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El factor humano del vino / Hablemos de vinos

Por: PATRICIO TAPIA ESPECIAL PARA EL TIEMPO | 4:43 p.m. | 11 de Febrero del 2012

Si me preguntan por qué sigo escribiendo de vinos la respuesta es sencilla: por la gente.

Esta es mi columna número 100 en EL TIEMPO. Y para celebrar tan diminuto, pero a la vez significativo evento, he guardado un tema que es, de lejos, el que más me interesa en el mundo del vino.

Si me preguntan por qué estoy aquí, por qué sigo escribiendo de vinos y no me he ido a otra parte, la respuesta es sencilla: por la gente. Y no me refiero a ese cliché que ronda en el mundo del vino y que se refiere a lo buenas personas que somos todos en este universo, que más que en ningún otro lado, aquí hay alegría y simpatía. Eso es un lugar común del porte de una catedral. En el mundo del vino hay tantos malnacidos como en cualquier otro mundo.

A lo que me refiero es a la suerte que he tenido de conocer muy de cerca el trabajo de cierta gente, la pasión y la fuerza que imprimen en su labor. Aunque los hacedores de vinos no son artistas, hay algo que los une: esa fuerza, esas ganas, esa tensión interna que te lleva, que te moldea, que te pone de pie, que te vuelve loco.

He peleado con algunos. Como si esto del vino fuera algo de vida y muerte, nos hemos mandado mails terribles, prometiéndonos las penas del infierno. También nos hemos gastado en discusiones perdidas sobre cosas tan ínfimas como, no sé, la influencia de la cal en la estructura del vino. Discusiones sobre el sexo de los ángeles en términos vínicos. Pero también nos hemos tomado botellas que parecen realizadas en otro planeta, porque fueron hechas por esa gente que pone su sangre allí. Su corazón.

He trasnochado, también. Y me he emborrachado con ellos, hablando de lo que está dentro de la botella, pero sobre todo de lo que está fuera. Y hemos tratado de cambiar el mundo y, mientras lo intentamos, hemos bajado a la cava por más y hemos seguido, como si la resaca te dejara vivir al día siguiente.

Pero al día siguiente, inevitablemente, me he despertado con el alma feliz, con la sensación de que no me voy del vino ni aunque me compraran el corazón, que no me voy de aquí aunque la cabeza se me esté partiendo en dos por los excesos, porque hay que pagar un precio, y el precio es bajo, mucho más bajo de lo que todos debiéramos pagar.

Y siempre, siempre, los vinos más importantes, los que me han puesto la piel de gallina, los que me han llevado a lugares alucinantes, siempre han sido bebidos con la persona que los hizo, delante, escuchando, hablando, transmitiendo eso que hizo, lo que puso, lo que tuvo que sacrificar o lo que gozó al hacerlo.

Por eso estoy en el vino. Por la gente que vive de él. Pero que vive de verdad.

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