Lo que le espera a Colombia en 2018: entre luces y sombras

Lo que le espera a Colombia en 2018: entre luces y sombras

El país se debate entre civilización o barbarie. Los candidatos no deben desdeñar los avances.

Firma de acuerdo de paz en Cartagena

El acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc permite que se pueda adelantar una campaña política con mayor libertad.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / Archivo EL TIEMPO

09 de enero 2018 , 06:31 p.m.

Gane el que gane las elecciones presidenciales del 2018, el futuro de Colombia está marcado por altibajos. Desde donde se mire, las perspectivas son alentadoras por el aumento sostenible de los precios del petróleo pero preocupante la baja del precio del carbón y de las materias primas, distintas al petróleo. 

La tasa de crecimiento económico del país sin duda no es muy halagüeña y es aquí donde reside la peor amenaza económica, a pesar de las promesas electorales que se escucharán durante el primer semestre de este año. Y en cuanto al Producto Interno Bruto, en el 2018, este tampoco logrará una recuperación significativa, según dicen los ‘gurús’ de la teoría económica y los empresarios colombianos que se negaron a aumentar en un porcentaje aceptable el salario mínimo, esgrimiendo los argumentos anteriores y pese a los malabarismos engañosos del ministro de Hacienda.

Y si se quejan los dueños del poder económico, ¿qué nos espera a la clase media y a los sectores populares?; ¿aumento del desempleo?, ¿empeoramiento de los servicios de salud?, ¿más recortes para la educación pública?, ¿otra reforma tributaria? Un reciente informe del Banco Mundial (BM) revela que después de Haití, Colombia es el país con mayor desigualdad en el hemisferio. El Banco Mundial asegura que en el país la distribución de la riqueza es muy desigual. Claro está que esta desigualdad social, que incluye un empleo informal a veces aberrante, hace parte de esa inequidad que se acrecienta desde hace largos años en el campo y en la ciudad ante la insensible mirada de la dirigencia del país, inequidad que crece en forma exponencial, producto de la gran corrupción alimentada, entre otros factores, no solo por la clase política sino por muchos empresarios que, inmersos en diversos delitos económicos, alientan el escepticismo sobre el futuro de nuestro país.

Está por verse cuáles serán las fórmulas mágicas que presentarán los candidatos presidenciales para erradicar, de una vez por todas, el flagelo de la producción, la comercialización y la exportación de la cocaína, que no solo es un gran dolor de cabeza interno por el crecimiento del consumo, sino también externo por las grandes cantidades de toneladas que se están exportando a distintas regiones del mundo. Sabemos que sin la cooperación de las grandes potencias no podremos superar este lastre. También estamos expuestos a que se les “acabe la paciencia” a los países consumidores como los Estados Unidos y a que el Sr. Trump decida declararnos los únicos responsables de la producción de cocaína y de forma atrabiliaria, castigarnos y condenarnos a peores condiciones de existencia. Con Trump, todo es posible.

Pero pongámosle un poco de optimismo al futuro de Colombia aplicando la fórmula gringa de ver el vaso medio lleno. Los acuerdos de paz entre el Gobierno y las Farc han producido una baja sustancial de la criminalidad en todas sus formas, lo que viene permitiendo que se pueda adelantar una campaña política electoral con mayor libertad en la mayoría de regiones del país, un aumento en la producción agrícola con muy buenas perspectivas y hasta un significativo aumento del turismo externo e interno. Por desgracia, la polarización política no permitirá que los opositores de los acuerdos de paz acepten estas realidades, por lo que seguirán obstinados en descalificar las virtudes de la paz y algunos hasta amenazarán con reversarlos. Es posible que los electores les exijan a sus candidatos pronunciarse en forma clara sobre los temas fundamentales y no les coman cuento a aquellos que insistan en volver al pasado, estigmatizando los acuerdos y negándose a consolidar lo logrado hasta hoy en materia de paz. No sería de buen recibo, ni para la comunidad internacional, incluido el papa Francisco, ni para las propias víctimas del conflicto, que el país opte por nuevas aventuras de violencia y de no reconciliación.

Tal como me dijo el día de Navidad el profesor Daniel Pécaut hablando del ‘catastrofismo de los colombianos’: “Los traumatismos que resultaron primero de la violencia, después del narcotráfico y finalmente del conflicto armado, acabaron en Colombia con cualquier ilusión de progreso. Cada uno de estos episodios implicó además un desmoronamiento aún mayor de cualquier simbólica nacional debido a la fragmentación de poderes locales legales e ilegales a que dieron lugar.

Prevaleció así la convicción de que la historia de Colombia estaba abocada a ir de catástrofe en catástrofe. El único imaginario colectivo es el de la violencia como fenómeno permanente, como si las tragedias recientes no fuesen sino la continuación de las anteriores.

En la Colombia real los únicos y verdaderos beneficiarios de la violencia son los narcotraficantes y corruptos

Votaciones

Los colombianos elegirán este año a un nuevo presidente entre una amplia baraja de opciones.

Foto:

Jaime Moreno / Archivo EL TIEMPO

No tiene nada de sorprendente en estas condiciones, que los colombianos en su inmensa mayoría miren hacia atrás y compartan el lugar común según el cual Colombia es un país fracasado. No alcanzan a dar sentido al pasado ni tampoco al presente. ‘Presentismo’ y ‘catastrofismo’ andan a la par por falta de capacidad de orientarse hacia el futuro.

La paradoja es que a pesar de todas las tragedias la Colombia de hoy no se parece a la de ayer: de hecho, no ha escapado a una rápida modernización en todos los campos. Pero, como se sigue mirando hacia atrás, tales cambios pasan desapercibidos.

Es bien conocido el comentario de Walter Benjamin sobre el cuadro de Paul Klee Angelus Novus: mientras el conjunto del pasado aparece como una catástrofe continua, el futuro solo aparece como anunciador de nuevos desastres. Esto es lo que está sucediendo a los ojos de muchos colombianos que no alcanzan a adherir a una visión de porvenir compartido. No se explica de otra manera el voto negativo al plebiscito de octubre del 2016: más vale malo conocido que la incertidumbre de cambios futuros”.

Y en verdad a esa visión catastrofista sobre el país no escapamos ni siquiera los periodistas. Por esto es importante que los candidatos presidenciales no desdeñen los grandes avances que ha tenido el país en los últimos años en materia de infraestructura vial y de puertos. Expertos en estas materias me aseguran que el Gobierno está logrando construir una importante red de vías que disminuirán en forma ostensible las horas de viaje hacia los puertos y por lo tanto los costos de fletes, lo que puede estimular el crecimiento y exportación de productos agropecuarios, impulsando la llegada de nuevos capitales extranjeros. Esto, si el Estado es capaz de garantizar seguridad jurídica, luego de la estampida de grandes empresas internacionales que decidieron trasladarse a otros países como Panamá, ejemplo que siguieron un significativo número de empresarios nacionales, lo que desestimula la producción industrial.

Mucho tino tendrá que tener el nuevo gobernante de Colombia sobre los temas fronterizos, especialmente con Venezuela. La creciente migración de ciudadanos de ese país hacia distintos lugares de Colombia ha venido creando problemas económicos de todo tipo, ante la dura realidad de nuestro vecino. Cualquier solución debe recorrer los caminos de la diplomacia, en especial con un país como Venezuela, que recibió durante muchos años cerca de 5 millones de colombianos que buscaron y encontraron allá mejores oportunidades. Aunque los políticos de ambos países se ufanan de haber tenido buenas relaciones, la verdad es que fueron los empresarios de Colombia y de Venezuela los que consolidaron estrechas relaciones económicas por encima de las posiciones de quienes explotaban las diferencias limítrofes, con claros intereses electorales, incluyendo los respectivos candidatos presidenciales. Buscar soluciones confrontacionales agravaría más las condiciones sociales de los dos países hermanos o promovería una carrera armamentista que no se justifica, por los graves problemas sociales y económicos que unos y otros padecen. Además, Colombia tiene que preservar su vieja tradición de resolver los conflictos con los vecinos en forma civilizada. Lo de la pequeña guerra del Perú fue una excepción que por fortuna ningún presidente de nuestras épocas ha pretendido reeditar.

Implementar y consolidar los acuerdos de paz con las Farc no solo se puede constituir en una garantía de seguridad para quienes quieran invertir en Colombia, sino también puede ser la oportunidad para desarrollar muchas regiones del país que han estado literalmente abandonadas del poder central con el pretexto del conflicto armado, a pesar de ser ricas zonas que se pueden convertir en polos importantes de desarrollo agroindustrial. También puede ser un aliciente para que los grupos armados que aún persisten en los métodos violentos, como el Eln, evidencien que la paz sí paga y se decidan de una vez por todas a abandonar la lucha armada y los actos de terror, ya que definitivamente es la población más pobre y necesitada la víctima de sus acciones, amén de los daños ambientales y de las muertes inútiles que producen estas organizaciones armadas con sus prácticas violentas. No se puede desconocer que en cuanto a las negociaciones entre Gobierno y Eln, existe el temor de que se ‘caguanicen’ y, en ese sentido, tanto Gobierno como guerrilla deben ser claros, frenteros y transparentes.

Colombia se debate hoy ante dos alternativas: civilización o barbarie. Y en eso los electores no podemos equivocarnos. En la Colombia real los únicos y verdaderos beneficiarios de la violencia son los narcotraficantes y corruptos de todos los pelambres conscientes de que mientras más distraídas estén la Fuerza Pública y la justicia en perseguir subversivos, más posibilidades tienen de que sus negocios prosperen y gocen de impunidad. La paz significa menos presupuesto para la guerra y más presupuesto para la educación, la salud, empleo y la seguridad ciudadana. Claro está, si somos capaces de parar el desangre económico del presupuesto nacional a través de la corrupción. En este comienzo de año no sabemos con certeza quién ganará las elecciones presidenciales, pero lo que nos interesa a todos los ciudadanos es que quien sea elegido, no sea ‘más de lo mismo’, que cumpla con lo que prometió, que esté dispuesto a buscar la reconciliación del país y que, como diría Álvaro Gómez, finalmente nos pongamos de acuerdo sobre lo fundamental.

HERNANDO CORRAL GARZÓN
Especial para EL TIEMPO
Periodista y escritor
her_corral@hotmail.com

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