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'Cuba es un tatuaje en el corazón': Isaac Delgado

Por: |

Isaac Delgado

El sueño de Isaac es grabar un dúo con G. Santa Rosa.

El intérprete cubano demostró, con su álbum 'Love', que es un salsero con alma de jazzista.

Issac Delgado, un habanero de 51 años, es hoy por hoy el cantante de salsa más popular de Cuba. Sin ser dueño de una voz prodigiosa, es un artista versátil que ha sabido mezclar el sonido pegajoso de la timba, el son y la guaracha, con la sofisticación del jazz, el bolero y la Nueva Trova.

Hijo de un sastre y de una cantante y bailarina del famoso cabaret Tropicana; Delgado recibió desde niño la influencia de grandes músicos cubanos como José Antonio Méndez e Ignacio Piñeiro. Aunque lo intentó con el fútbol (es hincha furibundo del Atlético de Madrid) en una isla que delira con la pelota caliente, finalmente se metió de lleno a la música con el respaldo de su amigo, el pianista Gonzalo Rubalcaba, un peso pesado del jazz mundial.

Su paso por NG La Banda catapultó su carrera con éxitos como ‘Necesito una amiga’, y poco después, a comienzos de los 90, se lanzó en solitario con ‘Dando la hora’, un álbum de antología.

Desde entonces, el ‘Chévere de la Salsa’, como se le conoce, ha sonado con temas como ‘Qué pasa loco’, ‘No me mires a los ojos’, ‘Ella es un reloj’, ‘Mi romántica’, ‘Son de Cuba a Puerto Rico’, ‘La novia que nunca tuve’ y ‘Amigo’ (con Cheo Feliciano), y ha triunfado en escenarios de Europa, Estados Unidos y América Latina, por los que pasa frecuentemente.

Con su álbum ‘Love’ (2010) en el que grabó junto a Freddy Cole, hermano del inolvidable Nat King Cole, demostró que es un salsero con alma de jazzista y relanzó su carrera después de un difícil periodo en Estados Unidos, a donde desertó con su familia en 2006.

¿Por qué el ‘Chévere de la Salsa’?

Decidimos usarlo como una etiqueta para mi trabajo cuando grabé un álbum con ese nombre junto al maestro Adalberto Álvarez, que se llamó así, ‘El chévere de la salsa, el caballero del son’, y que fue premiado en Cuba.

Ahí se disparó su éxito, que ya venía de atrás con NG La Banda…

He sido muy afortunado, y los premios fueron llegando, no como un objetivo en sí mismos, sino como una forma de reconocimiento que ayuda mucho a difundir tu trabajo y a conseguir una posición mediática mucho mejor.

Aunque ha hecho jazz, bolero y balada, sigue muy fiel al sonido de la timba cubana. ¿No teme encasillarse?

A pesar de todas las vueltas que he dado, ni afectiva ni musicalmente me he separado de Cuba. Hay una frase de un músico urbano a quien le dicen el ‘Micha’, que grabó en mi último disco Supercubano y dice “Cuba es un tatuaje en el corazón”, y esa es una de las frases que más me gusta de este trabajo. Así lo siento y lo he sentido siempre.

El reguetón se ha colado en los jóvenes y eso ha calado muy fuerte en Cuba y no creo que sea malo, porque hay que vivir paralelo a todos los movimientos que van surgiendo en los países.

Siendo un artista consolidado en Cuba, ¿por qué cruzar la frontera y desertar hacia Estados Unidos?

Tomé la decisión en 2006 por razones más bien profesionales y ante todo porque ese mismo año falleció mi madre, un momento muy duro, que me hizo ver que necesitaba un cambio. Tenía motivos suficientes para reencaminar mi vida, buscar otro aire.

¿Cómo fue esa experiencia?

Estaba en México, junto a mi esposa, mis niñas y mi hijo mayor y nos sentamos y hablamos, y bueno, decidimos hacerlo y empezar de cero en un mercado tan fuerte como el de Estados Unidos. La vida de un inmigrante, aunque antes hayas ido a ese país con una carrera casi hecha que te respalda, es bien dura. Eso sí, tenía la espinita de ver a los puertorriqueños tocando en Puerto Rico y a los venezolanos en Venezuela, mientras que los cubanos en Estados Unidos estábamos marginados para tocar en Cuba.

Pero usted puede entrar y salir de Cuba actualmente…

Han habido cambios y esta es una etapa importante para mí porque he podido volver a mi tierra y compartir mi música directamente con mi gente. Como artista, no me interesan los fundamentalismos ni los extremismos de la política. Los cambios migratorios del Gobierno cubano los recibo bien, como cualquiera que extrañando su país, un día le dicen que puede volver. Eso me ha ayudado a reencontrarme con mis raíces, con mi familia y con mi público natural. Sin ese contacto, no hay música popular. Necesitamos el aire, el color y el olor de nuestra gente para crear.

La música popular nace de un hecho puramente social. Estoy muy feliz de haber podido hacer recientemente tres conciertos en Cuba. Una de las razones más fuertes que tuve para volver fue una tía de 90 años que me llamaba a Estados Unidos y me hablaba por teléfono como en tiempo pasado porque me decía: “¿Bueno cuando te veo?”, como si nunca me hubiera ido. Ella estaba perdiendo la vista por un glaucoma y de verdad que la extrañaba muchísimo, es como una segunda madre para mí. En estos días la operan y con el favor de Dios va a recuperar la vista.

¿El público de Miami cómo lo recibió?

No fue fácil abrirme paso, pero sería injusto no reconocer que ese público también me apoyó para seguir adelante con mi carrera. Quizás a nivel de radio, a nivel mediático es un poco más difícil, pero el calor de los latinos en esa ciudad, siempre lo he sentido y lo agradezco muchísimo.

¿Los 5 grandes de su Olimpo salsero?

Benny Moré, el número uno. Dos, Cheo Feliciano. Soy fanático de Rubén Blades. Siguen Roberto Faz, y quizás no tan salsero, pero era el guapo de la canción, Rolando Laserie. Y el número seis, tengo que dárselo a Celia Cruz, la guarachera del mundo. Celia antes que todo diría yo… En Colombia me quedo con el Joe Arroyo y con Niche.

La música que oye obsesivamente...

La música brasileña. Soy un apasionado del Tropicalismo, de Gal Costa, Caetano, de Jobim… pero hace poco descubrí a Arlindo Cruz, que me tiene loco… me llegaron unos discos y es algo de una musicalidad que no te puedes imaginar. Djavan también es obligatorio.

¿El momento más feliz sobre una tarima?

Hay muchos, pero el día que pude cantar con Cheo Feliciano. Yo me aprendía sus canciones. Cheo es el papá.

¿Y el más triste?

Cuando murió mi madre, en Mérida, tuve que salir a cantar así.

¿Un público inolvidable?

Aunque no creo que me fuera a ver a mí, la experiencia de estar en el Festival de Jazz de Montreaux, en Suiza, fue única. Faltaban 15 minutos para empezar y no había nadie, yo dije, esto es un fracaso pensé, y mira el nivel de puntualidad de esta gente, así como en Japón, a las menos cinco empezó a llegar gente, y a la hora en punto, no cabía una persona más. Algo impresionante. Otro público grande lo tuve con NG La Banda en Santiago de Cuba, eso no se me olvida.

¿Dónde sería ese concierto soñado que no ha dado?

En el malecón de La Habana

JUAN MARTÍN FIERRO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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