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22 de noviembre 2016 , 01:44 p.m.

La cuenca sufrida

En la gran cuenca del Magdalena, que ocupa el 26 por ciento del territorio nacional, habita el 77 por ciento de la población colombiana, se produce el 70 por ciento de la energía hidráulica, se obtiene la mitad de la pesca de agua dulce del país y se garantiza el sustento de 35 mil familias de pescadores.

Pese a los enormes beneficios que le trae a Colombia, lleva décadas sometida a la explotación sin tregua de sus recursos naturales, a la contaminación severa y al deterioro ambiental; las planicies inundables, como Bocas de Barbacoas –que ocupan cerca de 23 mil kilómetros cuadrados de la macrocuenca– no se quedan atrás, y eso preocupa.

De acuerdo con la ONG The Nature Conservancy (TNC), este tipo de ecosistemas son vitales para el funcionamiento del río, pues gracias a sus procesos de intercambio hídrico, amortiguan las inundaciones y las sequías, albergan una rica biodiversidad y proveen seguridad alimentaria para los pobladores.

Pero a los factores responsables de su degradación ambiental se ha venido sumando otro que está poniendo en riesgo la supervivencia de los pescadores: los progresivos cambios en el clima.

No solo ahora hace más calor, sino que los periodos de lluvia y verano a los que estaban acostumbrados, y que les permitían organizar sus temporadas de pesca, casi han desaparecido.

Ómar Payares, de 56 años y nacido en Morales (Bolívar), llegó hace más de tres décadas a la ciénaga. Dice que entonces ésta producía tantos peces, que se morían. “Ahora hay menos –dice– porque está llena de buchón y eso los asfixia; además, antes teníamos los climas ya definidos. Nos alegrábamos cuando llegaba el verano, de enero a abril, porque era la pesca buena y eso nos dejaba platica; luego venían las lluvias, y después un veranillo entre julio y agosto, y otra vez platica. Ahora no sabemos ni cuándo es verano ni cuándo invierno”.

Arcesio Pedrozo, de 66 años y oriundo de El Banco (Magdalena), también es testigo de ese cambio. Asegura que hace 30 años, cuando llegó a Bocas, había pescado en abundancia; “hoy se sufre mucho hasta para conseguir lo del diario, lo poco que hay se lo llevan las lanchas que vienen de todos lados”.

Y si bien Luis Fernando Múnera, de 60 años, coincide en el diagnóstico, le suma otro argumento construido a partir de la experiencia de sus 35 años de vida en Bocas: “No hay pescado porque ahora hay menos agua en la ciénaga; antes había más bosque y por eso llovía más... Para mí que el agua busca a la madera. De tantos árboles que se han tumbado, pues ella viene poco y todo es más caliente”. Y agrega: “A los peces, como a nosotros, también los desespera el calor, los mata. Cuando calienta mucho, ellos se van de la ciénaga”.

De acuerdo con proyecciones del Ideam, se espera que el clima en la macrocuenca del Magdalena sufra cambios significativos a futuro; se calcula, de hecho, que la temperatura en toda esta región aumente, entre el 2040 y el 2070, hasta 1,5 grados en promedio.

El dato es relevante, toda vez que planicies inundables, como las de Bocas, son altamente vulnerables a esos cambios, y sobre todo cuando están tan degradadas.

Vale decir, por ejemplo, que el 70 por ciento de esta macrocuenca está deforestada, razón por la cual los suelos de las regiones que la atraviesan no solo están altamente erosionados, sino que la gran mayoría de las cuencas abastecedoras perdieron su capacidad de regular y retener agua. Así las cosas, cuando llueve el riesgo de inundación aumenta, y cuando deja de llover, las ciénagas y los ríos se secan.

No es gratuito, de acuerdo con Adriana Soto, directora regional de TNC, que el mayor número de cabeceras municipales del país con riesgo de desabastecimiento en tiempos de sequía estén localizadas, precisamente, en cuencas como la del Magdalena.

Soto explica que ecosistemas como el de Bocas (que son estratégicos para afrontar el cambio climático) sufrirán los mismos impactos que el resto de la cuenca; sin embargo, el cambio climático, que traerá más lluvias y sequías extremas, como las que ya se ven, “pueden acabar generando alteraciones en la dinámica de la ciénaga, potencialmente catastróficas para su productividad”.

¿A usted también le ha cambiado la vida con el clima? ¿Quiere aportar para evitar la degradación ambiental en su comunidad? Escríbanos a laubet@eltiempo.com y a @ElTiempoVerde.

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