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La responsabilidad de los intelectuales, el retorno

Viernes 2 de diciembre de 2016
Música y Libros

La responsabilidad de los intelectuales, el retorno

Capítulo del 'best seller' 'Quién domina al mundo', de Noam Chomsky,

Por:  NOAM CHOMSKY | 

Chomsky considera que Estados Unidos, con sus políticas militaristas y su afán por mantener un imperio de escala mundial, está arriesgándose a una catástrofe.

Foto: Graeme Robertson

Chomsky considera que Estados Unidos, con sus políticas militaristas y su afán por mantener un imperio de escala mundial, está arriesgándose a una catástrofe.

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Antes de pensar en la responsabilidad de los intelectuales, merece la pena aclarar a quiénes nos estamos refiriendo.

El concepto de intelectual en el sentido moderno ganó relieve con el Manifiesto de los intelectuales de 1898, en el que los dreyfusards, inspirados por la carta abierta de protesta de Émile Zola al presidente de Francia, condenaron tanto la acusación infundada al oficial de artillería francés Alfred Dreyfus por traición como el posterior encubrimiento militar. La posición de los dreyfusards trasmite la imagen de los intelectuales como defensores de la justicia que se enfrentan al poder con valor e integridad, si bien no era así como eran vistos entonces.

Los dreyfusards, una minoría entre las clases instruidas, fueron condenados de manera implacable por la corriente principal de la vida intelectual, en particular por algunas figuras destacadas entre los “inmortales de la fervientemente anti-dreyfusard Académie Française”, como escribe el sociólogo Steven Lukes.

Para el novelista, político y líder anti-dreyfusard Maurice Barrès, los dreyfusards eran “anarquistas de atril”. Para otro de aquellos inmortales, Ferdinand Brunetière, la misma palabra intelectual encarnaba “una de las excentricidades más ridículas de nuestro tiempo, es decir, la presunción de elevar a escritores, científicos, profesores y filólogos al rango de superhombres” que se atrevían a “tratar de idiotas a nuestros generales, de absurdas a nuestras instituciones sociales y de malsanas a nuestras tradiciones”.

¿Quiénes eran pues los intelectuales? ¿La minoría inspirada por Zola (que fue sentenciado a prisión por libelo y huyó del país) o los inmortales de la Academia? La cuestión resuena a través de los años, de una forma o de otra.

Intelectuales: dos categorías

Durante la Primera Guerra Mundial, cuando destacados intelectuales de todas las ideologías se alinearon de manera entusiasta en apoyo de sus Estados, surgió una respuesta. En su Manifiesto de los Noventa y Tres, hubo destacadas figuras en uno de los Estados más ilustrados del mundo que llamaron a Occidente a “tener fe en nosotros. Creed que llevaremos esta guerra hasta el final como una nación civilizada para la que el legado de un Goethe, un Beethoven, un Kant, es tan sagrado como sus hogares y casas”.

Sus homólogos en el otro lado de las trincheras intelectuales se les equiparaban en entusiasmo por la noble causa y fueron más allá en la autoadulación. En New Republic proclamaron que “el trabajo eficaz y decisivo en nombre de la guerra lo ha llevado a cabo [...]una clase que debe ser descrita en líneas generales como los “intelectuales”. Aquellos progresistas creían que estaban garantizando que Estados Unidos entraba en guerra “bajo la influencia de un veredicto moral alcanzado mediante la máxima deliberación por parte de los miembros más reflexivos de la comunidad”. En realidad, fueron víctimas de las invenciones del Ministerio de Información británico, que buscaba en secreto “dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo” y, en particular, dirigir el pensamiento de los intelectuales progresistas estadounidenses, que podrían ayudar a contagiar la fiebre belicista a un país pacifista.

John Dewey estaba impresionado por la gran “lección psicológica y educativa” de la guerra, que demostraba que los seres humanos —o, más en concreto, los “hombres inteligentes de la comunidad”— pueden “hacerse cargo de los asuntos humanos y manejarlos (...) de manera prudente e inteligente” para lograr los fines que buscan.

(Dewey solo tardó unos años en cambiar de intelectual responsable en la Primera Guerra Mundial a “anarquista de atril” que denunciaba la “prensa no libre” y cuestionaba “hasta qué punto la auténtica libertad individual y la responsabilidad social son posibles en una medida aceptable bajo el régimen económico existente”.)

No todo el mundo se conformó de manera tan sumisa, por supuesto. Hubo figuras notables, como Bertrand Russell, Eugene Debs, Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que fueron, como Zola, condenados a prisión. A Debs lo castigaron con especial severidad: una condena de diez años de cárcel por plantear preguntas sobre “la guerra por la democracia y los derechos humanos” del presidente Wilson. Wilson rechazó amnistiarlo al acabar la guerra, aunque el presidente Harding transigió por fin.

El escarmiento fue menos severo para algunos disidentes, como Thorstein Veblen, a quien despidieron de su puesto en la Agencia de los Alimentos tras preparar un informe que mostraba que la escasez de mano de obra agrícola podía superarse terminando con la brutal persecución de los sindicatos por parte de Wilson, sobre todo la que se ejercía contra Trabajadores Industriales del Mundo.

Por su parte, Randolph Bourne fue apartado de los periódicos progresistas después de criticar la “liga de las naciones benevolentemente imperialistas” y sus nobles empeños.

El patrón de premio y castigo se repite a lo largo de la historia: aquellos que se sitúan al servicio del Estado suelen ser elogiados por la comunidad intelectual general, mientras que los que se niegan a alinearse al servicio del Estado son castigados.

En años posteriores, hubo destacados estudiosos que distinguieron de forma más explícita las dos categorías de intelectuales.

Los excéntricos ridículos son catalogados como “intelectuales que se rigen por los valores”, que plantean “un desafío al Gobierno democrático tan grave, al menos en potencia, como los planteados anteriormente por camarillas aristocráticas, movimientos fascistas y partidos comunistas”. Entre otras fechorías, estas criaturas peligrosas “se dedican a menoscabar el liderazgo y desafiar a la autoridad” e, incluso, se enfrentan a las instituciones responsables del “adoctrinamiento de los jóvenes”.

Algunos se hunden hasta el extremo de dudar de la nobleza de los objetivos bélicos, como Bourne. Esa condena de los bribones que cuestionan la autoridad y el orden establecido fue presentada por los estudiosos de la liberal e internacionalista Comisión Trilateral —la Administración Carter salió en gran parte de sus filas— en su estudio de 1975 The Crisis of the Democracy.

Al igual que los progresistas de New Republic durante la Primera Guerra Mundial, los trilateralistas extienden el concepto de intelectual más allá de Brunetière para incluir a los “intelectuales tecnocráticos y orientados a la política”, pensadores responsables y serios que se dedican a la labor constructiva de modelar la estrategia política dentro de instituciones establecidas y a garantizar que el adoctrinamiento de los jóvenes siga su curso.

Lo que más alarmó a los sabios de la Trilateral fue el “exceso de democracia” durante una época agitada, la década de 1960, cuando sectores normalmente pasivos y apáticos de la población entraron en el ruedo político para defender sus intereses: las minorías, las mujeres, los jóvenes, los mayores, la clase obrera, en resumen, los sectores de población que a veces se denominan “intereses especiales” (...).

El papel de los amos en el ruedo político no se condena ni se discute en el volumen de la Trilateral, presumiblemente debido a que los amos representan “el interés nacional”; como aquellos que se aplaudieron a sí mismos por conducir al país a la guerra “mediante la máxima deliberación, por parte de los miembros más reflexivos de la comunidad”, habían alcanzado su veredicto moral.

Para superar la excesiva carga que los intereses especiales imponen al Estado, los trilateralistas pidieron más “moderación en la democracia”, un retorno a la pasividad por parte de los que acumulaban menos méritos, tal vez incluso un retorno a los días felices en que “Truman había sido capaz de gobernar el país con la cooperación de un número relativamente pequeño de abogados y banqueros de Wall Street” y, por lo tanto, la democracia floreció (...).

Reversión de valores

La distinción entre las dos categorías de intelectuales proporciona el marco para determinar la “responsabilidad de los intelectuales”.

La expresión es ambigua. ¿Se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos decentes, en una posición en la que pueden usar su privilegio y su estatus para fomentar las causas de la libertad, justicia, misericordia, paz y otras cuestiones sentimentales? ¿O se refiere al rol que se espera que desempeñen como “intelectuales tecnocráticos y orientados a la política” de servir al liderazgo y las instituciones establecidas en vez de derogarlos? Como el poder por lo general tiende a imponerse, los de la segunda categoría son considerados “intelectuales responsables, mientras que los primeros son desestimados o denigrados; en este país, claro está.

Por lo que respecta a los enemigos, la distinción entre las dos categorías de intelectuales se mantiene, pero con los valores invertidos.

Los intelectuales de la antigua Unión Soviética defensores de los valores eran percibidos por Estados Unidos como disidentes respetables, mientras que no teníamos más que desprecio para los apparatchiks y los comisarios, intelectuales tecnocráticos y centrados en la política. De manera similar, honramos a los valientes disidentes iraníes y condenamos a aquellos que defienden a las instituciones religiosas. Y lo mismo respecto a cualquier otro lugar.

En este sentido, el respetado término disidente se utiliza de un modo selectivo. Por supuesto, no se aplica con sus connotaciones positivas a intelectuales defensores de los valores en Estados Unidos o a aquellos que en el extranjero combaten tiranías apoyadas por Washington. Tomemos el interesante caso de Nelson Mandela, que no se eliminó de la lista de terroristas del Departamento de Estado hasta 2008, por lo que hasta esa fecha no pudo viajar a Estados Unidos sin autorización especial. Veinte años antes, era el líder criminal de uno de los “grupos terroristas más notorios del mundo”, según un informe del Pentágono.

Por esa razón, el presidente Reagan tuvo que apoyar el régimen del apartheid, aumentó el comercio con Sudáfrica, violando así las sanciones del Congreso, y apoyó los estragos de Sudáfrica en países vecinos, que condujeron, según un estudio de Naciones Unidas, a un millón y medio de muertes.

Ese fue solo un episodio en la guerra contra el terrorismo declarada por Reagan para combatir “la plaga de la edad moderna” o, como lo expresó el secretario de Estado George Shultz, “un retorno a la barbarie en la edad moderna”.

Podríamos añadir centenares de miles de cadáveres en Centroamérica y decenas de miles más en Oriente Próximo, entre otros éxitos. No es de extrañar que el Gran Comunicador sea adorado por los investigadores de la Institución Hoover como un coloso cuyo “espíritu parece marchar por el país, observándonos como un fantasma afable y amistoso”.

El caso de Latinoamérica es revelador. Aquellos que exigían libertad y justicia en Latinoamérica no son admitidos en el panteón de disidentes respetables. Por ejemplo, una semana después de la caída del Muro de Berlín, a seis destacados intelectuales latinoamericanos, todos sacerdotes jesuitas, les volaron la cabeza por órdenes directas del alto mando salvadoreño. Los autores fueron los miembros de un batallón de élite armado y entrenado por Washington que ya había dejado un espantoso rastro de sangre y terror.

Los sacerdotes asesinados no se homenajean como disidentes respetables ni tampoco otros como ellos en todo el hemisferio sur. Disidentes respetables son los que pedían libertad en los dominios del enemigo, en Europa del Este y la Unión Soviética; sin duda, esos pensadores sufrieron, pero ni remotamente como sus homólogos en Latinoamérica.

Esta afirmación no es discutible; como escribe John Coatsworth en Cambridge History of the Cold War, desde 1960 hasta “el derrumbe soviético en 1990, las cifras de presos políticos, víctimas de tortura y ejecuciones de disidentes políticos no violentos en Latinoamérica exceden ampliamente las de la Unión Soviética y sus satélites de Europa oriental”. Entre los ejecutados hubo muchos mártires religiosos y también se produjeron crímenes en masa, apoyados de manera sistemática o iniciados por Washington. ¿Por qué entonces la distinción?

NOAM CHOMSKY

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