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22 de noviembre 2016 , 01:44 p.m.

Con la llegada de algunas ONG y organismos estatales comenzó un proceso de educación ambiental que hoy ya da frutos. Males cuenta que cuando la comunidad se entusiasmó con los proyectos de conservación ya no hubo marcha atrás.

Entonces cambiaron la caza y la tala por el cultivo de fríjol, arveja, mora, granadilla, curuba y café, este último uno de los productos estrella del departamento. Y lo hicieron con prácticas amigables, evitando al máximo pesticidas y tratando de utilizar guadua para cercar los cultivos en lugar de la madera de los bosques. Incluso, crearon asociaciones (Huellas del macizo y Tambo robado) que hoy custodian esta tierra con la ilusión de que su esencia prevalezca. Para ello han acudido a varios métodos: no solo se trata de educar niños y ancianos, se trata también de documentar el resurgimiento de las especies que han vuelto desde que mermó la cacería.

Allá, escondidas entre las montañas, hay un grupo de dantas, tigrillos, osos de anteojos y hasta pumas que ya no temen la presencia nefasta del hombre. Entre esos caminos de bosques andinos y cascadas de cuento de hadas hay, pegadas a los árboles, cámaras que los mismos campesinos instalan para seguir la huella de los animales. Así han sabido que las dantas ya tienen crías y han documentado más de medio centenar de ejemplares.

Los habitantes de esta región son tan sensibles ante los peligros ambientales de la zona que se han empeñado en proteger, especialmente, a las abejas. Don Luis Ernesto Silva sabe bien lo que podría ocurrir si estos animales desaparecieran. “Ellas son responsables de la tercera parte de los alimentos que consumimos”, dice. Cuánta razón tiene.

Hace unas semanas, Estados Unidos incluyó, por primera vez, a las abejas en la categoría de “especie en peligro”. La preocupación es tal que científicos y asociaciones de apicultura alertan de la amenaza que supone para la alimentación mundial la desaparición de estos insectos.

“Aquí hemos notado que las abejas están emigrando de las zonas donde usan agricultura convencional. Están huyendo del veneno. Mi trabajo consiste en ubicarlas y crear el apiario. Si están cerca de cultivos como el café, la producción aumenta hasta 30 por ciento. Su presencia aleja la broca. Y la mejoría en la fruta es total. En el peso, el sabor, la textura, todo”, explica Silva.

El éxito de estas iniciativas, dice Héctor Males, es que la población está comprometida con el cambio. “Es la única manera que tenemos de salvar nuestro planeta”, afirma convencido. Y añade: “Estas experiencias deberían replicarlas en otras regiones. No es nada difícil. Hay que tratar de que esto perviva para las generaciones futuras”. Su esperanza, y la de sus vecinos, es que no haya sido demasiado tarde.

¿A usted también le ha cambiado la vida con el clima? ¿Quiere aportar para evitar la degradación ambiental en su comunidad? Escríbanos a laubet@eltiempo.com y a @ElTiempoVerde.

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