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16 de noviembre 2016 , 03:05 a.m.

 En aquella época, dice, este lugar era un pantano donde solo había unas pocas casas y donde los muchachos jugaban entre barriales. Una tierra fría donde las lluvias caían sagradamente entre mayo, junio y julio. Ahora, dice resignado, “nunca se sabe cuándo va a llover”.

El informe del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam) sostiene que para el fin del siglo este departamento presentará elevaciones de temperaturas de 2,1 grados centígrados en promedio. También, el promedio de las precipitaciones anuales en la región se incrementaría en 17,2 por ciento. Lo que no necesariamente implica más lluvia: podrían darse casos de extensos períodos de sequía seguidos de largas épocas de chubascos.

Esos cambios suponen un profundo remezón del ecosistema. En este caso, en el Huila se prevén afectaciones en el sector agrícola, especialmente en los monocultivos extensivos por la posibilidad de que aumenten las plagas y las enfermedades. El panorama, entonces, no deja de ser incierto, sobre todo si se tiene en cuenta el valor ambiental de esta zona. Para que se haga una idea: Huila es parte del macizo colombiano y está en la estrella hídrica más importante del país. Aquí nace el río Magdalena. Desde aquí se provee de agua al territorio nacional.

* * * *

A la mañana siguiente, para regocijo de todos (el equipo periodístico y los habitantes de la vereda) el sol aparece exultante. José Carlos Muñoz es uno de los primeros en contar su historia: marcada por la pobreza y el olvido estatal. Aquí, en esta tierra que ahora pisamos, camparon a sus anchas, durante años, los guerrilleros de las Farc.

Al salón comunal llegaban sus miembros y ¿quién podía decirles que no? Aunque ya hace tiempo que se les perdió el rastro y tal vez por eso los campesinos prefieren obviar el tema. Al fin y al cabo estamos aquí para hablar de naturaleza, conservación, abejas que mejoran los cultivos y de un grupo de hombres y mujeres entregados a la noble tarea de recuperar la fauna y la flora que sus antepasados arrasaron sin conciencia. Creían que era lo correcto. Nadie les dijo lo contrario.

“Antes uno veía a los animales como enemigos. Ahora no. Yo agradezco que me hicieran entender para qué es la naturaleza y por qué hay que defenderla. Hay que proteger también a las plantas. ¿Qué tal que esto se convierta en un desierto? Para las nuevas generaciones es que debemos cuidar todo”, dice José Carlos mirando ese paisaje de montañas infinitas entre las cordilleras Occidental y Central que se sabe de memoria y que puede recitar con los ojos cerrados. Hay orgullo en sus palabras: “Ya no soy cazador”, repite una y otra vez.

En parte eso es gracias a Héctor Males. Fue él, junto con varios miembros de su familia, quien se dio a la tarea de convencer a los habitantes de El Rosario y las otras catorce veredas de este núcleo rural de dejar atrás su pasado de cacería y explotación maderera para abrirle camino a una forma de vida que no atente contra el medio ambiente.

Males, de 49 años, nació en San Agustín, pero se crió en El Rosario. Su padre, recuerda, era comerciante de frutas, pero se murió de un infarto por la desazón que le provocaban las continuas extorsiones a las que lo sometían las Farc. Así que a Males, que entonces tenía 14 años y que perdió a una hermana de 13 que reclutó la guerrilla, le tocó, junto a otros hermanos, asumir la carga familiar.

Males asegura que nunca taló árboles y que solo aprovechó la bonanza de frutas de la época, pero reconoce que la mayoría de los habitantes vivían de la madera. De aquí se extrajeron muchos ejemplares finos: acabaron con el roble, el balsero, el medio comino. No hubo misericordia. Lo mismo pasó con los animales autóctonos: prácticamente desaparecieron la danta, el oso de anteojos (que mataban para sacar su grasa y convertirla en aceite para curaciones), el puma, el tigrillo, el coatí (también llamado cusumbo) y muchas otras especies. Eso, a la postre, ha contribuido a que los efectos del cambio climático sean más notorios. Y aunque la tala ha disminuido todavía hay cifras que generan alarma: aquí se deforestan entre 5.000 a 10.000 hectáreas al año. Y sin animales y sin bosque se rompe el equilibro natural y no hay ecosistema que pueda sobrevivir.

Pasaron décadas antes de que los habitantes de esta esquina del Huila comprendieran esa máxima. Males dice que todo empezó en el año 2002. En ese entonces, el corredor biológico en el que se hallan estas veredas era tierra de nadie. A pesar de que se trata de un espacio clave de conservación, que une las áreas protegidas del parque nacional de la cueva de los Guácharos con el parque nacional Puracé, no había ninguna estrategia para su protección. Apenas hasta el 2008 se declaró Parque Regional. “Aquí no sabíamos ni qué era eso del medioambiente. Desconocíamos términos como flora y fauna”, recuerda Males.

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