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16 de noviembre 2016 , 02:58 a.m.

Una población que brota en medio de la selva tupida en el sur del país, a escasos 600 metros de Perú en dirección sur y a 56 kilómetros de Ecuador hacia el suroccidente.

Lejos, muy lejos. Puerto Lejísimos le dicen.

A Lagarto Cocha –llamado así por el caimán negro que abundaba en la región y por la laguna que baña al caserío, que se ha venido secando en las últimas décadas– se llega tras navegar 20 minutos aguas abajo del río Putumayo desde Leguízamo, en medio de la exuberante biodiversidad de la región amazónica colombiana; ese gigantesco pulmón natural conformado por seis departamentos distribuidos en 483.119 kilómetros de superficie que equivalen al 41 por ciento del territorio nacional.

Un montón de selvas, ríos y bosques tan grande que equivale dos veces a la superficie del Reino Unido (Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte).

Tras la navegación es necesario caminar una hora por entre el monte. Allí, cuenta el abuelo Pablo, de 73 años, las 25 familias de la comunidad han tenido que organizarse para sobrevivir a un clima que –dice– se volvió loco. Por eso, después de las 11 a. m., nadie es capaz de salir a labrar los cultivos de piña, yuca y maíz, ni los de coca y tabaco, sus plantas sagradas.

“Antes, uno trabajaba a cualquier hora. Pero ya no se puede, el sol es insoportable”, sigue el viejo, y se queja por la paulatina extinción de dos de las especies de las que han vivido: el caimán negro y la danta. Al primero lo han cazado para convertirlo en finas y costosas carteras. El caimán –explica el abuelo- es un botiquín viviente: cada parte sirve de remedio para curar algún mal.

“El aceite del caimán lo usamos para la reuma, por ejemplo, pero ya casi no hay porque los blancos han venido a cazarlo”, lamenta.

Y la danta, fundamental en su dieta, ya viene poco. “Han deforestado la selva para hacer potreros para el ganado, secando las fuentes hídricas donde las dantas toman agua”, sigue.

En el camino hacia Lagarto Cocha se ve un bosque mutilado, cientos de troncos de los que eran árboles gigantes y centenarios. Ceibas e higuerones. Es como si una bomba hubiera explotado aquí. El bosque ha muerto y los árboles son ahora camas, comedores, puertas, ventanas y otros artículos de madera.

La cifra de deforestación en Colombia, en el 2015, según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam), ascendió a 124.035 hectáreas por actividades relacionadas con la potrerización, los incendios forestales, la minería ilegal y los cultivos ilícitos.

Entre los departamentos más deforestados, el Putumayo se ubica en el quinto deshonroso lugar (después de Caquetá, Antioquia, Meta y Guaviare), con 9.214 hectáreas arrasadas.

Un dato para dimensionar semejante infamia: el terreno deforestado en el Putumayo equivale a 2,3 veces la superficie de la localidad de Kennedy, una de las más grandes de Bogotá, con 438 barrios y cerca de un millón y medio de habitantes según datos del Distrito. Y esta tragedia ambiental, ese hueco negro y miedoso en medio de los bosques, solo ocurrió en el 2015.

La ganadería –cuenta Consuelo Guzmán, líder de esta etnia– también les ha quitado territorio a sus resguardos y les ha secado los ríos y quebradas de donde sacan el agua para su sustento y cultivos. La minería ilegal, añade, es otro peligroso mal porque contamina ríos y mata peces.

El clima cambió a los muruis. Pero el nuevo calendario, elaborado de la mano del Ministerio de Medio Ambiente y de la WWF, es una esperanza para un pueblo cuya misión es cuidar a la Madre Tierra.

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