Oliver Stone de recreo, por Mauricio Reina
Por: MAURICIO REINA CRíTICO DE CINE |
Columna de cine de Mauricio Reina.
Oliver Stone ha regresado con una película que se aleja de la cinematografía que lo ha hecho famoso
Salvajes no es un documento histórico ni una denuncia polémica, sino una película corriente sobre narcotráfico, más cercana al cinismo virtuoso de Tarantino que al activismo de la inefable izquierda de Hollywood.
Atrás quedó la alabanza que Stone hizo de ciertos países latinoamericanos en el documental Al sur de la frontera; ahora, los hispanos son unos delincuentes de caricatura a quienes los gringos quieren desfalcar.
Salvajes cuenta la historia de dos yuppies californianos que desarrollan una variedad de marihuana tan potente y tan rentable que no pasa mucho tiempo antes de que un poderoso cartel trate de quitarles el negocio.
Lo que sigue es el consabido estallido de sangre y traición de esta clase de cintas, cuyos únicos rasgos de originalidad son dos melodías: el ringtone de un celular con la música de El Chavo y una exótica versión de la canción Psycho Killer, de Talking Heads, en ritmo de bossa nova.
La banalidad de la trama hace que la atención del espectador se concentre en la proverbial destreza cinematográfica de Stone, impregnada en este caso de cierto toque de comercial de bronceador, y en un elenco taquillero con desempeño irregular. La actuación de Salma Hayek como jefa de la mafia es tan poco original como el alias que le pusieron: la 'Madrina'. Benicio Del Toro esconde muy bien su talento bajo una mueca de matón y un peinado imposible. Y John Travolta les da sopa y seco a todos cada vez que aparece en la pantalla, lo que sucede durante menos de la cuarta parte de la larga proyección.
Mauricio Reina
Crítico de cine
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