Elecciones Presidenciales y Congreso 2014

Elecciones 2014: Elecciones Presidenciales Colombia 2014
Elecciones Presidenciales y Congreso 2014

Gaviria, de jefe de campaña, ¿y Samper?

El expresidente habla con María Isabel Rueda sobre los últimos días de la campaña presidencial.

Por: MARÍA ISABEL RUEDA

"Firmada la paz, vendrá lo más duro: construir el nuevo edificio de la paz.", dice Samper.

El presidente Santos acaba de designar al expresidente César Gaviria como jefe de debate. ¿A usted lo dejaron por fuera?

Al contrario, la presencia de Gaviria es bienvenida no solo porque refuerza y unifica la presencia liberal en la campaña, sino porque constituye una buena decisión boxística enfrentar el peso pesado de Uribe con otro peso pesado, que es Gaviria. Por supuesto, Santos no ha sido ni será el Zuluaga de Gaviria.

Previamente se pactó una polémica alianza con Petro. ¿No parecen ambos como actos de desesperación electoral?

Lo que sucede es que la segunda vuelta se anticipó. La alianza con Petro responde a la dinámica de la segunda vuelta, cuando se sumarán de un lado todos los que estamos con la paz, como Santos y Clara López, y en la otra orilla estarán los que, con Zuluaga, están en favor de la guerra.

No me parece que se debe estigmatizar a todo el que tiene matices sobre el proceso de paz. ¿Pero usted cree que los efectos electorales –porque ese es el interés– de la alianza Santos -Petro serán positivos o negativos?

Positivos, porque las últimas elecciones parlamentarias demostraron que el fuerte de Uribe y de Peñalosa está en Bogotá y que es una zona débil para Santos, que podría fortalecerse con la base social que tiene Petro en Bogotá, que está, definitivamente, con la paz. Se trata de una coincidencia de intereses más políticos que electorales y se lo digo con la autoridad de haber criticado a Petro consistentemente en los dos últimos años.

Lo que pasa es que, en medio de los escándalos de estas semanas, la gente no se ha dado cuenta de que nunca como hoy habían sido tan históricas unas elecciones.

¿En qué sentido son históricas?

Porque la gente va a elegir entre la paz y la guerra, así de claro. Entre el camino que representa Santos, que es la búsqueda de una salida política del conflicto armado dentro de la normativa humanitaria y transicional planteada por personas como el fiscal Eduardo Montealegre, y el camino de la guerra y del escalamiento militar, que representan Uribe y sus muchachos. En este contexto, el proceso de Santos no es para salvar a las Farc, sino para salvar al país de la violencia. ¿Alguien se podía imaginar hace cuatro años a las Farc anunciando su salida del narcotráfico, cuyos dineros han financiado la violencia armada y el terrorismo de este país desde los años 80?

¿Es decir, según usted, los colombianos votaremos entre qué y qué, y entre quién y quién?

En todo caso, no será entre J. J. Rendón y el hacker Sepúlveda, ni siquiera entre Santos y Zuluaga. Votaremos entre la reconciliación y la violencia. El proceso con las Farc, repito, que no es para enaltecerlas ni salvarlas, porque ellas son conscientes de que la opinión no las favorece, está bien concebido. Es el anti-Caguán por excelencia. Sus destinatarios no son los victimarios, como en otros procesos, sino las víctimas y sus derechos como referente ético de todo el proceso. También porque hay una agenda prenegociada, que se ha cumplido en más de un 60 por ciento. Las negociaciones se están desarrollando en un sitio discreto gracias al gobierno cubano. No hay despeje ni cese del fuego, lo cual asegura que el proceso avance. El acuerdo del viernes sobre desminado de los campos de guerra, que ha debido firmarse hace mucho tiempo, representa un esfuerzo serio por la humanización del conflicto y la aplicación del DIH. Sin embargo, tenemos que estar advertidos de que, firmada la paz en La Habana, vendrá lo más duro.

¿Qué será lo más lo duro?

Construir el nuevo edificio de la paz en que quepamos todos. Lo que se va a pactar en La Habana es que no haya más enfrentamiento armado, lo que podríamos llamar la paz negativa, el silencio de los fusiles. A partir de ahí empezaremos a construir un nuevo país, donde no haya episodios como el de ‘Calidoso’, ni ácidos en las caras de las mujeres ni niños metidos en la guerra. Un país donde vivir en paz sea un buen negocio. Parte de la herencia que nos dejan estos años de polarización uribista, y perdone que sea tan franco, es que violentizamos las relaciones sociales; aquí se institucionalizó la ley del más fuerte, nos convertimos en una sociedad matona, perdimos la capacidad de ponernos de acuerdo, de conseguir y respetar los consensos.

Pero póngase la mano en el corazón, como hace Uribe: si no es por los ocho años de su gobierno, ¿qué hubiera pasado en la ecuación militar?

Reconozco que parte del éxito del proceso de las Farc en La Habana resulta de la seguridad democrática; soy absolutamente consciente de eso. Gracias a los logros de Uribe para pasar las Farc de la posición ofensiva en que estaban cuando Pastrana dejó el gobierno a la posición defensiva en que se encuentran ahora, la guerrilla está hoy sentada en La Habana. Por eso me parece inexplicable que Uribe se haya dedicado, por razones personales, a sabotear los esfuerzos de Santos para que esta tragedia de medio siglo tenga un final feliz, cuando, en lugar de eso, hoy podría estar paseando por el país como precursor de la paz y no como jefe de una extrema derecha intolerante que solo quiere una pax romana, que nace del arrasamiento físico de los contrarios. Y los costos que hemos tenido que pagar son altísimos.

¿A cuáles costos se refiere?

Por ejemplo, la desinstitucionalización del país. Este vivió en los últimos años, como el edificio Space, una implosión institucional. Santos se ha dedicado con paciencia de relojero a reconstruir esa institucionalidad. Hay ministros que mandan, cortes que actúan independientemente, planes de obras públicas de largo aliento… Tenemos país y tenemos Estado para manejarlo.

Llama la atención que las campañas tengan, en los últimos días, inundados a los medios de escándalos y no de ideas…

Emplea la palabra perfecta: escándalo. Uno de los libros que más me han impactado recientemente es de Manuel Castells, sociólogo catalán: Comunicación y poder. Ahí demuestra que los medios no son el cuarto poder, sino el escenario donde se está construyendo el poder. Castells demuestra que la combinación de la tarea de informar y de entretener en materia política, manteniendo los ratings, produce la mezcla explosiva de los escándalos. La gente decía hace pocas semanas que no había campaña porque no había escándalos; ahora sí que estamos en campaña y a fondo.

Si el presidente Santos acude a los debates, estaríamos debatiendo ideas…

Soy de los que recomiendan ampliamente que Santos participe en los debates. Me parece muy democrático que el Presidente de la República acepte debatir sus propuestas con otros aspirantes que tienen sus propios méritos y que seguramente tampoco le faltarán al respeto. Pero no tengo velas en… no digamos ese entierro, que queda mal, sino en esa campaña, que para algunos críticos se parece a un entierro (risas).

Hablemos de los escándalos. ¿Qué opina sobre lo que se ha dicho de J. J. Rendón?

Eso demuestra que el país no está vacunado contra que la gente de los carteles y de la mafia traten de comprar el poder.

Rendón andaba haciendo propuestas de sometimiento con el abogado Ignacio Londoño, mencionado múltiples veces por la familia Gómez (y por unos narcos) como eslabón del asesinato contra su papá, Álvaro Gómez Hurtado.

Fui muy buen amigo del padre de Ignacio Londoño, que era un gran dirigente liberal, y de la mamá, que fue alcaldesa de Cartago. Para la época de mis elecciones, él era de las juventudes liberales de Cartago. Ahora entiendo que se desempeña como abogado, que lleva inclusive casos en los Estados Unidos, pero no tengo con él ninguna relación.

Entonces, ¿ni usted ni Horacio Serpa son cercanos a él, como aseguran los Gómez?

No es mi mundo. No es una persona cercana a mí ni sobre la cual pueda dar fe ni a favor ni en contra. Y, por supuesto, y en esto quiero ser contundente, ni a él ni a nadie le pedí, a través de Horacio Serpa, que organizara el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, que es la hipótesis miserable que ha venido trabajando la familia Gómez Hurtado desde hace varios años en contra nuestra. Ahora bien: el escándalo de Rendón, si se mira con cuidado, tiene muchas similitudes con lo que me pasó a mí.

¿Similitudes en qué sentido?

Pues se trata de un grupo de narcos tratando de comprar poder, que utilizan intermediarios cercanos a la campaña, aportando unos dineros, que se pierden en la mitad del trayecto. Lo importante, lo que finalmente cuenta, es que ni Santos ni yo cedimos a sus pretensiones criminales; por eso la política colombiana de lucha contra el narcotráfico en las últimas décadas ha sido ejemplar y coherente.

Pero no sabemos todavía cuál es la verdad judicial del caso J. J....

El problema es que en estos casos la verdad judicial va a paso de tortuga mientras la verdad mediática va a paso de rocket. Miremos lo de J. J. Uribe acusa, no presenta pruebas, le mama gallo toda una semana a la Fiscalía, pero la gente ya da por hecho, en medio del escándalo, que lo que se dice sobre J. J. Rendón es cierto. Aquí lo que hay es una simple especulación mediática, que pretende hacer un daño electoral inmediato.

Basada en las declaraciones iniciales del Fiscal…

Pues por ahora no se ha probado ni que Rendón recibiera los 12 millones, ni que de esos 12 millones le hubiera dado 2 a la campaña de Santos. Pero ya la gente da por sentado, a causa del escándalo armado por Uribe, que esa plata sí entró a la campaña. De allí el interés del Fiscal, que comparto plenamente, de que la gente sepa la verdad antes de las elecciones y su exigencia para que Uribe entregue unas pruebas que, según entiendo, ni existen. La opinión tiene derecho a saber, cuando vote, si la versión de J. J. que presentó Uribe es cierta o mentira. También tiene derecho a saber qué hacía el hacker que promovía el Mahatma Gandhi de la campaña uribista y cuál era su nivel de cercanía con el candidato Zuluaga.

Hablemos entonces del ‘hacker’…

Es parte de una manera de hacer política impuesta por el uribismo: la de andar hurgando en la basura… Chuzando, calumniando, convirtiendo las redes sociales en alcantarillas virtuales, en fin…

¿No serán las épocas? La tecnología conduce un poco a revolver la basura…

No soy ajeno a la tecnología aplicada a la política. Yo también me he tratado de modernizar. Tengo Twitter con 106.000 seguidores, aunque no todos me adoran. El otro día le dije a mi sobrino Daniel que el insultómetro de mi cuenta estaba alto. Daniel me dijo: ‘Pues bloquéelos’. Y yo le contesté: ‘¡Es que si los bloqueo me quedo sin seguidores! (Risas)

¿Y a qué viene la referencia?

A que no se puede menospreciar el impacto de un hacker en una campaña política. El mismo Castells demuestra que el 46 por ciento de las decisiones que se toman hoy en día en política son de personas que se informan por internet, especialmente de jóvenes. Por eso es tan importante el manejo de las redes.

Precisamente por eso las campañas buscan asesores cibernéticos…

Confundir un hacker con un asesor cibernético es como confundir a un guardaespaldas con un sicario. Una cosa es un asesor en materia de redes y otra, un tipo que está chuzando conversaciones, vendiendo información de uso privativo del Estado y desinformando para hacer daño. Ese no es un asesor sino un criminal cibernético. Además, estaba metido a fondo en el proceso de La Habana…

Tampoco puede llegarse al extremo de decir que es un delito que un colombiano escriba contra el proceso de paz por internet…

Él no estaba opinando, estaba filtrando, programando golpes virtuales, deslegitimando a los negociadores, y todo contratado por la campaña de un aspirante presidencial. Se ve claramente en el video que publicó la última revista Semana de una reunión del hacker con Óscar Iván Zuluaga y Gandhi Hoyos que no estaban programando, propiamente, una fiesta de primera comunión… Independientemente de este hecho circunstancial, lo que hay detrás de todo este bollo es que Uribe ha cambiado los protocolos de la ética política en Colombia.

Uribe vocifera, y ahora Gaviria también…

Lo de Gaviria es un acto de legítima defensa, proporcional, como me enseñaron en la Universidad Javeriana, al tamaño de la ofensa. Me refiero a que duele ver a un expresidente interfiriendo operaciones de orden público, suministrando las coordenadas de un guerrillero para que lo cojan... Duele porque habíamos desarrollado en el país unos consensos no escritos que nos permitían de alguna forma manejar o gobernar, cada quien en su tiempo, en medio de la violencia. Unos consensos implícitos que Uribe se ha saltado sin misericordia. El consenso de que los expresidentes no nos metíamos en los temas de orden público; cada quien lo manejaba en su turno con el apoyo de todos… Uribe lo desconoce todos los días. Teníamos un consenso sobre política internacional que construíamos en la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. Uribe lo rompió en el caso del fallo de La Haya: propuso una guerra contra Nicaragua. Eso le ha agregado pugnacidad al debate político y ha polarizado la política hasta extremos nunca antes vistos. Y está el tema del estilito…

¿Cuál estilito?

El estilito de guerra sucia que no pegaba antes en Colombia. Usted fue testigo directo de cuando se trató de interferir la campaña de Barco con las acciones de la concesión Barco, que la gente tanto rechazó.

No fui testigo directo. Fui protagonista, y lo digo sin pena.

Mi opinión es que hay debates sobre la vida de quienes aspiran a manejar el país que se deben dar de frente…

Esa forma de hacer la política encontrándole al contradictor debilidades personales, metiéndosele en el baño, que es lo que recomiendan los asesores gringos, por lo menos hasta mi época, no tenía efecto; es más, era contraproducente. Los asesores gringos son buenos para hacer y analizar encuestas.

Nunca nadie demostró que la denuncia fuera falsa…

Pero la gente se dio cuenta de que, independientemente de que fuera o no verdadera, era un golpe bajo contra Barco y no dejó de votar por él.

Finalmente, ante el empate técnico que indican las campañas entre Santos y Zuluaga, ¿usted está optimista o pesimista? Al fin y al cabo su partido es sostén principal de la candidatura Santos…

Cuando me hablan del Partido Liberal es como si me dijeran misa en latín. Pero sí le puedo decir que a lo largo de mi carrera pública fui mucho más cercano de Álvaro Uribe, que se hizo en el Poder Popular, que de Juan Manuel Santos. Me gustaba el modelo Uribe hasta antes de ser gobernador de Antioquia, donde se le cambió el chip. Nunca fui cercano a Juan Manuel Santos. Ya siendo él Presidente, encontramos afinidades alrededor de la paz y decidimos, de común acuerdo, pasar la página.

¿Cree que Santos ha hecho la tarea?

Está buscando una salida del problema de la violencia armada por una vía que es la única que no produce más muertos. Las Farc, por su parte, deben entender que tal vez sea esta la última oportunidad que se les presenta, en medio de un entorno internacional cada día más exigente, para encontrar una salida negociada del conflicto. Para mí Santos es la paz y la paz es mi camino.

MARÍA ISABEL RUEDA
Especial para EL TIEMPO

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