de joyería y algo más que no puedo recordar.

Al despertar al día siguiente, me percaté de que, después de pagar todas mis deudas y a pesar de encontrarme sin un peso en los bolsillos, ya estaba gozando de la más hermosa tranquilidad de conciencia que puede existir, la cual fue recompensada por un amigo, que un tiempo después se convertiría en el mejor de todos, Melek.

Horas más tarde me dio trabajo, no sin antes felicitarme por la valiente decisión que había tomado al entregar todos mis bienes y comenzar una nueva vida. Si me hubiera declarado en quiebra –teniendo en cuenta la escasa mercancía que me quedaba– solo debía pagar el 10 %, pero yo preferí cancelar la totalidad de la deuda.

Otro tropezón que me di, y que parecía volverse costumbre, ocurrió al finalizar el tiempo de los festejos por el grado de bachilleres, dedicado a un intercambio de invitaciones con compañeros en las que se compartían copas, cigarrillos sin filtro y trasnochadas sin tregua. Amenazas que no tuve en cuenta para evitar cuando debía hacerlo.

Para ese momento, algunos de mis condiscípulos empezaban a preparar maletas para viajar a diferentes países donde ingresarían a las universidades escogidas de antemano y por supuesto, yo no era la excepción: mi visión de futuro estaba cifrada en la facultad de Medicina de Buenos Aires.

Desafortunadamente, esa nueva aventura estudiantil que quería emprender se convirtió en un viaje de seis meses de tratamiento médico, con diagnóstico delicado y de estricto cumplimiento en Bogotá. Yo ignoraba la existencia oculta e invisible de una enfermedad que se volcó sobre mis ilusiones.

Cuando me dieron de alta, decidí ingresar a la Javeriana para, por fin, emprender esa proeza académica que me permitiera cumplir mi objetivo y, aunque cursé el equivalente a tres semestres de Medicina, ya mis compañeros me llevaban más de dos años de distancia, lo que se convirtió en un factor de desgano que fue potenciado por las voces del periodismo y las sirenas de la radiodifusión, las cuales no pude rechazar.

Y así podría seguir contando todas las circunstancias en la vida que me han permitido caer y levantar, rememorar aquellas que tuvieron menos resonancia gracias a la resiliencia que, por cosas divinas del destino, aprendí a sortear. Una condición natural de todo ser humano, que indudablemente nos fortalece y nos permite aprender de la derrota para transformarla en oportunidad de desarrollo personal. Como bien dice una canción: “Y un día después de la tormenta, cuando menos piensas sale el sol”.

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