Obsolescencia programada: ¿inmoralidad o necesidad?

Obsolescencia programada: ¿inmoralidad o necesidad?

Para unos, la caducidad intencional de los productos impone el despilfarro; para otros es necesario.

Residuos electrónicos

Según el Programa de la ONU para el Medio Ambiente, la industria tecnológica genera 41 millones de toneladas de residuos electrónicos al año, que van a parar a países como India.

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123RF

02 de diciembre 2017 , 09:53 p.m.

Seguramente le ha ocurrido alguna vez: su celular, su impresora, su computador o su lavadora dejan de funcionar de repente. Busca la manera de reparar el aparato, pero rápidamente descubre que el arreglo o es costoso o es “imposible” (le dicen) y termina decantándose por la idea de que lo mejor es desecharlo y aprovechar la ocasión para estrenar.

Todos hemos tenido experiencias parecidas y todos, quizá sin saberlo, hemos sido víctimas de la obsolescencia programada: un fenómeno que determina nuestras prácticas de consumo y comportamiento en un mundo en el que, como lo expresa Serge Latouche, profesor emérito de Economía de la Universidad de París, la sobreproducción de mercancías impone una ética del derroche, de lo efímero y de lo desechable.

Pero ¿de qué se trata este fenómeno? Las cosas, dice Latouche, se vuelven obsoletas por diferentes razones. Por un lado –explica– dejamos de usarlas debido al progreso técnico y a la aparición de innovaciones que transforman radicalmente los objetos que usamos. Así, por ejemplo, la máquina de coser de manivela se hizo obsoleta cuando apareció la de pedal y esta, a su vez, cayó en el desuso cuando apareció la eléctrica. El tema es que antes de la Revolución Industrial esos cambios se daban al final de prolongados periodos de tiempo. La gente esperaba décadas por un aparato más eficiente. Pero hoy el ritmo es vertiginoso.

El punto es que, desarrollos tecnológicos aparte, la obsolescencia programada consiste en una visión y un plan muy bien diseñado y ejecutado para que la gente se vea obligada a comprar.

El modelo del año

En 1923, las prácticas de consumo en Estados Unidos dieron un giro con el lanzamiento del automóvil Chevrolet de General Motors, que salió al mercado para competir con el Ford T, un automóvil resistente, sencillo y de alta durabilidad que Henry Ford había producido en masa.

Alfred Pritchard, entonces gerente de General Motors, introdujo la idea de un modelo anual de automóvil en el que la resistencia y la durabilidad no importaban tanto como el diseño y los accesorios. El objetivo era que los consumidores cambiaran de carro cada tres años. Y lo logró. Fue tal su éxito que Ford no tuvo más opción que implementar la misma estrategia. La industria automotriz creció como nunca, la economía se aceleró y la fórmula del modelo anual se extendió a otros sectores de la industria.

La gente empezó a botar objetos no porque sufrieran un desgaste real o fallaran, sino porque los percibían anticuados, feos y menos útiles

Apareció una manera hasta entonces desconocida de deshacerse de las cosas, que los economistas y los publicistas llaman ‘obsolescencia psicológica’. La gente empezó a botar objetos no porque sufrieran un desgaste real o fallaran, sino porque los percibían anticuados, feos y menos útiles en comparación con los modelos nuevos, que, aunque presten los mismos servicios que los antiguos y no incorporen mayor innovación, se perciben como mucho más modernos.

“Durante décadas, la concepción de competitividad se basó en la calidad y la durabilidad de los objetos. Industria y ciencia buscaban la eficiencia, pero el motor del mercado es el consumo y los fabricantes se dieron cuenta de que los objetos eficientes y duraderos no movían la demanda”, dice Juan Carlos Segura, doctor en Antropología de The New School for Social Research. “Masificar y dinamizar la demanda implicaba hacer todo lo necesario para que los objetos perecieran cada vez más rápido, pero, además, implicaba crear necesidades artificiales, inventar tácticas para que la gente percibiera las cosas como anacrónicas y sintiera la urgencia de ponerse al día”, añade.

La producción masiva permite una reducción de costos que pone los objetos al alcance de miles de millones de consumidores, pero, para mantener los beneficios, la demanda debía ser renovada constantemente, lo que era imposible en un mercado saturado de cosas que iban a durar ‘para siempre’. Así que –explica Latouche en ‘Hecho para tirar’– “los fabricantes empezaron a fabricar sus productos con diseños, materiales o dispositivos que garantizaban la avería del aparato después de cierto tiempo de uso (una pieza frágil, una batería irreparable, una carcasa que impide que se disipe el calor, etcétera)”. Y es justamente a este procedimiento al que se denomina obsolescencia programada. Y al contrario de lo que mucha gente cree, la idea es vieja.

Un documental revelador

En el documental ‘Comprar, tirar, comprar’, la alemana Cosima Dannoritzer cuenta que en 1924 se creó en Ginebra, Suiza, el primer cartel mundial para controlar la producción y el consumo de bombillos. El cartel congregó a los principales fabricantes del mundo, quienes, animados por la idea de que la gente comprara bombillos con más regularidad, decidieron limitar su vida útil a mil horas y acabar con los bombillos de larguísima duración, diseñados a finales del siglo XIX.

Otro ejemplo: casi dos décadas más tarde, en 1940, se lanzaron las primeras medias de nailon para mujeres. Eran tan resistentes que servían para remolcar un carro. Pero la lógica industrial de la obsolescencia se impuso y los tejidos de las medias se hicieron cada vez más frágiles.

“La estabilidad del mercado depende en buena medida de esa fragilidad, de los defectos deliberados y de la apremiante urgencia de sustituir las cosas”, dice Luis Osorio, filósofo y economista de la U. de Buenos Aires.

Reducir la vida útil de los productos es algo necesario para garantizar el bienestar social: sin consumo no hay producción, y sin producción no hay empleos

Los promotores de la obsolescencia programada argumentan que reducir la vida útil de los productos es algo necesario para garantizar el bienestar social: sin consumo no hay producción, y sin producción no hay empleos.

El empresario Bernard London fue quien, en 1932, situó por primera vez el tema en el debate público. Según él, la caducidad forzada de las cosas reavivaría el consumo, el empleo y la producción de mercancías en un mundo signado por la Gran Depresión. Con la caducidad de los objetos, siempre haría falta mano de obra y el capital tendría su recompensa. Los partidarios de este modelo argumentan además que la rápida renovación de productos fomenta la innovación, mejora la calidad de vida de la gente e impulsa la tecnología.

En la otra orilla, los detractores sostienen que este modelo de crecimiento ilimitado no es compatible con un planeta de recursos limitados.

De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), la industria tecnológica genera 41 millones de toneladas de residuos tecnológicos al año, que van a parar a países como India, Pakistán y Ghana, considerados los mayores basureros electrónicos en el mundo. Según la plataforma de investigación Motherboard, solo en Ghana desembarcan cada año aproximadamente 215.000 toneladas de aparatos electrónicos.

Existen tratados internacionales que prohíben transportar residuos electrónicos a países del tercer mundo, pero los comerciantes los declaran productos de segunda mano y los vierten en inmensos campos de chatarra, donde los lugareños acuden para extraer metales que luego revenden a países desarrollados.

Una ‘felicidad herida’

Pero, más allá de condenar el deterioro del medio ambiente, los detractores de la obsolescencia programada deploran la cultura de lo instantáneo, del despilfarro, de la “producción masiva de la decadencia”, es decir, la pérdida de valor y la degradación generalizada tanto de las mercancías como de quienes las consumen, porque, tal como señala Ángela González, doctora en Historia Comparada de la Universidad de Barcelona, “el imperio de los desechables acaba por afectar a las personas”.

“La obsolescencia planeada de las cosas –dice ella– no solo ha impuesto una lógica fraudulenta entre los fabricantes, sino que ha convertido a los consumidores en sujetos insaciables, permanentemente insatisfechos. El hiperconsumo desemboca en una felicidad herida que puede derivar, a su vez, en trastornos obsesivo-compulsivos, depresivos y de ansiedad”.

El Parlamento Europeo tramita un proyecto para aumentar los periodos de garantía, incentivar la reutilización, multar a las marcas que introduzcan defectos intencionalmente en sus productos y estimular a aquellas que diseñen artefactos fácilmente reparables. Francia ya cuenta con una legislación que castiga la planeación de la obsolescencia con multas de hasta 300.000 euros.

Pero, al parecer de González, la clave no está en normas de contención, sino en replantear un modelo económico que se alimenta del exceso y el derroche, y que es incompatible con las limitaciones naturales del planeta.

Economía circular, una alternativa al derroche

La economía circular es un movimiento que le apunta a inscribir la producción y el consumo en un círculo semejante a los ciclos de la naturaleza. Esta no produce residuos, sino nutrientes: lo recicla todo. La idea es sistematizar la ‘ecoconcepción’ de los productos y usar únicamente elementos reciclables, biodegradables y no tóxicos en su fabricación. La apuesta es por una química verde que permita que los residuos de una empresa se conviertan en los nutrientes de otra. Dos iniciativas en esta línea: el celular holandés Fairphone, fabricado con mínimo daño al planeta y con piezas fácilmente reemplazables para que dure mucho, y la petición de la ONG Amigos de la Tierra al Gobierno español para que les rebaje el IVA a los servicios de reparación y a las ventas de segunda mano.

MARÍA LUNA MENDOZA
EL TIEMPO@m_luna17

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