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Entrevista con el papá de la novela policíaca latinoamericana

Por: Mario Mendoza | 8:23 p.m. | 28 de Octubre del 2010

Paco Ignacio Taibo II

Mendoza, cuando interrogaba a Paco Ignacio Taibo II.

Foto: Fernando Ariza / EL TIEMPO

Mario Mendoza habló con el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II.

El literato presentó en Bogotá su más reciente novela, 'El retorno de los Tigres de la Malasia', un homenaje a Sandokán, el personaje de Emilio Salgari.

Paco Ignacio Taibo II es considerado el padre de la novela policíaca latinoamericana, sus biografías del Che Guevara y de Pancho Villa han vendido cientos de miles de ejemplares en el mundo entero, sus libros están traducidos a más de una veintena de idiomas, y es el director de la Semana Negra en España, encuentro anual de los escritores de este género.

¿Cómo arranca toda esta aventura que te conduce a convertirte en uno de los escritores fundamentales de América Latina?

Curiosamente, me veo como un proceso, como una fuerza que poco a poco se fue extendiendo en el tiempo gracias a una serie de avatares, coincidencias y ciertas decisiones que fui tomando sobre la marcha.

Al principio, tuve ciertos conflictos con la literatura. No con el acto de escribir en sí, sino con el fenómeno social de editar para un 5 por ciento de la población, mientras que el grueso de la gente, el otro 95 por ciento, se queda por fuera y no tiene acceso a la cultura.

Había algo ahí que no me gustaba, contra lo cual me opuse entonces y me sigo oponiendo todavía. En ese momento yo era un gran lector de los autores del Boom y los admiraba mucho. Pero ese camino, como escritor, no me interesaba.

Por el otro lado, estaba el movimiento de La Onda en México, a los que también leía y cuyas propuestas me parecían válidas, pero con el que tampoco me identificaba. Era preciso abrir un tercer frente, el mío propio.

Es entonces cuando llega el 68, el año de las transformaciones.

Exactamente, estamos en toda la agitación del movimiento estudiantil del 68 y se trata de ganarle a la represión, de ganarle al miedo para que la vida se impusiera.

Pero mi padre, previendo que se venía una respuesta muy violenta de los militares, me saca del país justo cuando arremeten contra los estudiantes en la matanza de Tlatelolco. Yo regreso a los tres días y me siento culpable, claro, por no haber estado allí. Y es entonces cuando siento la necesidad de escribir mi primera novela.

Es el 69 y trabajé en ella con la angustia que implicaba saber que en cualquier momento la policía podía allanar mi domicilio.

Dormíamos con varios compañeros en distintas casas que íbamos alternando. Yo escribía en la oscuridad, un capítulo cada noche. La escribí en quince noches. La llevé a cuatro editoriales y la rechazaron en las cuatro. En el 71 o 72 vuelvo a escribir, pero esta vez con la idea de que hay que divertirse, que hay que romper con la seriedad y la pompa. Y elegí hacer una novela de género, una novela policíaca. Los lectores me recibieron con beneplácito, los críticos, no tanto.

Desde esa época eres famoso por tu informalidad.

Sí, son los años en los que decidí simplificar mi ropa al máximo, vestirme muy modestamente, suprimir todos los lujos, no tener carro y usar el metro, en fin, ajustarme plenamente a la manera como yo entendía la vida. Por otra parte, organizaba sindicatos en la clandestinidad y continuaba escribiendo novelas policíacas que tenían éxito, que se vendían. Siempre he vivido así, en una especie de esquizofrenia.

Esa sobriedad se nota también en tu estilo. No vienes del neobarroco latinoamericano, sino de la depuración de los escritores de lengua inglesa.

En efecto, mis maestros eran, por un lado, John Dos Passos y Chester Himes, y, curiosamente, por el otro, los poetas españoles de los años 50, Blas de Otero y Gabriel Celaya, que me ponían la sonoridad en la oreja y el gusto por el estilo.

Un estilo que estaba al servicio de lo que quería contar y yo quería contar historias potentes. Cuando te metes en un género como la novela es como si te fueras a la guerra: es de vida o muerte.

La novela es compleja y tiene diversos grados de lectura, revisa la realidad y la cotidianidad, revisa el imaginario colectivo y, sobre todo, tiene una voluntad de transformar al lector, de sugerirle cosas al oído.

La novela policíaca, además, revisa y ausculta todo el establecimiento.

Sí, la novela policíaca latinoamericana llegó para decir que el crimen no es un hombre pobre y miserable robando en la puerta de un supermercado la bolsa de la comida; no, sino un Estado que vincula policías corruptos, abuso del poder, sistemas carcelarios podridos, delincuencia paraestatal y delincuencia de guante blanco. Los peores crímenes en nuestros países son estos, no los otros.

En tus novelas no hay buenos y malos. Cualquier personaje, venga de donde venga, es susceptible de ser investigado.

Sin embargo, me interesa mucho que haya siempre, en algún rincón de la historia, personajes que se resistan moralmente a la degradación. No son personajes que ganan, sino que se resisten, y gracias a esa resistencia se salvan.

Cuando estás escribiendo género policíaco tienes la tentación del realismo; es decir, no se salva nadie y el mal vence y triunfa en nuestra sociedad. Pero también tienes la necesidad de darle oxígeno al lector y a ti mismo.

No puedes caer en el ingenuo final feliz, pero sí necesitas seguir de pie, y es entonces cuando alguno de tus personajes se convierte en la resistencia moral de la historia.

Escribes una biografía del Che, otra de Pancho Villa, y ahora publicas una novela en la que reaparece Sandokán. Y hay una cohesión en todos ellos: son personajes marginales, vagabundos, que creen todavía en la utopía.

Desde lo más profundo de mí te puedo asegurar algo: el estilo no es una sección de la revista Vogue; no, el estilo es una manera de vivir con los demás poniendo por delante la igualdad.

El estilo es una voluntad de sacrificio, el derecho a jugártela para transformar el mundo. Como digo en el prólogo de la novela: yo llegué a la lucha política y social de los 60 armado con el código ético de Los tres mosqueteros (que eran cuatro, y esa subversión matemática ya es magnífica), la actitud vital de Robin Hood y el antiimperialismo de Sandokán. Eso es.

Se habla de 'colombianización' de México, pero, ¿tienen ustedes un aparato judicial tan fuerte como para investigar a fondo a buena parte de la clase dirigente, así como se hizo y se sigue haciendo en Colombia, y meterlos a la cárcel?

Nuestra degradación paulatina es producto de la impunidad. Nuestros fraudes electorales en las presidenciales han creado una situación de que no hay ley. En el caso de las fuerzas del orden, se les había dado permiso para asesinar, reprimir y robar. Se miraba hacia otros lados. El sistema carcelario estaba podrido, el sistema judicial, destruido.

En México van a la cárcel los que dice el poder que tienen que ir a la cárcel. Y esa estructura de impunidad va degradando y degradando a una sociedad.

El Presidente desarrolló una política neoliberal que ha generado despidos masivos y mucho desempleo. También se ha sumado la crisis estadounidense y, por lo tanto, descienden las remesas de los inmigrantes.

Entonces, el Presidente decide legitimarse regalándoles a los gringos una guerra contra el narcotráfico. Y, en lugar de librar esa guerra en territorio norteamericano, en los supermercados de la droga en Houston, en Dallas o en San Diego, en los grandes centros de distribución, en lugar de congelar las cuentas bancarias de los narcotraficantes en Estados Unidos, lo que hizo fue librar la guerra en México.

No hace un trabajo de inteligencia previo y no les pide a los norteamericanos un control de armas en la frontera. Como si esto fuera poco, hay en las propias fuerzas militares hombres pagados por el narcotráfico.

Los Zetas, por ejemplo, son ex militares que deciden hacer más dinero delinquiendo para el mejor postor. El Presidente también utiliza a un cartel contra otro, y esto crea en los narcos la idea de traición, la idea de venganza, y enloquecen. Y la locura es de tal grado que llevamos un promedio de 60 muertos diarios, es decir, 30.000 muertos desde que empezó este delirio.

Nos estamos desangrando y los que manejan el poder y toman las decisiones no tienen respuestas claras y efectivas para controlar este desastre.

Mario Mendoza

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