Vargas Lleras: un hombre que toda la vida ha querido ser presidente

Vargas Lleras: un hombre que toda la vida ha querido ser presidente

Sin tregua, desde que era un niño, el candidato ha ido escalando en la búsqueda de la presidencia.

Germán Vargas Lleras, candidato a la presidencia

Germán Vargas Lleras, candidato a la presidencia.

Foto:

Raúl Arboleda / AFP

27 de mayo 2018 , 01:47 a.m.

Entre la media docena de aspirantes a la presidencia, Germán Vargas Lleras (Bogotá, 19 de febrero de 1962) es quien más ha participado y ganado en elecciones. Y no hay otro que, como él, se mueva como pez en el agua por las calles del olvidado barrio de Los Mártires. Conoce cada esquina. Desde la basílica del Voto Nacional hasta la estación del ferrocarril de La Sabana, pasando por la sede del Batallón Guardia Presidencial. ¿La razón? Hace 30 años, Luis Carlos Galán, de quien era su secretario privado, lo nombró coordinador político de su movimiento en este punto del centro de Bogotá.

Él iba cuadra a cuadra, poste a poste, pegando afiches, hablando con los vecinos acerca del ideario de Galán, a quien vio caer en Soacha, Cundinamarca, el viernes 18 de agosto de 1989. Vargas Lleras recuerda aquel instante. “Con Patricio Samper Gnecco estábamos detrás de Luis Carlos, en la tarima, y eso evitó por escasos centímetros que fuéramos alcanzados por las balas”.

“Ese magnicidio laceró las almas de sus seguidores, del país y de todos los que lo acompañábamos en su propósito de construir una Colombia diferente”. ¿Le dejó alguna lección aquel brutal atentado de la mafia? “Aprendí de cerca lo difícil y peligrosa que puede ser la tarea política”.

De allá a acá, la espiral de violencia sacudió al país, y a él le dejaron unas cicatrices visibles. La explosión de un libro bomba que llegó a su apartamento en la Navidad de 2002 le afectó las manos. “Recuerdo un ruido demencial, un dolor infinito y mucha sangre. Mi mano izquierda quedó, literalmente, colgando de un hilo, y los dedos meñique, anular y parte del medio volaron en mil pedazos”.

En 2005, también en Bogotá, un carro bomba que, según las autoridades, fue puesto por las Farc explotó junto a su caravana al salir de Caracol Radio luego de hablar, obvio, de política. Porque él respira política día y noche. Cuando desayuna lee los periódicos mientras escucha los debates en la radio, sus almuerzos y cenas son para hablar de estrategias, de programas.

La pregunta es obvia mientras toma un café caliente, su bebida favorita: ¿Tiene un amigo con el que nunca hable de política? “Sí –responde con humor–: mi perro, de nombre Mancho”.

Una imagen inolvidable

Así ha sido siempre. Aun desde niño. Es famosa una foto en la que se lo ve subido en una mesa junto a su abuelo, Carlos Lleras, cuando era presidente, en diciembre de 1968, y desde la que observa el horizonte. La mirada, el gesto, la pose auguraban su estilo con un destino.

Por aquella época, cuando los demás jugaban rondas infantiles, él era llevado a la Casa de Nariño, donde recorría salones y pasadizos, entre escritorios o bargueños de los siglos XVIII y XIX, de madera con enchapes de nácar, carey, marfil, hueso grabado y laminillas de oro.

Mientras los adultos tomaban decisiones trascendentales, él los escuchaba encantado en complicidad de sus hermanos Enrique y José Antonio, quienes desde entonces han sido sus grandes confidentes personales y también los consejeros de su vida pública.

La de él ha sido una carrera en la que, como ningún otro de los hoy aspirantes, tiene para exhibir todos los pasos que tradicionalmente se exigían para llegar a la presidencia: concejal, congresista, jefe de partido, presidente del Congreso, ministro y vicepresidente. Por eso, su conocimiento detallado del organigrama del Estado y de los lugares que escasamente aparecen en los mapas.

Eso se ha visto en los debates regionales, en donde enumera pueblos, veredas y puntos geográficos distantes. ¿Cómo los memoriza? Tiene un hábito infalible. Ordena una tarea o recibe una propuesta que él mismo lleva en una libreta pequeña. Luego las pasa a un cuaderno más grande, en donde marca con los colores del semáforo: verde, naranja y rojo. Hay jalón de orejas para quien tenga esta tarea y continúe en este color. Después, él traslada la información en limpio al iPad.

Esta travesía metódica, persistente, sin embargo, queda en suspenso cuando irrumpe su hija Clemencia (de 28 años de edad), por la que siente una debilidad que lo desbarata. A pesar de la violencia que tan cerca lo ha tocado, dice que su corazón sintió miedo cuando el general de la Policía Óscar Naranjo le informó de un plan para secuestrarla en ese momento, cuando apenas tenía 6 años. Debió sacarla del país.

Su resumen en este aspecto es desolador, aunque él prefiere no victimizarse: “Luego del asesinato de Galán entendí lo que se jugaría de ahí en adelante en los escenarios de nuestra maltrecha democracia, y lo comprobaría más tarde, en carne propia, al salir con vida de tres atentados conocidos y de no menos seis complots criminales en mi contra”.

Una vida en familia

Hoy, Clemencia ha vuelto. Es bailarina y lo acompaña en sus correrías. Él, por su parte, se confiesa feliz de su presencia. Tan trascendental como la de Luz María Zapata, su esposa. Entre los tres miman a su mascota Mancho, un bulldog francés, y a Lola y Lupe, dos galgos italianos. Con ellos comparte momentos de esparcimiento. Como, por ejemplo, escuchar música, en especial la de Carlos Vives y en el particular ‘La tierra del olvido’, o comer fríjoles, su plato favorito.

¿Baila? “Yo no bailo. Pero Clemencia dice que bailar no es solo hacer coreografías, es sentir la música y saber moverse; entonces, para ella yo sí bailo, y lo hago bien”, responde.

En medio de tanto ajetreo, con la responsabilidad de los cargos que ha desempeñado y la intensidad de esta campaña, el tiempo parecería no concederle un segundo de soledad y sosiego. Pero él dice que sí. La literatura siempre es un buen bálsamo entre tantos informes técnicos, de presupuestos y administración. “Son muchos los libros que me han marcado, pero los que más me gustan son las aventuras en el mar, firmadas por Joseph Conrad, Daniel Defoe, Patrick O’Brian y Emilio Salgari”, anota.

Hay una característica personal contra la que él ni siquiera intentó luchar en esta campaña para seducir a los electores. Su imagen de malgeniado. “Lo que pasa, dice uno de sus hombres de confianza, es que a él toca correrle porque está encima de todo y realmente se molesta cuando las cosas no se hacen bien y a tiempo.

Tiempo para reír

Pero ¿tiene buen humor? Su secretaria, Leonor Bogotá, quien es su mano derecha desde hace 30 años, dice que él siempre ha sido exigente y cumplidor de las tareas que se le asignan. “Por eso, muchos lo asocian con una persona brava”. Para otro miembro de su equipo de campaña, “pasa que a él le disgusta que en el servicio público se haga a medias”.

Leonor Bogotá es la persona que le atiende toda su agenda y, además, cuida su sobria oficina en el centro de Bogotá. En una pared hay una galería con cada una de las caricaturas originales, algunas muy punzantes, del maestro Osuna, con Vargas Lleras de protagonista.

“A él le hacen mucha gracia”, dice ella entre risas. “Él mismo las recorta y las guarda”. También hay portadas de diarios y revistas con él como centro de las noticias. Y en una pared, frente a su escritorio, los retratos de su abuelo Carlos Lleras Restrepo y su tío abuelo Alberto Lleras Camargo, ambos expresidentes liberales.

Precisamente con Lleras Restrepo también desempeñó el rol de periodista como editor de la revista ‘Nueva Frontera’, a donde llegó con su cartón de abogado de la Universidad del Rosario. Fue uno de los pocos cargos en un medio privado. El candidato recuerda que a los 19 años de edad inició su vida pública como concejal del municipio de Bojacá, Cundinamarca, bajo las banderas del Nuevo Liberalismo, y que ese fue el primer escalón en una carrera ascendente.

En cada detalle es evidente que Vargas Lleras siempre ha estado en el centro del poder. “Posiblemente por eso, él se muestra muy inconforme cuando las cosas no se hacen bien. Al mirar atrás, sus ancestros fueron excelentes mandatarios, y él quiere que quienes manejen el país tengan la misma estatura de estadistas. Pero eso es muy difícil”, dice su amigo personal Carlos Medellín.

Hoy, cuando Vargas Lleras presenta su hoja de vida a los colombianos para que decidan si le dan el voto de confianza para que los gobierne, él se imagina que su sueño se hará realidad: “Con el apoyo de los ciudadanos, en estos próximos cuatro años construiremos un país en el que quepamos todos. Como lo he dicho, ya transformamos la infraestructura física del país y ahora transformaremos la infraestructura social”.

¿Qué pasa si pierde? Algunos le han escuchado decir que entonces se retirará. Aunque otros creen que cuatro años se pasan rápido, y a él no se le va a quitar un sueño que ha cultivado desde que usaba pantalones cortos.

ARMANDO NEIRA
Editor de Cultura de EL TIEMPO
En Twitter: @armandoneira

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