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Gustavo Petro: de ex militante del M-19 a alcalde de Bogotá

Por: MARÍA PAULINA ORTIZ | 12:46 a.m. | 31 de Octubre del 2011

Ganar es cuestión de método

En sus horas libres, el descanso de Petro es leer filosofía.

Foto: Rodrigo Sepúlveda /EL TIEMPO

Ahora que no estará en la oposición, el mandatario tiene el reto de mostrar cómo maneja el poder.

En el estudio de su casa tiene un ajedrez como mesa de centro. Es de figuras grandes, doradas y negras. Dicen, algunos de quienes lo han visto jugar, que suele dejar a sus contrincantes muy rápido en jaque mate.

A Gustavo Petro le gusta ganar. Seguramente, el triunfo de ayer, que lo lleva a ocupar el segundo cargo del país, lo debe tener sonriendo, con esa manera que tiene de reírse, entre dientes, bajito, casi sin ganas de hacerlo.

Gustavo Francisco Petro Urrego pareció ser un niño madurado biche. En el Colegio Nacional de La Salle de Zipaquirá -donde estudió luego de que su familia dejó la casa de bahareque en la que vivía en Ciénaga de Oro (Córdoba) para venirse al frío del interior en busca de mejor vida- pasaba los recreos leyendo libros en lugar de jugando con sus amigos.

"De ahí su miopía prematura", dijo su hermana Adriana en una ocasión. Lo que tenía que aprender durante un año de kínder lo logró en un mes, así que los profesores lo adelantaron a primero de primaria. Ese carácter metódico y concienzudo del que ha dado muestras en su carrera política pareció sembrarse de estudiante.

Por esos años, su papá, Gustavo Petro Sierra, consiguió empleo de profesor en un colegio femenino de Zipaquirá, mientras su mamá, Clara Urrego, trabajaba en un almacén y compraba ropa de segunda para vestir a sus 3 niños. Su hijo mayor, Gustavo Francisco, nació el 19 de abril de 1960. En su adolescencia, oía a los hermanos lasallistas del colegio hablar bellezas del general Francisco Franco, que entonces gobernaba España. No les creía nada. Buscaba información por su cuenta y -animado por un profesor de filosofía- conoció la Teología de la Liberación y a un personaje que entonces marcó su ideología: san Francisco de Asís.

Y había otra cosa que indignaba al alumno Petro: los curas del colegio se negaban a aceptar que Gabriel García Márquez había estudiado allí (les olía a izquierda). Esto lo llevó a su primer acto de rebeldía, al meterse a escondidas a los archivos de los padres y encontrar fotos que demostraban el paso de Gabo por el colegio. Desde entonces: piedra en el zapato.

A las manos de este joven llegaron documentos del pensamiento de un movimiento guerrillero que apenas nacía: el M-19. Al leerlos se convenció de que esa era la manera de buscar los cambios que quería. Sus primeros años de militancia fueron a escondidas, bajo el alias de 'Aureliano', que había escogido por el personaje principal de su escritor preferido.

Petro no era de combate ni de armas: lo suyo era el debate político, y en ese campo empezó a ser reconocido en la dirección regional del grupo guerrillero. Entre tanto, becado por sus calificaciones, se graduó de Economía en la Universidad Externado y llegó a la personería y al concejo de Zipaquirá.

Su militancia siguió por debajo de la mesa hasta 1985, cuando el M-19 inició un proceso de paz con el gobierno de Belisario Betancur. Para ese momento, Petro tenía un apoyo fuerte en Zipaquirá, concentrado en Bolívar 83, barrio de trabajadores y campesinos que él había ayudado a fundar en tierras que eran de terratenientes. Hasta allá llegaron soldados del Ejército a capturarlo, tan pronto los diálogos de paz se rompieron.

Muchos intentaron protegerlo, él buscó huir disfrazado de mujer, pero terminó capturado y preso durante dos años en la cárcel La Picota. Cuando quedó en libertad, volvió por un tiempo a la clandestinidad, aunque con la idea de que la desmovilización era la única salida. Y empezó a trabajar esa idea junto a Carlos Pizarro y los demás comandantes. En 1990, el 'M' firmó la paz.

* * * *

A partir de ese momento inició una carrera política que se concentró en el Congreso de la República, como representante y como senador, y siempre con una mira determinada: la oposición.

Hay que recordar que Gustavo Petro -que por lo general formó parte de la Comisión Tercera, dedicada a asuntos económicos- se atrevió a citar a debate a los 'cacaos' del país, Carlos Ardila Lülle y Julio Mario Santo Domingo, quienes, aunque no fueron, debieron enviar representantes. En su momento, sus dardos llegaron al gobierno de Andrés Pastrana y, después, consolidado como uno de los congresistas más votados y mejor calificados, realizó el primer debate sobre 'parapolítica', en el gobierno de Álvaro Uribe. Colaboradores cercanos recuerdan cómo Petro preparó durante meses ese debate, en sesiones de trabajo que no los dejaban dormir más de dos horas diarias.

"Terrorista vestido de civil", le gritaron. Contra la corriente, Petro no se quedó callado. Acostumbrado a tener su vida en riesgo, debió vivir ese tiempo en un apartamento que, de tan blindado, no permitía ni que se prendiera un cigarrillo en su interior. Él ya había conocido qué era estar amenazado; de hecho, debió salir del país en 1994, cuando estuvo como agregado en la embajada de Colombia en Bélgica, donde algunos llegaron a decir que era "un guerrillero resentido al que tuvimos que recibir por cuenta de absurdos acuerdos políticos".

Su pasado en el monte lo marcó, no cabe duda. Muchos todavía hoy, después de dos décadas de legalidad, no dejan de juzgarlo por esa parte de su historia. A él también le quedó en la memoria, por sus semanas de tortura, por sus años preso, por haber tenido que conocer a su primer hijo en la cárcel, o haber cometido errores como camuflar armas entre las ropas de su bebé para llevarlas hasta el lugar donde la dirigencia le había ordenado.

"Nada me dejó con rencor ni con deseos de venganza", ha dicho Petro, a quien, sin embargo, algunos le ven cierta soberbia y prepotencia. Cuando se lanza a debatir tesis, quiere dejar en jaque a su contrincante. "Esa ha sido su formación en un espacio como el Congreso", explica una persona cercana, quien agrega que Petro oye argumentos y atiende consejos cuando los ve pertinentes. Su equipo de trabajo dice que es tan perfeccionista, que puede pasar por intransigente.

De 51 años, cuando no quiere que su mente esté más metida en la política, hace ejercicio -sobre todo bicicleta estática- y juega con sus hijos, Nicolás, Sofía y Antonella. Además de ellos, tiene tres hijos más, de dos relaciones anteriores. "Se gasta su encanto para las mujeres", dicen en broma algunos de sus escoltas. Su esposa, Verónica Alcocer, hace de asesora de imagen. Si bien no es algo que le preocupe mucho, sí lo trasnochan ciertos detalles, como su calvicie.

Nadie le desconoce su olfato político, aunque hay quienes opinan que a veces ese olfato se le vuelve oportunismo. Sus ambiciones políticas lo llevaron a candidatizarse a la Presidencia de la República en la pasada campaña electoral en nombre del Polo, partido del que terminó saliendo luego de denunciar la corrupción en la administración de Bogotá.

Muchos señalaron, durante esta carrera por la alcaldía -que él define como la campaña más difícil de las que ha desarrollado-, que su interés por administrar una ciudad como Bogotá no era tan grande como su deseo por ganarles a sus contrincantes y antiguos copartidarios. Lo cierto es que ahora, cuando por primera vez no estará en la oposición, Petro tiene el reto de mostrar su talante.

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

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