El vino por sus historias / Hablemos de vinos
Por: PATRICIO TAPIA |
Me lo han dicho. Y yo también, más de una vez, lo he pensado. Más que por el vino, que ya es una muy buena razón, yo estoy en este trabajo por las historias que hay detrás, por la gente que lo hace, por lo que le ha sucedido mientras lo produce.
Mi teoría es que lo que está dentro de la botella es solo una parte de lo que conocemos como vino. La otra, lo que rodea a esa botella, es la que finalmente la diferencia de otras bebidas, lo que separa al vino de, por ejemplo, la cerveza.
Aunque debo decir que hay cervezas que tienen tan buenas historias como el vino y vinos que tienen tan poco cuento como la cerveza esa que nos tomamos en el bar de la esquina para, simplemente, calmar la sed.
Y, sí, es verdad. La mayor parte del vino que bebemos tiene poco que contar, a no ser que a ustedes les interese saber que viene de enormes tanques inoxidables alojados en gigantescas bodegas que parecen fábricas y que, para producir esa botella de
cabernet o malbec que tienen en frente, más que arte, lo que se necesitó fue mucha tecnología y dinero. Así, como esa historia, son la de la mayoría de las botellas de vino que nos bebemos.
El mundo del vino es un océano de historias. Algunas felices y otras tristes. Está, por ejemplo, la de la familia que ha preservado por generaciones su bodega, pero luego los hermanos ya no están tan de acuerdo como lo estaban sus padres y tíos y terminan vendiendo el negocio que ha pertenecido a la familia siempre. Y resulta que el comprador es un dueño de supermercados para el que tener esa bodega (y tantas otras más que ha comprado) es un gustito y nada más.
Y va y contrata a un superenólogo, que dictamina que todo lo que se ha hecho por siglos está mal y que hay que hacer todo de nuevo. Y uno de los hermanos, el que no quería vender, tiene que ver todo eso sin poder hacer nada, con los bolsillos llenos, pero de impotencia.
También está la historia de aquella mujer que decide plantar en un lugar en donde nadie lo ha hecho antes, un lugar imposible. Y no le hace caso a nadie, ni siquiera a los que se ríen de ella a sus espaldas. Y va y planta y esas parras en un comienzo no le dan más que problemas, mientras que muchos de sus colegas solo la visitan para recordarle que se lo advirtieron.
Y ella nada. Testaruda, sigue insistiendo porque sabe que los mejores vinos -como, quizás, las mejores personas- nacen en las condiciones menos apropiadas, porque eso te hace fuerte, porque eso te engruesa la epidermis.
Está bueno saber que algunos vinos tienen buenas historias detrás. Les cambian el sabor, les dan una dimensión que no sospechábamos, les dan capas, les otorgan una complejidad que sencillamente no puede ser contenida por esa botella, por ese envase de 750 centímetros cúbicos, de vidrio.
PATRICIO TAPIA
Especial para EL TIEMPO
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