Bacca, un dato 'oculto' de las letras colombianas
Por: JOHN BETTER ARMELLA | 10:31 p.m. | 14 de Octubre del 2011
La obra del escritor samario, opacada por el 'boom', resucita en ediciones simultáneas.
Pocos fueron los autores que se salvaron del eclipse que produjo en la escena literaria colombiana la figura del Nobel Gabriel García Márquez, en los años 70 y 80. Uno de ellos, Ramón Illán Bacca Linares (Santa Marta, 1939, pero barranquillero por vocación), tiene hoy, a los 73 años, una segunda oportunidad.El fallecido investigador literario francés Jacques Gilard lo consideró un innovador y su obra se puede considerar uno de los secretos mejor guardados de la literatura colombiana. La prueba es que acaba de aparecer su más reciente novela, La mujer barbuda (Seix Barral), al tiempo con la primera que escribió, Deborah Kruel, publicada ahora por Ediciones B y por Pluma, de Mompox, en una colección de autores regionales.
Deborah Kruel obtuvo mención de honor en el concurso de novela Plaza y Janés de 1989 (certamen "de cuya obra ganadora nadie se acuerda", dice Ramón) y se publicó un año después. "Yo quería escribir una novela alejada del fantasma de Gabo. Algo con un lenguaje cosmopolita, menos del patio. Es más, hablé de un Berlín de la década de los años 20, un Berlín que ni siquiera conocía, y el personaje de Deborah me ayudó, pues era ajena al estereotipo de la chica que se eleva inmaculada entre sábanas en el solar de la casa", afirma.
Bacca cambió el modo de fabular garciamarquiano por un humor irreverente. En sus relatos, no falta un cura obsceno ni una monja acosada por la lujuria. Deborah Kruel es la historia de una bella espía, de sofisticadas maneras y descaro desbordante, que desafiaba el lenguaje imperante en la literatura nacional aquel entonces.
El escritor Cristian Valencia afirma que Ramón "es uno de los escritores con el lenguaje más joven de las letras actuales".
El mundo de la infancia
Ramón Illán Bacca creció bajo el cuidado de unas tías adineradas, a las que les habría encantado que fuese cura. Era apenas obvio que lo último que la familia hubiese deseado tener en su seno era un escritor, así que nadie debía sospechar de ello.
"Fui monaguillo algún tiempo. Pero si no iba a ser cura, lo preferible era ser doctor, ingeniero o abogado, jamás escritor", declara, en la sala de su casa, en el norte de Barranquilla.
Ramón debió atravesar un difícil camino para poder a llegar a la literatura. De niño, tenía que ocultarse en algún rincón de la casa o del colegio para poder leer a sus autores favoritos. Cuando no leía, el pequeño corría al Cine Rex, donde se enamoraba por primera vez de las divas del cine mexicano de la época. "Qué pensarían del niño que rezaba antes de dormirse y luego se iba a hurtadillas a ver a la Tongolele meneando su caderaje".
La familia decidió enviarlo entonces a Bogotá, a convertirse en "alguien de bien", tiempos que, recuerda el escritor, no fueron los mejores. "Si pudiera hablar de mis primeros escritos, estos serían las cartas que enviaba a mi casa pidiendo plata. Eran muy buenas, según mis tías", comenta, con un dejo de travesura.
Este ambiente familiar en el que creció resulta indispensable para entender el mundo literario de Bacca. Cuando apenas tenía 10 años, la Segunda Guerra Mundial era el tema de conversación en el antiguo caserón de Santa Marta, donde el niño se escondía tras las cortinas y espiaba las conversaciones de los adultos, mientras la BBC de Londres informaba sobre los bombardeos de los aliados a Dresde.
"Yo sabía que algo pasaba. El ambiente de tensión se podía oler, pero solo tuve conciencia de que estábamos en guerra cuando le pedí a una de mis tías una manzana, y ella fríamente me contestó que en la guerra no había manzanas. Esto debido, obviamente, a que nada llegaba de afuera hasta el puerto, ni manzanas ni nada", dice Ramón.
Este episodio da origen a uno de sus cuentos más logrados, titulado 'En la guerra no hay manzanas', incluido en su primer libro, Marihuana para Goering.
De la Universidad Libre de Bogotá saldría con el título de abogado y, como tal, empezó a ganarse la vida, litigando en una zona desértica de La Guajira, donde, recuerda, el vallenato le hacía "sangrar los oídos".
Sabía que por mucho que intentara huir de su destino de escritor, este lo perseguiría a donde fuera. Sin quererlo, se estaba convirtiendo en personaje de sus futuros relatos. Angustiado, acudió al psiquiatra, agobiado por una frecuente asfixia.
El profesional le preguntó qué, realmente, deseaba ser en la vida, y respondió que dejar de ser abogado y convertirse, si no en escritor, preferiblemente en catedrático.
El psiquiatra le aconsejó seguir su instinto: al dejar el derecho, desaparecería la asfixia, pero no por una mágica medicina, sino porque esa sería una forma de morir de hambre lentamente.
El primer resultado de su decisión fue Marihuana para Goering, un volumen de cuentos que vio la luz en 1976, editado por el librero barranquillero Otto Lalleman. En esos relatos se ve reflejado el autor, tratando de librarse de los demonios del derecho.
En el texto que da título al libro aparece Bacca, escondido en el álter ego de Goering, un juez de un pueblo polvoriento de La Guajira que escucha a Brahms y tiene aventuras amorosas con mujeres casadas.
Ambientado en la naciente bonanza marimbera, el cuento es un telón de fondo del conflicto del escritor que se deshace de una vez por todas del abogado que nunca fue. Dos tiros acaban con la vida del juez Goering, amigo de mecerse en hamacas ajenas.
'En la guerra no hay manzanas' y 'La apoteosis de Mary Puspán', otros de los relatos de este libro, ya se esbozaban sus temas predilectos: la Segunda Guerra Mundial, la presencia de nazis en la costa Atlántica, el cine mexicano -mostrado sin anestesia en el cuento 'Y ahora con ustedes la Tongolele'- y la superflua vida social de Santa Marta y Barranquilla, "dos ciudades donde sucedía poco, pero se rumoraba demasiado".
Sentado ahora en la terraza de su casa, saboreando un helado jugo de maracuyá, reflexiona: "Este libro fue como una antesala para de la creación de muchos de los personajes de mi primera novela, Deborah Kruel".
Admite, risueño, que la novela era una excusa para tomar cerveza a costa de sus amigos, en tertulias en las que les prometía la publicación de la que sería su 'gran novela', pero el tiempo corría y el libro no aparecía. Hasta que, en una de esas juergas, alguien le reprochó que el esperado texto ya no se iba a llamar Deborah Kruel, sino La improbable Deborah.
Cansado de las bromas, en un apartamento del centro de Barranquilla, una desvencijada edificación donde a veces no había luz ni agua, escribió la que sería una novela de quiebre en la narrativa colombiana, que, si bien pasó inadvertida para la crítica, representa la creación de un mundo propio, apartado de la influencia de Macondo.
"Es una alegría que hayan sacado a Deborah del sarcófago en el que se hallaba, que la hayan sacado del clóset del olvido. Algo debe tener esa novelita mía", dice, nostálgico, y luego añade con sorna: "Soy un autor minoritario: mientras los otros están escribiendo sobre narcos, secuestros, prepagos, yo estoy hablando de mujeres barbudas, espías, o María Félix".
La mujer barbuda se suma a obras anteriores como Maracas en la ópera, Disfrázate como quieras y los volúmenes de cuento El espía inglés y Señora tentación.
Ahora, prepara sus memorias, que tienen el título provisional de El cementerio de los elefantes. Afirma que, como los paquidermos, está "de regreso, buscando lo inevitable".
Para fortuna de sus lectores, Ramón Illán Bacca, profesor de Literatura en la Universidad del Norte de Barranquilla, está todavía aquí y ahora.
JOHN BETTER ARMELLA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
BARRANQUILLA.
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