Elecciones Presidenciales y Congreso 2014

Elecciones 2014: Elecciones Presidenciales Colombia 2014
Elecciones Presidenciales y Congreso 2014

Clara López Obregón / Perfil

Desde pequeña intentó diferenciarse de la familia burguesa en la que nació y obedecer a su corazón.

Por: TATIANA ESCÁRRAGA

Clara López en su apartamento junto a Tongo, una de sus mascotas. También tiene cuatro gatos.

Clara López en su apartamento junto a Tongo, una de sus mascotas. También tiene cuatro gatos.

“No he podido vencer el vicio de comerme las uñas. ¿Extravagancias? Yo creo que se me han ido acabando con el tiempo. Pero déjeme pensar. Debo tener alguna. Ya sé: gasto demasiada plata en libros”. La caravana avanza veloz, sorteando los trancones de Bogotá. En vez de ir sentada en la parte de atrás, Clara Eugenia López Obregón, la candidata a la presidencia por la coalición del Polo Democrático Alternativo y la Unión Patriótica, con 64 años cumplidos el pasado 12 de abril, va de copiloto, con el teléfono en una mano y en la otra una empanada de queso, el único bocado que ha probado esta mañana templada y frenética.

“No hay ninguna posesión que atesore”, continúa. “Eso también se me ha ido acabando. La verdad es que soy muy desprendida. Con tantas carreras he perdido muchas cosas. Las cartas que le escribí a mi madre a lo largo de mi vida, por ejemplo. Ella las guardó y después yo las perdí”.

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Cecilia Obregón Rocha, la madre. Álvaro López Holguín, el padre. Si Colombia fuese una monarquía, puede que Clara López hubiese ostentado un título nobiliario. Condesa, baronesa, princesa. Por donde se le mire, la ascendencia es ilustre. Poder político y empresarial. Burguesía. Dicen que su familia materna, de raíces costeñas y a la que pertenecía el célebre pintor Alejandro Obregón, llegó a ser una de las más ricas de Colombia. Por el lado paterno no fue distinto: los expresidentes Alfonso López Pumarejo y Alfonso López Michelsen engrosan su árbol genealógico. La infancia, entonces, fue idílica. Con viajes, lujo, buenos modales y toda clase de privilegios.

Con credenciales como esas, nadie se hubiera extrañado de que Clara perpetuara sus genes. Pero no fue así. Educada en los mejores colegios (a los 14 años se fue a estudiar a un prestigioso internado en Washington) y graduada de economía summa cum laude en la Universidad de Harvard (después, a los 46 años cursaría la carrera de derecho en la Universidad de los Andes), algo en ella latía distinto. Una inconformidad que se le notaba desde chiquita, pues no encajaba en el pomposo ambiente que la rodeaba. La rebeldía se convirtió en una forma de ser cuando avanzaban los años 60. Apenas alcanzó la mayoría de edad, Clara se vinculó, ante el horror familiar, a los movimientos pacifistas que cuestionaban la presencia de Estados Unidos en Vietnam y exigían la libertad de Nelson Mandela. Había en ella una vena social distante de la rigidez que caracterizaba a su clase social. Según dice, tal vez influenciada por su madre, de quien heredó el deseo de cuidar a los demás y la solidaridad. La periodista Pilar Castaño, que la conoce desde que eran niñas, la recuerda caminando con el corazón encogido por las calles de las barriadas de Usaquén ayudando a los desfavorecidos.

“Ella ha tenido alma social toda su vida”, dice y evoca su gran (y negro) sentido del humor. Tan distintas y tan amigas. Una amante de la moda y del saber vestir y otra a la que le importa poco la apariencia. “Yo he sido su pepito grillo de la moda”, cuenta Pilar Castaño entre risas.

Le pregunto a la candidata si alguna vez le ha pesado haber nacido en una cuna de oro. “No creo”, me responde tajante. “Lo que hay que entender es que uno nace con algunas ventajas en muchos casos naturales, como la inteligencia o un buen aspecto físico o una familia acomodada, pero eso uno no se lo ha ganado; eso no te hace mejor ni peor, y entonces yo siempre he tomado las cosas como son y he actuado en consecuencia”.

No es una afirmación gratuita. Aunque comenzó su vida política trabajando en la campaña presidencial de su padrino y primo hermano de su papá, Alfonso López Michelsen, y luego fue la secretaria económica bajo su mandato presidencial (1974-1978) en la era del Movimiento Revolucionario Liberal (MRL), que él había fundado, al terminar el período se pasó a la corriente disidente de Luis Carlos Galán. Fue contralora de Bogotá en 1981 y concejal de 1984 a 1988. En 1986 se fue a la Unión Patriótica, el partido político que había nacido dos años atrás a la sombra de las Farc.

Mariela Barragán, viuda de Bernardo Jaramillo Ossa –el candidato a la presidencia por la UP asesinado en 1990–, amiga de Clara y compañera de lucha desde hace más de 25 años y su secretaria de gobierno en la época en la que López fue alcaldesa de Bogotá, en el 2011, cuenta que la vio llorar sobre muchos cadáveres y fue testigo de la tristeza de su exilio. Pero que aun así ella nunca se amilanó.“Creo que sus convicciones se han ido profundizando con el paso de los años”, dice.

Perpetrado el genocidio de la UP, que derramó la sangre de unos 3.000 militantes, Clara, quien huyó de las amenazas primero a Panamá y luego a Venezuela, se convirtió en auditora general de la República en el 2003, y en el 2005 comenzó su militancia en el Polo Democrático, un movimiento que también sucumbió a la corrupción. Esta mañana tan agitada, Clara López se refiere al triste episodio que acabó con Samuel Moreno –de quien fue secretaria de gobierno– tras las rejas a causa del llamado ‘carrusel de la contratación’ durante su alcaldía en Bogotá.

“Nos equivocamos como partido al escoger a Samuel Moreno, pero esa no puede ser una condena eterna. Yo creo que ha sido una excusa más para estigmatizarnos”, dice la candidata ante un auditorio abarrotado de la caja de compensación Cafam.

Terminado ese evento, se dirigirá a la Fundación Universitaria Los Libertadores, donde les contará a los alumnos los ejes sobre los cuales gira su propuesta presidencial de izquierda: reindustrializar el país, rescatar el campo, replantear el sector minero, reformar la justicia, promover la educación gratuita y, eventualmente, llevar a cabo una política de liberalización y descriminalización de la marihuana, entre otras cosas.

Cuando habla, el tono de Clara López es uniforme. Suave. Sin estridencia. Carlos Gaviria, quien fue presidente del Polo Democrático del 2006 al 2009 y uno de los referentes de la izquierda colombiana, dice de ella que no es ostentosa ni hace gala de su erudición. Su trato, subraya Gaviria, es cariñoso. Solo en ocasiones se ofusca, cuando está muy aferrada a una idea y se le exponen varios argumentos en contra. Pero cualquier situación tensa ella la zanja con un apunte gracioso. El senador del Polo Jorge Robledo añade que es una mujer con talante democrático que entiende la importancia de construir un partido sin ánimo caudillista. Vehemente sí, pero sin perder jamás las formas. Tranquila.

Eso lo sabe bien Mariela Barragán, que jamás la vio perder la calma cuando siendo alcaldesa de Bogotá comenzó a sufrir los síntomas de lo que luego le diagnosticarían: un tumor cerebral que tuvo que ser extirpado. El mismo que había padecido su madre y que a la postre la llevaría a la tumba.

“Teníamos un médico de cabecera que estaba pendiente de ella. Se caía, le fallaba una pierna, a veces no podía escribir bien; pensábamos que era producto de la presión del cargo. Pero controlaba tan bien sus miedos... Ella siempre ha sido así, valiente. Incluso en lo personal. Clara siempre ha ido donde su corazón le indique”, dice Mariela Barragán.

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Carlos Romero conoció a Clara López en los años 80, cuando ella era concejal en Bogotá por el Nuevo Liberalismo y él, por la Unión Patriótica, un partido golpeado por la estigmatización y la brutal carnicería que se había desatado en su contra. Él, un hombre de origen humilde, nacido en Santa Marta, criado en las calles destapadas de Pescaíto, había sido encarcelado en varias ocasiones por el delito de rebelión. No se enamoraron enseguida. Ella venía de un fugaz matrimonio a los 20 años (además de un breve romance con Álvaro Uribe) y él, de dos uniones que le dejaron cuatro hijos. Cuando se dieron cuenta de la afinidad ideológica comenzaron a salir. De eso hace ya unos 30 años.

“Al principio yo era escéptico. No veía cómo una relación como la nuestra se podía consolidar”, cuenta Carlos Romero, que casi corona los 80 años, lúcido, fuerte como un roble, sentado en un sofá de la sala del apartamento que comparten en el barrio El Retiro, en el norte de Bogotá, con cuatro gatos –tres de ellos callejeros– y un perro. Aquella relación sacudió a la familia de Clara, que no la veía con buenos ojos. Su mamá, incluso, dejó de hablarle. Con el tiempo entendería que se trataba de una pareja sólida, pero no fue fácil. Clara no intentó convencerlos. Optó por no acudir a ningún evento al que no fuera invitado su marido. Hasta que comenzaron a invitarlos a los dos.

Juntos han vivido los horrores de las amenazas –Romero cuenta que de aquella paranoia les quedó la costumbre de sentarse mirando a la puerta cada vez que van a un restaurante–, el gusto por la lectura, la música clásica y el vallenato, la pasión por los animales, la filosofía de compartir cada centavo, de no hacer división de bienes y una familia en la que Romero ejerce de amo de casa, sus hijos son los hijos de ella y donde hasta las exesposas de él comparten mesa y mantel con Clara como buenas amigas que no tienen absolutamente nada que reprocharse, algo más bien poco usual en una sociedad como la colombiana.

Solo una persona con una elevada apertura mental y formación humanística, dice Carlos Romero, tiene la capacidad de crear una familia tan poco convencional. Ella, a quien no le gusta contar que amadrinó a tres niños que habitaban en la calle hasta convertirlos en profesionales, le quita hierro a lo que dice su marido. “Cómo no va a querer uno a los hijos de su esposo y cómo no va a querer a las madres que le dieron vida. A mí me parece que eso es lo más natural. Lo importante son las relaciones humanas, la solidaridad. Usted no se imagina lo que es pertenecer a una familia tan heterogénea y tan llena de personas. Nosotros pasamos muy sabroso”, dice. Le pregunto, entonces, qué sería lo más transgresor que haría en caso de ser presidenta. “Nada. Eso no puede estar dentro de los códigos de un presidente”.

TATIANA ESCÁRRAGA
Editora Redacción Domingo

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