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El mal sí vende / El otro lado

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Colombia es un país sensacionalista: hay sangre sin pudor, miseria sin alma, corrupción a la vista, políticos que 'sicarean' con palabras, ricos que humillan por dinero, empresarios que corrompen, pobres que matan, mujeres carne, periodistas que gozan con la desgracia. Tanto que alguien dijo que Colombia fue inventada por el dios del periodismo: todas las desdichas y aberraciones juntas.

Bueno: el goce de la verdad sensacionalista no es solo colombiano sino mundial. En Alemania e Inglaterra los primeros periódicos son sensacionalistas, en España el morbo vende cada noche, en Perú hay mucha prensa chicha, en Argentina gana Tinelli, Discovery lanza canal sobre el crimen. En Colombia somos puros: apenas tenemos El Espacio, Manuel Teodoro y RCN.

Aquí no nos basta con crímenes de alcoba y riñas de esquina, nos gusta un sensacionalismo extremo. Por eso convertimos en héroes a expresidentes que matan con sus palabras, a mafiosos que hacen del delito su obra, a mujeres que venden sus carnes, a políticos que roban con cinismo.

El sensacionalismo a la colombiana es cuando se pierde toda moral o cuando la única moral es la del gano-yo. A Colombia no la matan sus malas crónicas internacionales sino sus dobles morales locales: vivir de la buena imagen sin reconocer defectos; pensar que todo se soluciona con campañas y no con obras; decir que el mal está en la cultura cuando habita en el Congreso.

Donde es evidente nuestro morbo es en nuestros heroísmos: Escobar, el rey. Si no, miren que este personaje es el que más ha recibido portadas de Semana en la historia, el que más programas de televisión ha producido, observen que los dos libros de mayor venta son de él. Y es que donde esté Escobar, habrá rating, lectores, oyentes, ley. Escobar es el rey sensacionalista.

Y también convertimos en rey a quien más odie, más 'sicaree' con la palabra, más ofenda la vida pública: por ese camino, el expresidente Uribe es el siguiente personaje mediático después de Escobar, y luego vienen los políticos que reciben cubrimiento nacional por robar, y las confesiones de paras, narcos y guerrilleros por sus masacres reales y verbales. El morbo paga.

Y es que el mal, el crimen, la muerte, el cinismo, la corrupción sí pagan como periodismo y ficción en Colombia.

Por ejemplo, la fascinación periodística está en dar vida a cualquier estupidez política o frase de bandido. Y la doble moral, en buscar el rating de la ficción asumiendo que se educa país. No tenemos periodismo amarillo, ni crónica roja ni narcoficción, sino periodismo y TV sensacionales.

ÓMAR RINCÓN
Crítico de televisión

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