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16 de noviembre 2016 , 03:00 a.m.

El día que se acabe el último árbol, nuestro pueblo desaparecerá. No tendremos frutas ni animales. Si no nos detenemos, nuestro banakale unu, que en lengua sikuani significa corazón de la salud, morirá y los habitantes de la selva del Matavén, ubicada entre los departamentos de Guainía, Vichada y Guaviare, no tendremos dónde vivir. Y Colombia perderá un pulmón de 1’800.000 hectáreas.

Mi nombre es Juan Bautista Nariño Romero, tengo 53 años. Nací en el corregimiento de Santa Rita, en el olvidado Vichada. Soy de la etnia sikuani, una de las seis que conforman el gran resguardo Selva de Matavén, creado en el 2003 para conservar y preservar el medioambiente y nuestras culturas ancestrales.

Vivo en una comunidad llamada Barranco Colorado, sector atana pirariame, en la inspección de Puerto Nariño. Somos seis familias y 39 habitantes. Para llegar a nuestro hogar se debe navegar cinco horas desde Inírida, capital del Guainía, por la estrella fluvial de los caudalosos ríos Guaviare y Orinoco, muy cerca de la frontera con Venezuela. Cientos de kilómetros de vegetación y el baile de las toninas o delfines rosados acompañan cada trayecto.

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