Homenaje en Medellín al pensador, músico y artista John Cage
Por: LUCRECIA PIEDRAHÍTA ORREGO |
Desde el pasado fin de semana y hasta noviembre, el público vivirá en Medellín muestras de música, danza, artes visuales, acciones performáticas, poesía, literatura, diseño y encuentros académicos.
Foto: Archivo particularHomenaje en Auditorio Máximo del Colegio Alemán, espacio que ofrece mejores calidades artísticas.
No entiendo por qué la gente se asusta de las nuevas ideas. A mí me asustan las viejas.
John Cage
Si usted encuentra que unos cubos de hielo rugen en la licuadora, que el sonido de la cuerda de un juguete mecánico produce música, que el torrente de su sangre amplificado por micrófonos simula una sinfonía, usted ha entendido el mensaje de la música experimental: desafiar las nociones ya establecidas de la música y estar atento ante lo imprevisible.
Así, John Cage desató los conceptos del arte a velocidades incontroladas en la segunda mitad del siglo XX para convertirse en una bisagra fundamental del arte moderno y contemporáneo: innovaciones en el campo de la música, desmaquillador de las venas de la tecnología ofreciéndole al público la poética contenida en las estructuras de los dispositivos tecnológicos -monitores, pantallas, cuerdas, micrófonos, videos- y medios fotoeléctricos para teatralizar la música y conformar escenografías futuristas que tenían su punto más alto al intervenir la arquitectura del gran piano de concierto introduciéndole borradores, puntas de madera, corchos, piedras y tornillos.
Toda esta parafernalia tenía un sentido, implicaba conocer la norma para saber destruirla y ante todo un espíritu tranquilo con una altísima capacidad de resistir frente a los auditorios que lo tildaron de anárquico, irresponsable y juguetón.
Tras esa fachada primera que veían algunos sectores del público culto y también del ambulante se filtraba un pensador de la cultura, un absolutista con batuta, un constructor de puentes para la música, las artes y la tecnología del futuro, una autoridad sin límites que supo componer con una caligrafía distinta para mostrarnos que todo es susceptible de reorganizarse, de repensarse para generar estados emotivos y sensoriales, y ante todo para crear un objeto nuevo que ya no pertenece a nadie.
Estas herencias que hoy recogen la cultura y la contracultura son producto de las relaciones estrechas entre el artista y la ciudad.
En el siglo XX, el espacio urbano fue el escenario vivo en el que el artista produjo su obra, el marco desde donde se inspiraron las vanguardias y posvanguardias y el lugar, por excelencia, para la experimentación y el antiarte, en donde predominaba la sorpresa, lo absurdo y el escándalo. (Lea también: En Medellín sacerdote predica con su creación artística)
Fue la época de la pasión por los objetos encontrados y transfigurados en arte a través del gesto, de la palabra y de las miradas del espectador.
El arte se convirtió en el escenario para confrontar los horrores de la guerra sirviéndose del juego, del inesperado final, y desechando todo condicionamiento social para instalarse en el campo de la anarquía y el anticonformismo.
Hoy nada de esto le es extraño a un espectador que ha visto cómo un urinal se instala en la galería de arte para elevarse a la categoría estética, cómo en un cubo de madera cabía todo el sistema planetario materializado en pompas de jabón y cómo las cajas de productos comerciales daban cuenta del nuevo gusto del público para coleccionarlas como piezas de arte, únicas e irrepetibles.
Pocas veces y con lapsos largos nace una figura que trastoca los órdenes establecidos y nos enseña que el arte es un acto colectivo y que una de las maneras para comprender el mundo es alfabetizando los sentidos.
Uno de esos seres fue John Cage, el artista moderno más influyente en los años 40 y 50, perteneciente a la Generación Beat, la misma que habló del rechazo de la idea de una América prediseñada. (Lea acá: Guernica aún vive 75 años después).
Cage, el mismo que cruzó las barreras en búsqueda de una profunda renovación espiritual que se materializó en la potencia experimental que él mismo significó y que tuvo sus raíces en el budismo zen, inspirada por el famoso libro El espíritu zen, de Alan Watts.
El descubrimiento de este mundo espiritual, diametralmente opuesto a lo que vivía América, lo motivó a cambiar su práctica artística con una notable consistencia para crear trabajos musicales marcados por la serenidad y la apertura como objetivo principal de la experiencia misma. ¿El resultado? Frescura y autenticidad.
Un hacedor del oficio que equiparó la grafía de la música al dibujo contemporáneo para difundir la alegría y la revolución al mismo tiempo, mediante una sistemática falta de respeto a las tradiciones académicas y con un profundo sentido de la libertad artística. Sus referentes independentistas fueron Marcel Duchamp y Erik Satie. Cage, el espejo donde tantos se miran hoy.
La obra de John Cage propone un retorno a la creatividad, al origen, y son precisamente sus semillas las que permitieron que la música y las artes visuales sigan siendo hoy un territorio del control y el descontrol, de la armonía y la disonancia, de la antinorma y la medida que junto con el azar planeado representa el lenguaje ampliado de la obra de arte total. Irrupciones, extrañamiento, respiración entrecortada, gente corre en distintas direcciones, la acción se interrumpe, un pájaro corta el horizonte. Cage respira. (Siga este enlace: Pablo, el 'constructor' artístico con serrucho y pulidora).
Su obra puede generar emociones, rabia, insatisfacción, alegría, pasión, pero nunca podremos quedar indiferentes.
Un maestro del azar planeado
Cage componía usando el azar, para despojar a la obra de la intención del autor y lograr que el espectador se involucrara. Fue uno de los iniciadores del 'Happening'.
Sobre la autora
Piedrahíta es curadora y crítica de arte. Dirige el diplomado en Museología, Museografía y Estudios Curatoriales de la facultad de Arquitectura de la U. Santo Tomás.
LUCRECIA PIEDRAHÍTA ORREGO
Especial para EL TIEMPO
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