‘Cortar gastos, más difícil que poner impuestos’

‘Cortar gastos, más difícil que poner impuestos’

El exministro Roberto Junguito habla sobre economía del siglo XX y la misión del gasto del Gobierno.

‘Cortar gastos, más difícil que poner impuestos’

Como ministro de Hacienda, Roberto Junguito participó en la resolución de dos fuertes crisis del país, en los gobiernos de Belisario Betancur y Álvaro Uribe.

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Diego Santacruz / EL TIEMPO

30 de marzo 2017 , 09:22 p.m.

El siglo XX está bajo el microscopio. De nuevo. Y un protagonista en momentos cruciales encuentra claves de ese periodo para las actuales circunstancias de la economía.

El exministro de Hacienda y de Agricultura y miembro de la primera junta del Banco de la República, tras la reforma que le dio independencia, se puso en la tarea de contar, para lectores de todo tipo, qué pasó durante esos cien años –e incluso hasta la actualidad, en una especie de bonus track– y acaba de presentar su libro 'Historia económica de Colombia en el siglo XX'.

Hoy, Junguito vuelve a estar entre quienes deciden o influyen, pues fue convocado por el Gobierno para ser parte de la misión del gasto, un grupo que debe presentar este año propuestas para poner en orden la manera en que el Gobierno usa los recursos públicos, como una contrapartida a los sacrificios de familias y empresas por las sucesivas reformas tributarias. 
(Lea también: Los sabios que integran la comisión del gasto público)

Tras vivir el siglo XX, y ahora estudiarlo, ¿cuál es el balance económico?
Si se considera la altísima relación entre el Producto Interno Bruto y el consumo se llega a la conclusión de que, en general, las familias incrementaron su capacidad de compra y que, solo en periodos muy agudos de crisis como inicios del siglo XX, en los años treinta, a inicios de los sesenta, mediados de los ochenta y a fines del siglo XX vieron restricciones en su capacidad de adquirir bienes y servicios.

¿Qué se debe esperar de la misión en la que usted está participando?
Digamos que estoy contento con la misión, pero estoy convencido de que no es para que salgan reformas antes de que se acabe el Gobierno. Es una misión que dejará planteados temas a final de año que van a ser parte de la discusión de los candidatos a la Presidencia. Que va a situar en el debate público los grandes tópicos sobre gasto, y creo que va a ser para ejecutar las cosas más importantes a comienzos de la siguiente administración.

Eso es parte de lo que yo he llamado la continuidad macroeconómica de los gobiernos. Aquí, independientemente de que los gobiernos hayan sido liberales conservadores, de ‘la U’, ha habido continuidad de las políticas grandes. Y parte de eso ha sido por el hecho de que se han planteado problemas para los que hay estudios de fondo, de tal manera que cuando arranca un gobierno no tiene que empezar a investigar, sino que ya hay trabajo adelantado.

¿Cómo es la experiencia del país con estas misiones?
En el libro se hace referencia tanto a las misiones tributarias como a las misiones del gasto público convocadas a lo largo del siglo XX y en lo corrido del siglo XXI.

Se destacan la Misiones Kemmerer de 1923 y 1930, las Misiones Taylor y Musgrave en los sesenta, La Misión Bird-Wiesner de Finanzas Intergubernamentales de finales de los setenta, así como las misiones tributarias de finales de los noventa e inicios de este siglo liderados por Alberto Alesina y por Juan José Echavarría y un grupo de expertos fiscales internacionales. Del lado del gasto público se adelantó una misión liderada por Gabriel Rosas y ya entrado este siglo otra que tuvo al exministro Rodrigo Botero a la cabeza.

Colombia fue de los únicos países que no reestructuró la deuda. Conseguimos los créditos para armar Caño Limón y Carbocol, que eran la garantía de que íbamos a exportar al futuro

¿Y qué lección hay?
Que, en general, las misiones tributarias han tenido más impacto que las misiones de gasto.

¿Por qué es más fácil que las misiones de impuestos se concreten en decisiones y no las de gasto?
Porque las decisiones no son solo del Ejecutivo sino del Legislativo. Si el Congreso cobra impuestos, no los afecta mucho a ellos. Además, el Congreso ha sido responsable, siempre le ha parado bolas al tema fiscal. Siempre, entre los 300 congresistas hay 10 tipos que saben mucho del tema: como Víctor Renán Barco, Rodrigo Marín Bernal o Gabriel Rosas. Hoy en día, Ángel Custodio, el mismo Navarro Wolf.

En cambio, del lado del gasto público siempre hay muchos intereses. Si usted lo va a tocar, o afecta las regiones o afecta a las personas o afecta a los grupos de interés.
En cierta manera, legislar sobre gasto es muy difícil. Las rentas de destinación especial –fuentes de recursos que se dirigen a un fin específico– tienen muchos amigos, y dejarlas amarradas es el inmenso éxito para los grupos que representan los parlamentarios.

Por ejemplo, recuerdo haberle llevado al presidente Uribe el tema de exenciones tributarias. “Marchitémoslas o quitémoslas”. Me respondió: “Vea, ministro, mirémoslas con cuidadito”. Las miramos con cuidadito y me quitó dos y me puso cuatro.

¿En qué momento empieza usted a ser parte de los acontecimientos que ahora cuenta en su libro?
Yo le había ayudado mucho a Belisario Betancur con un grupo de economistas en su primera campaña, que perdimos con Julio César Turbay. El jefe nuestro –de los economistas– era Ernesto Samper. ¿Se acuerda de que Belisario había sido director de Anif y Samper era el segundo? Entonces Belisario empezó la campaña y le dijo: “Oiga, Samper, yo soy candidato conservador y necesito conseguir economistas godos”. Samper le dijo: “El único que conozco es Junguito”. Yo venía de ser director de Fedesarrollo y empecé a ayudar en esa campaña, y en la siguiente que fue la que ganamos. Ya Samper no estaba.

Arranqué en el Ministerio de Agricultura y después vino esa crisis tan fuerte de América Latina. Al año, me sacó el Presidente. Me mandó a Bruselas a la embajada. Estando yo allá me dijo: “Véngase a una reunión de deuda externa”. Me dijo: “Édgar Gutiérrez va a salir. Estamos en un momento muy complejo de la economía. Quiero que me acompañe en el Ministerio de Hacienda”. Ese fue un reto supremamente importante.

Corresponde a una crisis de todo el continente. La crisis de la deuda. Pero ¿en Colombia cómo era?
Fue la crisis más dura que ha tenido Colombia. Siete por ciento del PIB de déficit fiscal; el déficit externo de 7 por ciento sobre PIB. Las reservas internacionales se habían acabado. Solo había oro sin refinar. Entonces el reto era cómo armar, y con qué secuencia, las políticas. Una de las cosas que cuento en el libro es cómo se armó el programa económico: lo primero era cómo convencer a Belisario… cómo convence uno al Presidente.

Tomé posesión y le dije: “Presidente, toca decirle al país cuál es la situación real”. Y eso fue como un baldado de agua fría en el país, cuando se sabe cómo estaban las cosas. Lo segundo es empezar a ver cómo se hacen los arreglos. Estaba cerrado el crédito de los bancos internacionales. Conseguir el crédito; cómo manejar la tasa de cambio. Se habían hecho ensayos de devaluación y habían fallado.

Pero había un esquema de devaluación constante, 'gota a gota'...
Ahí fue cuando nos inventamos, con el Banco de la República, la devaluación ‘chorro a chorro’. Si antes se devaluaba 5 centavos al día, empezamos a devaluar 20 centavos, al otro día 40.

Le metimos 50 por ciento de devaluación en un año. Tanto que Lauchlin Currie vino y me dijo: “Mire, toca devaluar”. Le dije, “profesor Currie, ¿usted ha mirado cómo está la tasa de cambio?” Le mostré que estábamos devaluando al 50 por ciento. ¡Él quedó aterrado!

Eso en cuanto a devaluación, pero ¿cómo se cuadró todo lo que había que hacer?
Ahí tengo un memorandito de cómo nos ayudó la Reserva Federal. ¿Se acuerda de (Paul) Volcker? el grandote, con tabaco. Un día llegó al Ministerio de Hacienda un tipo de la embajada de Estados Unidos con un papelito, y ahí decía: “Este es mi entendimiento sobre cómo resolver el problema de Colombia... Esto debe hacer el Banco Mundial; esto, el Fondo Monetario; esto, los bancos internacionales; esto, Colombia”. Eran las reformas. Y se hicieron. Belisario decía: “¡Yo no me someto al Fondo Monetario!”. Entonces le dije: “Presidente, esta vaina toca hacerla”, hagamos todo lo que nos dice el Fondo y después vamos y les decimos: “Lo hicimos”, no es que el Fondo nos diga: “Ustedes tienen que hacer esto”.

Tras poner en práctica las políticas, ¿a dónde se llegó?
Se hizo el ajuste fiscal, conseguimos créditos con el Banco Mundial, con el BID. Rosemary Thorp califica este programa como uno de los grandes éxitos. Colombia fue de los únicos países que no reestructuró la deuda. Conseguimos los créditos para armar Caño Limón y Carbocol, que eran la garantía de que íbamos a exportar al futuro.

Años después repitió, también en crisis
La segunda vez me tocó con Uribe. Yo fui parte de la primera junta del Banco de la República. Y la economía a finales de Samper se estaba volviendo nada. Entra Pastrana, vino la crisis del Upac, la caída del crecimiento, de 4 por ciento; crisis financiera y crisis fiscal, crisis de los bancos y problemas de la balanza de pagos, todo al tiempo.

Nosotros, los de la junta del Banco, fuimos a hablar con Pastrana, y había que hacer un acuerdo con el Fondo. A mí me sacaron de la junta del Banco y me fui a representar a Colombia en el Fondo Monetario. Pues el único acuerdo con ellos lo había hecho yo en el gobierno de Belisario y me tocó negociar desde adentro el programa. Y ese apoyo se logró antes de entrar Uribe.

¿Cómo regresa al gobierno?
Yo estaba en el Fondo, y me llamó Fabio Echeverry. Me dijo que Uribe quiere hablar con un poco de ministros de Hacienda para saber qué hacer con la economía. Fuimos varios: (Jaime) García Parra, (Rudolf) Hommes, y dimos la visión de cómo veíamos la economía e inclusive discutimos quiénes deberían ser ministros de Hacienda. Mencionamos nombres de la nueva generación de economistas.

Entonces yo ya me devolvía cuando el conductor que me había recogido me busca en Pomeriggio y me dice: “Que Uribe lo necesita de vuelta”. Me fui para allá, y Uribe me dice “es que yo quiero que usted me ayude”. Y entendí que mi tarea era volver a hacer lo que hice antes, con el Congreso acá y el acuerdo con el Fondo. Una vez hice eso me salí.

Parece coincidencia que en las dos ocasiones fue en épocas de crisis.
La visión que tiene el presidente Uribe, si usted le pregunta, es que “a Junguito hay que llamarlo cuando haya grandes crisis”. Por eso me molestan a veces cuando ven las cosas empeorarse: “Oiga, Junguito, lo van a volver a nombrar”. Yo ya estoy muy viejo para que me nombren en nada...

Mauricio Galindo
Editor de Economía de EL TIEMPO

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