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16 de noviembre 2016 , 03:02 a.m.

José Manuel Morales, de 62 años, cambió Barrancabermeja por este lugar cuando apenas tenía 18 años, “el pescado era tan abundante, que con apenas unos lances (de atarraya) se devolvía uno para la casa con el sustento del día. A lado y lado había bosque, mucho bosque, y mucho animal: babillas, manatíes, micos, garzas, tortugas… de todo”, dice.

Las cosas han cambiado tanto desde entonces, que cuesta creer que el mismo lugar abrasador y pelado sobre el que estamos parados hablando con ellos, y en el que pastan los búfalos arrasadores traídos por ganaderos, sea la ciénaga exuberante que estos campesinos rememoran.

Para encontrarnos con ellos viajamos casi dos horas en una lancha rápida desde el puerto de Barrancabermeja (Santander) por el río Magdalena, y mientras esta avanza alcanza uno a percibir que al afluente y su cuenca les falta salud.

Eso lo ratifican los mismos lancheros, que aprendieron a leer sus aguas durante la marcha para evadir los bancos de arena y las corrientes bajas, cada vez más frecuentes, y los habitantes de sus orillas, que recuerdan que por cuenta de la sequía extrema que trajo El Niño (2015 -2016), ellos prácticamente podían cruzar a pie el lecho del río en algunos tramos.

El fenómeno, hay que decirlo, los dejó impresionados: haber visto así de diezmado al Magdalena que les da agua dulce, que les da comida, que les permite transportarse y del que depende su vida entera, les quita el sueño.

Los propios pescadores de Bocas saben, porque así se los enseñó el oficio, que la enfermedad del Magdalena y el estado dolorido de su ciénaga están relacionados. La degradación, que avanza todos los días, la miden ellos en la pesca que languidece, en los espejos de agua repletos de buchón (planta acuática invasora), en la pérdida de flora y fauna y en esas lluvias y en ese calor extremos que ahora definen su clima, y ponen a prueba su amor por el territorio.

Eso explica por qué la mayoría de los cerca de 70 habitantes que conforman esta comunidad de pescadores están entre los 50 y los 70 años. Los adolescentes y los jóvenes, que no ven sentido en aprender a pescar donde seguramente en unos años ya no habrá pescado, se fueron. Solo quedan los viejos y un puñado de niños pequeños. Sin educación, sin acceso a servicios de salud, sin viviendas adecuadas, sin servicios públicos, sin apoyo del Estado y sin pescado, sobreviven a duras penas en medio de la ciénaga.

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