Declaración de amor a un diccionario
Por: JUAN GOSSAÍN | 9:18 p.m. | 02 de Septiembre del 2011
Ejércitos de palabras, a diario, van quedando tendidas, por cuenta de los diccionarios virtuales.
A don Rufino José Cuervo, que está de aniversario en estos días, y que, como no conocía los computadores, tuvo que escribir su propio diccionario.
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Cartagena de Indias. Hace apenas un mes, en su edición dominical del 30 de julio pasado, el prestigioso periódico español El País publicó una crónica de José Antonio Millán, reconocido lingüista, editor, traductor y escritor. Su trabajo se titula "Gloria y desaparición del diccionario en la era digital". Afirma, con cierto aire de pesar, que los diccionarios van a morir muy pronto, devorados por el remolino de los computadores.
Leyendo a Millán, recordé que alguno de aquellos frailes españoles que hace cuatrocientos años se pusieron a escribir melodramas, en lugar de dedicarse a salvar las almas de los pecadores, como era su obligación, había dicho, poniendo cara de posteridad, que con el paso del tiempo el diccionario, acabado de inventar por ese entonces, se convertiría en el cementerio de las palabras.
Me hubiera gustado tenerlo cerca para ahorcarlo con mis propias manos, mientras él profería una retahíla de gerundios, pero gracias a Dios he olvidado su nombre para siempre.
Don Jáimen Hurtado Curvelo, bibliotecario municipal de Chigorodó, ha tenido la amabilidad de hacerme llegar un recorte del periódico español, que le envió por Internet una amiga suya, contabilista en un prostíbulo de Madrid. Lo de trabajar de contabilista lo dice ella. A mí no me consta.
'El calceto me salió jeto'
La verdad es exactamente al revés: lejos de ser la tumba donde sepultan los huesos del idioma, el diccionario es la cuna en que lo arrullan. Es el tetero con que lo amamantan. Al tiempo que escribo estas incoherencias, mi viejo diccionario me mira desde el fondo de un anaquel. Está polvoriento y descuadernado, pero, aún así, vigoroso como un joven, sonríe con una pizca de sarcasmo. Ha oído la misma profecía trágica desde el siglo de las luces.
Con el paso de los años, algunas palabras se han ido cayendo letra a letra de sus páginas. A veces, las recojo del suelo, con amor y unas pinzas de joyero, y entonces tengo que gastar semanas enteras para ponerlas en el lugar que le corresponde a cada una. Por eso se ven torcidas, como los mensajes que los extorsionistas de las películas arman con recortes de la prensa y luego pegan con goma.
Nada es más palpitante que el lenguaje. Bombea como un corazón. Acérquense una palabra a la oreja y verán que se le oye el latido de la sangre. Cuando mi hija era adolescente, pidió permiso una noche para regresar más tarde que de costumbre.
Pero, una hora después, estaba de vuelta. Se veía frustrada.
-Es que el mancito me salió calceto -le dijo a su madre-. Y estaba jeto.
Pensé que hablaba en sánscrito o en el bajo latín de la Edad Media porque solo entendí dos palabras: salió y estaba. Se vio obligada a traducirnos: su amiguito era un incumplido que, además de retrasado, había llegado borracho a la cita.
El lenguaje se renueva cada mañana en los gritos de la vivandera que vende plátanos en la plaza de mercado, anda descalzo por el monte junto a los campesinos sudorosos, baila los sábados en la noche con los muchachos en una discoteca, se vuelve ladino en la jerigonza que inventa el hampa -en el diccionario eso se llama germanía- y cuyos ejemplos abundan en Colombia: paraco, traqueto, jíbaro, guerrillo.
El sabor de la venganza
Dios sabe cómo hace sus cosas. La misma noche en que me llegó el recorte del artículo español estaba con mi mujer en la cama. Leyendo, aclaro, para evitar suspicacias. Ella tenía entre manos una novela de marineros de Le Clezio. Yo resolvía crucigramas. Afuera soplaba el viento caliente del Caribe.
-¿Qué significa la palabra entena? -preguntó ella, de súbito, cerrando el libro. Pegué un salto.
-La entena es uno de los palos en que se amarra la vela de los buques -le contesté, con mi mejor voz de erudito.
Pero como las mujeres no les creen a sus maridos ni una sola palabra, puso cara de desconfianza, echó mano de su computador, tan bello él, con su manzanita mordida, fabricado por el señor de Apple que acaba de jubilarse. Le hizo la consulta. "La palabra entena no aparece en el diccionario de la Real Academia Española", sentenció el cachivache ese, con ínfulas de juez, sin titubear.
Mi mujer se burló de mí en cuatro idiomas diferentes. Le dio un beso a su cómplice y lo apagó. Me sentí tan humillado por aquella miserable tableta hecha de silicona y acero que, a esa hora de la noche, corriendo el riesgo de que me saliera un espanto en la oscuridad o de romperme la crisma contra el televisor, bajé a tientas al primer piso, en busca del entrañable y noble camarada que dormía a pierna suelta. Tocándolo en el hombro, le conté lo que me pasaba, y, con el mismo entusiasmo de don Quijote frente a los molinos de viento, el diccionario se puso una bata y subió conmigo.
-Aquí está -grité, con el acento triunfal de Colón cuando vio tierra-. "ENTENA (del latín antenna). Femenino. Vara o palo encorvado y muy largo al cual está asegurada la vela latina en las embarcaciones de esta clase".
La miré con cara de medallista olímpico.
-Si te ríes -gruñó ella-, te mato.
Estuve celebrando hasta el amanecer. Cervantes llegó a acompañarme con una copa de vino tinto. Quevedo, que pasaba por ahí, hizo sobre los computadores una broma excelente que no me atrevo a repetir. Se bebió un trago y se fue a cumplir una cita.
Puse el diccionario en su sitio. Le di la espalda para regresar a la cama. Entonces oí su vocecita de orgullo.
-Ganamos, hermano mío -me dijo-. Esta vez ganamos.
La computadora, en cambio, se hizo la desentendida. Como si no fuera con ella.
Etiopía y la utopía
Tengo el gusto de presentarme. Me llamo, por gracia completa, Juan Antonio Gossaín Abdala Millet Lajud. Fenicio puro por las cuatro costuras, como Aníbal Barca y san Agustín. Mi abuelo, mi padre, mis tíos vinieron en la cubierta de un barco desde el otro costado de la Tierra. Aquí, encontraron cobijo y amor. Aprendieron español peleando a trompadas con cada palabra, en el monte y en los ríos, bajo el cielo abierto, regateando con su clientela una yarda de dril o media pieza de etamina.
Mi padre cargaba el día entero un diccionario bajo el brazo y de noche lo usaba como almohada. Era lo primero que metía en su alforja, antes que los vestiditos de niños o los botones de hueso que vendía en una mula por los pueblos de la orilla del mar.
-Valiente gracia -decía la señora Brudulbrudura Morelos, viéndolo leer en el taburete de la puerta-. Yo no sé qué gusto le encuentra ese señor a un libro que ni índice tiene.
Así fue como se aprendió todas las palabras, pero al comienzo cocinó con ellas un sancocho de proporciones bíblicas: confundía fragata con fogata y creía seriamente que utopía es una nación de África, en tanto que la Etiopía, según él, no es más que un sueño irrealizable.
Al final de sus días, sin embargo, logró poner cada palabra en su lugar y era un contento verlo deambular por aquella casa llena de pájaros y flores, recitando como un caballero castellano las coplas que don Jorge Manrique compuso a la muerte de su padre.
Desde entonces, oyéndolo a él, aprendí que la lengua no son las palabras. La lengua no es el diccionario ni los doctores de la Real
Academia. No es la gramática. La lengua que hablamos es de carne y hueso. Tiene cartílagos y pellejo. Porque la lengua somos nosotros.
Epílogo
El señor Millán lamenta, en el recorte que me mandó don Jáimen, que solo falten "unos cuantos años" para que los computadores conviertan el diccionario en un trasto inútil, como ha pasado con los viejos carteros de morral y con la honra ajena.
Yo sé muy bien que al incorporar el diccionario a la máquina de los computadores se ahorra tiempo y dinero. El computador es más práctico y moderno. Entiendo perfectamente las ventajas de la tecnología. Pero digo también que no todo en la vida tiene que ser rentable ni provechoso ni utilitario. ¿Dónde quedan, entonces, los pequeños placeres de la existencia cotidiana? ¿O es que acaso alguien se ha enriquecido oyendo cantar una alondra al amanecer o viendo crecer una rosa bajo la lluvia de agosto?
Vivir no consiste solo en comer o vestirse. Hay animales que comen hierba y se llaman "herbívoros". Los que se alimentan de carne se llaman "carnívoros". Pero también existimos otros, que vivimos de palabras, desayunamos una taza caliente de verbos irregulares, almorzamos media costilla de pronombres y nuestro postre nocturno es un flan de adverbios. Somos los animales verbívoros.
Por la mañana, al levantarme, y por la noche, cuando el sueño asedia, lo primero y lo último que hago cada día es acariciarle el lomo a mi diccionario. Es más sensual que acariciar el lomo de un computador. Se lo digo yo, que soy experto en caricias...
Sobre Juan Gossaín
En paralelo con el periodismo en diarios, revistas y, por varias décadas, en la radio, Gossaín ha escrito novelas y cuentos. Hoy, regenta en Cartagena el centro de altos estudios que lleva su nombre.JUAN GOSSAÍN
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