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Germán Vargas Cantillo, el hombre que leyó todos los libros

Por: DOMINIQUE RODRÍGUEZ DALVARD REDACTORA DE EL TIEMPO | 10:25 p.m. | 29 de Mayo del 2011

Vargas y García Márquez

Vargas y Gabriel García Márquez. El Nobel le dio a leer el primer manuscrito de 'Cien años de Soledad'.

Foto: Archivo particular

Conmemoración de los 20 años de su muerte.

Literatura, amigos entrañables y una enamorada a la que le presentó la obra y los secretos de 'Gabo', rodearon la figura de Germán Vargas Cantillo, uno de los fundadores de La Cueva.

Era su destino. Su padre, liberal, se salvó de la sangrienta batalla de Palonegro, durante la Guerra de los Mil Días, al huir hacia Barranquilla. El lugar que se convertiría en su hogar. El lugar en el que eligió ser feliz y al que regresó para rematar la vida. ¿Qué habría sido de Germán Vargas Cantillo sin Barranquilla? Quizá no se habrían conocido nunca los genios y las risas de Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor, Gabriel García Márquez y él mismo, el otro de estos cómplices mosqueteros. Y nunca se habría creado un mito alrededor de La Cueva. Ni habría nacido un grupo de amigos parranderos que, además, fueron todos creadores. Este 25 de mayo se cumplieron dos décadas de la muerte de este periodista que lo sabía todo sobre los libros. Pero no hubo ni lágrimas, ni misa, ni nostalgia. Hubo champaña.

Supo vivir.

Y sí que vivió.

E intuyó.

Fue el primero en recibir el manuscrito. No podía creer lo que estaba pasando ante sus ojos. "Gabriel García Márquez, a los 40 años, está corrigiendo las pruebas de una novela de 490 páginas, que este año dará mucho de qué hablar. Hay razones suficientes para creer que Cien años de soledad -tal es el título-, será la mejor novela colombiana escrita en el último cuarto de siglo y, desde luego, la mejor del autor", escribió Germán Vargas. Y acertó. Desde que leyó los cuentos publicados en el Magazín de El Espectador por ese muchachito inquieto, supo que allí había algo.

Lo reseñó en su columna de libros, lo mismo que Cepeda, y a la sala de redacción de El Nacional de Barranquilla fue a parar el futuro Nobel, dispuesto a saber quiénes eran los autores de tan elogiosos comentarios al principiante. Allí mismo nació una gran amistad que solo separó la muerte.

El delirio de la cultura

Vargas solo le llevaba tres años a 'Gabo', pero su refinado paladar, alimentado vorazmente por los clásicos franceses (leyó los siete tomos de En busca del tiempo perdido de Proust en una semana), la literatura contemporánea estadounidense (Hemingway, Saroyan, Faulkner...) y una temprana mirada a lo que se estaba escribiendo al sur (Cortázar se sorprendió de que lo citaran en Colombia, mientras en su país casi no reparaban en él) le daba pistas para saber que allí había un mundo muy lejos del costumbrismo, al que se había acomodado la literatura colombiana. "García Márquez, al transformar a Aracataca en Macondo, ha hecho algo similar a lo que hizo William Faulkner al dar el nombre de Jefferson a su ciudad de Oxford", escribió en el 62.

Su columna diaria en El Heraldo celebraba la vida. Su nombre: 'Un día más'. Allí, se veía que su olfato para encontrar el talento en otros no solo lo alimentaron los libros, sino la vida misma. Una vida que empezó temprano a enfrentarse al mundo. A los 17 narró prácticamente en vivo y en directo la Guerra Civil Española a través de la emisora La voz de Barranquilla. Y tomó partido, siempre, por la libertad. La vida pública lo acompañó por décadas (Alberto Lleras lo nombró secretario del Partido Liberal en Atlántico, fue asistente de los ministerios de Minas y Comunicaciones, director de la Radiodifusora Nacional de Colombia y de Inravisión), pero la verdadera pasión de la que nunca se desligó fue la cultura (en el periódico Encuentro Liberal, editado por Plinio Apuleyo Mendoza, era jefe de redacción y editor cultural).

De su mano, llegaron el arte, las fiestas, los amigos. ¿Cómo no encantarse? En las parrandas, unas en Bogotá, otras en Barranquilla, Enrique Grau se disfrazaba de Santa Rosa de Lima y Cecilia Porras lo acompañaba cantando, Alejandro Obregón dejaba pinceladas memorables en plena juerga, Juan Antonio Roda traía el mundo con su genio sarcástico, Hernán Díaz hacía mímica que ponía a delirar a cualquiera, Rafael Moure daba lecciones de charleston y Manuel Mejía Vallejo, simplemente, decidía quedarse durante tres días en casa de Germán porque decía que esa cantina estaba muy buena. Eran charlas inteligentes con sabor a ron. Esta generación de artistas estaba haciendo historia y aún no lo sabía.

'Con esa pelá me caso'

Su amor tuvo nombre propio. Susie Linares. Rebautizada por Germán, claro está. Era una niña del Country Club, recién graduada de La Presentación y con planes de casarse. Tenía 18 años, Germán, 35. Era 1954 y su mamá la obligó a ir a la Gobernación del Atlántico para cumplir un trabajo que le había conseguido. Sabía mecanografía y taquigrafía -poco más de nada-, (esas eran las clases donde las monjas, a quienes les parecía vulgar enseñar algo como El Quijote), pero el asistente del Contralor la iba a entrevistar. Era Germán. "Yo lo vi y dije 'esto no puede ser'", cuenta Susie, feliz a sus 75 años. Confiesa que le temblaban las rodillas y no podía quitar la vista de sus ojos azules verdosos (esos que Obregón dijo no poder pintar y por eso lo retrató con la mirada baja). Él se levantó y fue a la oficina de su jefe con una certeza en la mano: "Con esa pelá me voy a casar". Adiós la prima hermana que estaba en lista.

"Mi familia no lo podía creer, mis amigas tampoco. ¿Cómo me iba a meter con ese grupo, con esa fama de locos que tenían, ateos, borrachos, sinvergüenzas?", dice Susie, riéndose. Fue lo mejor que pudo haber hecho. "Se me abrió un mundo con Germán". Y sí. De repente, el cine mexicano en el teatro destapado y al que se le podía pedir al proyeccionista repetición de escena, se volvió el pan de cada día. Y de Mujercitas, su máxima aproximación a la literatura, pasó, sin presiones ni humillaciones, a Françoise Sagan ("¡Te van a pervertir!", le reclamaba su entorno), a Stefan Sweig, a Salinger, a Dos Passos. "Ella tenía que saber a qué se referían los amigotes si hablaban de El oso de Faulkner", cuenta Mauricio, su hijo menor.

Tan pronto se casaron, en 1956, y con Susie aprobada por los miembros de La Cueva, ella le dijo a Germán que la llevara a un burdel para ver qué era eso. La segunda petición: ir a bailar a un salón popular, de esos donde los amantes se encontraban escondidos detrás de las máscaras. Deseos satisfechos. Le enseñó de libertad, esa que hoy, tantos años después de muerto él, le ha permitido disfrutar cada uno de sus días. Y recordarlo con amor, más que con nostalgia.

Germán Vargas fue un tipo generoso. Todos coinciden en ello. Heriberto Fiorillo, entre ellos. Este costeño, la memoria viva de La Cueva, le ha dedicado años y letras a volver de carne y hueso las vidas de sus fundadores. "De Germán me gusta recordar que prefería reseñar lo que le gustaba en lugar de irse en contra de alguien", dice Fiorillo.

"Pensaba que todo autor tiene derecho a recibir un comentario sobre su primer libro. Que el segundo, se lo concedía el público", agrega Mauricio. Y fue un mecenas. "El más pobre del país", dice riendo su hijo. "Él hizo la colecta para mandarle a Gabo esos cien dólares que necesitaba tanto, cuando estaba en París. Le llegaron escondidos con una postal", sigue Fiorillo. Nunca le negó la lectura a un cuento o una novela en concurso. Si eran 400, 400 leía. Precisamente por ello, por dejar listo el fallo de un concurso de novela, en mayo de 1991, no salió de viaje con Susie a Nueva York. Nunca llegó al encuentro.

No buscó la gloria. Incluso la quemó. Los cuentos que escribió nunca le parecieron dignos, así que los destruyó. Cerrando su vida, intuitivo como era, quemó una a una las cartas de su pasado: la remisión de Cien años de Soledad, las palabras que recibió de Galeano, de Cepeda, de Ángel Rama, de Raymond Williams. Gabo, contrariado al enterarse de esto cuando escribía sus memorias, después de la rabia lo dijo todo: "Era un tipo serio. Ahí está pintado".

Dominique Rodríguez Dalvard
Redactora de EL TIEMPO

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